lunes, 7 de agosto de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 3.- Por amor al arte.

Me gustaría contarle al improbable, o puede que habitual lector, alguna de mis andanzas de curioso veraneante durante estas últimas semanas. Y si se las cuento no es porque las andanzas hayan sido por las veredas y caminos serranos, entre yeguadas y vacadas, arrendajos y rabilargos – de ello habrá otras ocasiones –, sino por los pueblos del valle.

De Rascafría a Oteruelo, pedanía de aquél, hay unos 3 kilómetros por la antigua cañada, hoy camino natural  que recorre el valle hasta el Cuadrón, de cómodo tránsito entre arboleda  y prados. En Oteruelo del Valle, en las antiguas escuelas, cerca de la carretera, existe la Sala Permanente Luis Feito, donde pueden verse expuestas obras del pintor, quien donó 120 de las suyas al municipio en 2004. La asociación Luis Feito, todos voluntarios, responsables de su gestión sin lucro ni interés económico, ha tenido el buen criterio de abrir la sala un par de horas los fines de semana de este mes de julio para que el viajero, veraneante o simple aficionado a los asuntos culturales se acerque por allí y disfrute con su contemplación.

Luis Feito nació aquí en 1929, hijo de una vecina del pueblo y de un oriundo de Mieres que vino a establecerse a estas tierras. Si el lector se ha sentido interesado alguna vez por las vanguardias artísticas en la España del franquismo gris plomo, sabrá que Feito fue uno de los fundadores del grupo El Paso en 1954, junto con Canogar, Juana Francés, Antonio Prieto, Antonio Saura (va dicho de memoria), y algunos otros, que rompieron con la atonía del arte oficial – si es que el franquismo mostró interés en ello – y nos descubrieron otras formas de expresión artística como era la pintura matérica y la expresión de las texturas, o el expresionismo abstracto y otras aberraciones de aquel rojerío progre.

Como la sala es de dimensiones reducidas (la antigua escuela municipal de niñas), suelen montar pequeñas exposiciones con un número limitado de obras que van rotando. En la visita que hizo este jubilata hubo ocasión de ver una colección de grabados donde el color prevalece sobre las formas y es el referente básico de la expresión artística. También había varias serigrafías y uno de los cuadros originales. Llama la atención la existencia de una serie inspirada en la muerte de Julio César, basada en textos de historiadores de la época: “…stella crinita per septem continuos dies fulsit exoriens circa undecimam horam.” (Apareció un cometa siete días seguidos hacia la hora undécima. Suetonio). Amplios trazos de puros colores rojos y negros que se entrecruzan, aludiendo a la sangre derramada y el sufrimiento por la muerte violenta.

Charlé un rato con el voluntario que abrió aquel día, quien me dijo que no disponen de ayudas económicas y que todo el trabajo de la asociación es por puros motivos culturales. También me dijo que ellos ofrecen la posibilidad de que se exhiban los fondos en aquellas instituciones o museos que quieran hacerse cargo del embalado, traslado y seguros de transporte, pues su falta de recursos no les permite más. 

Y fue él quien me puso en contacto con la Fundación Meirat, en Lozoya del Valle, a 10 kilómetros de Rascafría. Un taller artesanal de fabricación de papel a partir de fibras naturales de lino, según las tradiciones de siglos anteriores al invento del papel mecánico que utilizamos en nuestras publicaciones actuales, tan saturado de lignina y componentes ácidos.

La visita al taller que hicimos la santa y yo colmó las expectativas. Augusto, su propietario y director de la fundación, nos mostró el proceso de elaboración, desde el mezclado de fibra de lino, agua y aglutinantes naturales, hasta la formación de las láminas de papel en formetas que, por su tamaño, se manipulan mediante una pequeña grúa, su apilado entre remails para que descarguen el agua, y posterior prensado. Es papel es neutro, de grueso gramaje, de un blanco impoluto, que se utiliza en bellas artes, tanto para acuarela como acrílicos, impresión, grabado…

Esta fundación, entre otras actividades, se ocupa de la recopilación de conocimientos de la fabricación del papel artesanal en cualquier lugar del mundo, con independencia de la cultura, los sistemas de producción, las tradiciones empleadas. Y como curiosidad: tiene en su haber el record de fabricación del papel a mano más largo del mundo. Fue en la plaza Mayor de Madrid, en 2016, con la colaboración de vecinos del Valle de Lozoya y los alumnos del Instituto San Isidro.

En Alameda del Valle, a un kilómetro de Oteruelo, una antigua herrería que hoy está dedicada a la forja artística, situada entre la parte posterior de la iglesia y el río. Allí, Ricardo es ya la tercera generación que se dedica a trabajar el hierro con ayuda de una fragua con su fuelle accionado a mano, que construyo el herrero a principios del S. XX. La verdad es que me colé en la herrería por pura curiosidad, porque paso a menudo por delante y veo las muestras que tiene en la fachada. Ricardo me dejó curiosear y hacer fotos, me enseñó el documento administrativo que autorizaba la apertura del negocio en 1913, algunos certificados de sus exposiciones en tierra mexicanas, y otros países de la América Central. 

Me dijo que le habían sacado varias veces en los papeles: El País, El Mundo, en la tele… Además, da cursos de forja los fines de semana a los que acude gente de toda España. Me mostró orgulloso la dedicatoria autógrafa del libro de Julio Vías, quien le dedica un capítulo en su obra Sierra de Guadarrama, viejos oficios para la memoria. Tenía allí el hombre una cama con adornos de forja, con su buen baldaquino, que me animó a comprarle, pero un servidor es veraneante de paso (como las cigüeñas) y el piso nuestro madrileño no da para tales ostentaciones.

Y si el curioso paseante se acerca al monasterio de El Paular estos meses de verano, podrá disfrutar de ARTIS, una muestra de arte actual en las antiguas celdas monacales. Tendrá ocasión de departir con los artistas, muchos de ellos vinculados al valle, y sabrá que el arte es una actividad que se desarrolla en nuestro entorno, sin que nos percibamos de ella, necesitada de un espacio donde hacerse presente. 

La santa y yo asistimos a una breve exposición que hizo Juan Ramón Martín, arquitecto de formación y escultor vocacional, quien emplea el hierro como materia con la que expresar los contrastes entre peso y levedad. Los profanos allí presentes tratamos de comprender cómo la masa es  capaz de transmitir emotividad, y para ello nos puso el parangón del toro-masa-amenaza, frente a impala-levedad-huida. El volumen reducido a formas esquemáticas nos hizo recordar la abstracción que podemos ver ya en los objetos paleolíticos, en un largo trazo en el tiempo que nos une a nuestros antepasados. Y, para refrescarnos la memoria, ahí cerca, en Pinilla del Valle, pueden verse las excavaciones arqueológicas de nuestros parientes neandertales.

A lo mejor, alguien puede sorprenderse de que en plena canícula veraniega el jubilata se encuentre con actividades que solemos llamar “culturales”, cuando lo oportuno y que de verdad presta en estos días de pertinaz insolación, es tumbarse panza arriba en el césped de la piscina, practicar la barbacoa de chuletitas y panceta, o filosofar sobre las cosas del fútbol con la cervecita helada en una charla distendida en la terraza del bar. Pero si el torero se sorprendía de que hubiese “gente pa tó” – incluso filósofos –, que el lector de esta bitácora no se sorprenda si este jubilata, en sus andanzas, encuentra gente que hace cosas por amor al arte.

El valle es acogedor y da cabida a todo quisque. A saber: al veraneante ocioso en su jugo agosteño; al caminante huidizo de multitudes por entre robledos o pinares; a la chavalería que enmarrana el cauce del Artiñuelo con toda clase de envases (por lo que parece, nadie las habló de que el principio básico de la ecología es usar las papeleras); al pequeño negocio de vender grasas suculentas en forma de kebab y “salchipapas” junto al cine de verano; a los grupos familiares de ciclistas que pedalean por los caminos (familia que pedalea unida, permanece unida); a la congregación de jubilados que, con fe y buen paso, hace cada mañana tempranito la ruta del colesterol Rascafría – El Paular aller-retour…

Y si todo lo anterior puede parecerle rutinario y el lector es un espíritu fuerte, amante de experiencias fuera de lo común, en el monasterio de El Paular, por lo leído estos días atrás en algún anuncio, se imparten cursos de coaching espiritual. Queda garantizado el subidón…


viernes, 21 de julio de 2017

Crónicas veraniegas e intranscendentes, 2.- callejear y oservar


Este jubilata, en su papel de cronista de nimiedades veraniegas, ha tenido la ocurrencia de levantar la vista cuando callejeaba por el pueblo y ha caído en la cuenta de que Rascafría es población donde convive y se amalgama un caserío dispar e incongruente, que engloba desde las típicas construcciones serranas – a veces abandonadas, semirruinosas, a veces rehabilitadas con dudoso criterio, pero siempre en franco retroceso – hasta las urbanizaciones de chalés unifamiliares con su parcela ajardinada de buen tamaño y piscina, que denotan el alto nivel económico y social de sus dueños.


Movido por la curiosidad, más que recorrer las calles al azar, lo que este paseante curioso ha hecho últimamente ha sido observar las distintas soluciones constructivas que se han dado a lo largo del tiempo. y lo primero que le choca es encontrarse con casas sin congruencia arquitectónica, pegadas unas junto a otras; a veces como encabalgadas, cuando no amputadas para que la nueva encaje sobre la vieja, en una mezcolanza de churras y merinas, con soluciones más atentas a la comodidad de sus dueños o a su dudoso gusto, que a mantener una cierta estética urbanística. El resultado, si se me permite el atrevimiento, es un totum revolutum arquitectónico que ha degradado, y mucho, la belleza y la personalidad de este pueblo serrano.

Quedan en pie algunas viejas casas serranas de tejado tendido a dos aguas, con sus paredes de mampostería enfoscadas y sus armazones de madera, con sus buenas tejas árabes, sus pequeñas ventanas a baja altura, que sobreviven al abandono o han sido rehabilitadas con añadidos actuales en un híbrido desmañado. 


Abundan esos chalés adosados,  especie de estilo que podríamos llamar seudo rural seriado, tan del gusto de los urbanitas que buscamos casas de precio asequible a las clases medias, comodidad ciudadana y casticismo de pueblo. Todo lo cual no dejara de ser una adaptación a la necesidad de los tiempos, con criterios de pura utilidad y olvido de los valores estético/urbanísticos tradicionales.

Pero es que, además, hay por ahí alguna mal llamada “urbanización”, cutre, molesta a la vista y de construcción deleznable, que debería constar en el primer capítulo de una antología del disparate urbanístico para general vergüenza y escarmiento. Y puestos a ser estrictos, a sus promotores debería habérseles reclamado judicialmente daños y perjuicios por la escabechina cometida en el paisaje, además de acusarlos de rufianismo al prostituir, por puro interés de sus bolsillos,  el noble arte de la arquitectura. Y eso con el agravante de haberse perpetrado el daño en un parque natural. Y no señalo. Dese el lector, si viene a Rascafría, una vuelta por ahí y ya verá…

Este jubilata, que tiene sus pequeñas manías de esteta, tampoco es que quiera que la capital del valle sea un museo viviente de viejas construcciones serranas, donde sus habitantes vivan como hace un siglo. No. La economía pecuaria y de subsistencia, de tiempos pasados, ha dado paso a un nuevo sistema productivo y de sociedad que requiere otras soluciones habitacionales. Pero, coño, eso no justifica los chafarrinones urbanísticos. Es que este jubilata querría ver bien conservadas las viejas casas serranas que aún quedan en pie, sus cercados y pajares, y un cierto orden urbanístico que diese armonía al conjunto del pueblo.


Pero el chafardeo durante decenios arrejuntando ladrillos por barrios y callejas, según los intereses del momento y de cada época, no hay quien lo arregle, así que mejor habituarse a la superposición de estilos y el desbarajuste callejero. 

De todas formas, no debe hacerse mucho caso de las rabietas de quien esto escribe. El visitante puede disfrutar de la personalidad de sus dos plazas centrales, la de la Villa con su hermoso ayuntamiento neomudéjar, y la de España, con su tilo central allí donde estaba la tradicional olma que mató la grafiosis, en torno a las cuales gira la vida de esta villa serrana.

Para no ponerme pesado y exquisito con arrebatos de esteta en chanclas, contaré al improbable lector que un servidor, cuando montan el mercadillo, acostumbra a ir a charlar con un señor marroquí que arma su tenderete de baratijas y adornos femeninos y tiene sus ribetes de filósofo  epicúreo. “Toma, una calavera”, me ofreció como presente cuando me acerqué a su puesto. Me puso en la mano una figurilla del tamaño de un garbanzo, pero de un imposible color morado. “Toma, unos pistachos”, correspondí yo, ofreciéndole un puñado de los que acababa de comprar. 


Volvía yo con mis arreos de andar por el monte y le pareció un placer sutil el hecho de que hubiera descabezado un sueñecito bajo un roble, en mitad del bosque. Según él dice, debemos ser bastante semejantes en nuestra apreciación de la vida y la valoración que hacemos de los bienes materiales. No es tanto – según él – la abundancia de posesiones, como el disfrutar de lo que tengamos, sea mucho o poco.

Y, para colmo, debe tenerme en muy alta estima estética, pues da por supuesto – y no le desengaño – que vivo en una casita baja, con jardín, donde yo monto mi caballete de pintura. Me hace tanta ilusión verme imaginado como un Monet que no quisiera sacarle de su error. Ya es bastante dura de por sí la puñetera realidad, aguantando los despropósitos y los atropellos urbanísticos cuando callejeo por el pueblo. Un poquito de autoengaño también ayuda a sobrellevarlo…

lunes, 10 de julio de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 1.- Entre el aislamiento y la noticia.


Estas vacaciones serranas, en la  primera quincena de julio, recuerdan a este jubilata tiempos pasados, cuando en los pueblos de veraneo no había más que lugareños dedicados a sus quehaceres del agro, y algunos veraneantes que ponían la nota exótica de gente de ciudad con pocas habilidades para adaptarse al medio rural. Unos y otros formaban dos comunidades bien diferenciadas que compartían, por pocas semanas, el mismo medio y se desenvolvían en él de acuerdo con sus respectivas capacidades sociales, de forma que el espécimen de asfalto se comportaba con un cierto aire de superioridad por ser elemento de ciudad, mientras que el de pueblo hacía su agosto a costa de los veraneantes, subiendo los precios de las tiendas y bares. Eso sin contar las patatas, sandías y tomates que la señá Andrea (o la Antonia, o…) les vendía en la puerta de su casa, pesadas en romana y menguadas de peso.

Lo cual se dice aquí no porque Rascafría (donde veraneamos desde hace varios años) sea pueblo estancado en tiempos de ganaderos y agricultores, que ni mucho menos; es pueblo de maneras capitalinas que vive más del turismo y la hostelería que de pasadas explotaciones ganaderas o madereras, de cuando la serrería de los Belgas. Se dice, más bien,  porque estamos en días de tormentas veraniegas que nos diluvian calles, carreteras y caminos, de forma que el turista-masa se toma un respiro antes de atreverse a abrir el chalé adosado, desparramarse por las Presillas o invadir con sus coches y residuos los aledaños de la  carretera que atraviesa este parque natural de Guadarrama.

Decía, pues, que este jubilata, valiéndose de la climatología adversa, se había forjado unas ficticias vacaciones rurales, desconectadas de los agobios asfalteños, dedicadas a las paseatas por caminos del valle y a las lecturas atrasadas: esas que uno se había hecho promesa de hincarles el diente nada más tener el libro a mano, pero que las múltiples ocupaciones que padecemos los instalados en las clases pasivas nos han impedido acometer. Pero a pesar del aislamiento tan deseado, resulta imposible sustraernos a las influencias del mundanal ruïdo, y eso precisamente por culpa de las lecturas, que son la ventana por donde el vocerío del mundo entra en nuestro confortable aislamiento.

Y, a modo de ejemplo, este botón puede servir de muestra, aunque el improbable lector lo vea como una banalidad indigna de persona seria y añosa, como se le supone ser al autor de esta crónica. Pero sepa que el asunto está sacado de las páginas de economía de L´Express, semanario francés que se tiene por muy respetable. Pues el caso es que en Le cahier économie, bajo el epígrafe Innovations, se pone en conocimiento de los lectores que la firma Spartan, start-up financiada de forma participativa, acaba de lanzar unos calzoncillos que bloquean las ondas electromagnéticas a fin de preservar la fertilidad masculina. Una lástima que llegue con tanto retraso – pensé al leer lo del invento este –, porque a algunos ya en edad provecta no nos va a resultar de mucha utilidad, ya con nuestros espermatozoides macilentos, así que seguiremos usando el slip abanderado de toda la vida.

Y no debe ser cosa de marketing lo de la protección del gonadario masculino ante los ataques electromagnéticos ya que  su eficacia ha sido certificada por el laboratorio MET de los USA, quien garantiza que el hilo de plata con que están tejidos protege de las ondas en un 99%, aparte que es antibacteriano y confortable por estar entretejido con el tradicional algodón. Unos gayumbos high-tech que hacen juego con el Smartphone, a la vez que te preservan de las perniciosas ondas que éste emite cuando lo llevas en el bolsillo del pantalón.

Claro que otros asuntos de más calado cultural entran en nuestro discreto vivir de veraneantes, y nos elevan varios peldaños sobre nuestra mediocre existencia. Y es que, como cada verano, la Comunidad de Madrid organiza Clásicos en Verano (va por la XXX edición), y acerca a los pueblos serranos la música clásica y pone ante nuestra vista y oídos a jóvenes intérpretes.

Aquí, los de casa hemos asistido a alguno de los conciertos que han tenido lugar en el monasterio de El Paular. En su antiguo refectorio, bajo el gran lienzo de La Última Cena, copia de otra de Tiziano para el Escorial, por Eugenio Orozco en el S. XVII, un jovencísimo chelista, Alfredo Ferre. Este maestro en ciernes tuvo a bien maravillarnos con la interpretación de la Suite para violonchelo solo nº 6, de Nuestro Padre el divino Bach, así como sorprender nuestra ignorancia con los Preludes para violonchelo solo op. 100, de un desconocido – de ahí nuestra sorprendida ignorancia – Mieczyslaw Weinberg, músico polaco de origen judío, quien sufrió todas las miserias que los nazis infringieron a los de su generación.  Y en la iglesia parroquial de Rascafría,  el dúo Ashan Pillai – Juan Carlos Garvayo, nos ofrecieron una interpretación de viola y piano con sonatas de Glinka, Mendelssohn y Brahms con las que nos relamimos de gusto estético.

Así, debidamente culturizados en esta segunda semana de julio, regresamos a nuestros quehaceres y aficiones veraniegas. Que no son pocas, aunque eso sí, más bien intranscendentes. Como es, por ejemplo, pasear por la finca de los Batanes, bajo el bosque de Finlandia, viendo cómo novias de publicidad, con sus arreos de vestido blanco y velos de tul ilusión, van hasta el estanque a hacerse las fotos para las revistas de moda, acompañadas de su corte de fotógrafos que les sugieren tal o cual pose. Faltos de imaginación, los publicistas siempre eligen el mismo rincón verano tras verano, olvidando que por estos parajes hay lugares tanto o más bellos que aquél.

Sin ir mucho más lejos, allí al lado, este jubilata se suele acercar a una acequia donde descubrió el otro día el cazadero – o a lo mejor, el pescadero – de una culebra de agua, donde nadan bastantes alevines que deben servirle de alimento. Un par de veces la he importunado con la punta del bastón para ver cómo se revuelve allá en el fondo del agua, y ahora, en cuanto me siente llegar, se esconde bajo las piedras. La cosa no tiene nada que ver con las novias de publicidad que se retratan allí cerca, con músicas celestiales o con lecturas insólitas, pero se cuenta aquí para que el improbable lector vea que jubilata y todo, un servidor sigue teniendo reminiscencias de crío de pueblo.


La culebra, eso sí, debe estar bastante mosqueada…

sábado, 1 de julio de 2017

Por los tejados.-



Comenzamos el veraneo, así que mejor os dejo aquí un cuento de infancia para tomarse los calores venideros con un poco de calma. El cuento dice tal que así:

La última vez que me subí al tejado de casa rompí tres tejas. En casa mi madre dijo que habían sido cinco, pero no era verdad. Las otras dos ya estaban rotas. Pero ya se sabe cómo son los mayores, que siempre quieren tener la razón. De todas formas, los zapatillazos de mi madre me los llevé igual,
tanto si habían sido tres como cinco.

– Hartita me tienes, todo el día en el tejado - dijo tras el zapatilleado.

Mi amigo Roque me dijo que, ya puestos a recibir estopa, mejor por cinco que por tres. Pero las cosas son como son: yo sólo rompí tres tejas, las otras dos estaban rotas y bien rotas. Si el michino que teníamos en casa pudiera hablar, seguro que me daba la razón. El michino, para que se sepa, era el gato de casa, que se pasaba el día por los tejados cazando gorriones.

Yo también solía andar mucho por los tejados, pero mi cacería era de otro tipo. Por aquel entonces, yo andaba por los 13 años y más enamorado que un gato en febrero. Y a quien sí rompí muchas tejas fue al padre de Elvirita. Elvirita se llamaba la pajarita que a mí me gustaba. Tenía un año más que yo, una carita tersa como piel de manzana y unas teticas que ya apuntaban maneras. Vivía en el callejón que hay detrás de mi casa. Me la cruzaba cuando yo iba camino de la escuela y ella al taller de corte y confección. Al verme mirarla como un bobalicón, se reía igualito que una alondra, apretaba el paso y se contoneaba con promesas de mujer. 

Elvirita tenía dos hermanos mayores que eran dos bigardos y me daban patadas en el culo si me veían rondar por su calle. De ahí lo de gatear por los tejados: necesidad obliga. Me subía al tejado por la tapia del gallinero y recorría a cuatro patas la distancia de mi casa a la suya, hasta situarme encima de su corral. Allí me quedaba observando, en el alero de encima de las cuadras. Yo la veía trajinar en las pequeñas tareas domésticas, propias de las chicas de pueblo en aquellos años. Lo que más me gustaba era verla tender la ropa. Como no llegaba bien a las cuerdas, Elvirita se empinaba todo lo que podía y se le subían las faldas hasta medio muslo. Yo, en el séptimo cielo, maullaba de gusto. Pero tanta dicha tenía efectos contraproducentes.

Lo digo porque aquellos muslos sonrosaditos de hembra en ciernes –que yo acariciaba con la mirada– me producían vértigo. Perdía el sentido y tenía que agarrarme con fuerza a las tejas para no caer. Me aferraba con tantas ansias que, a veces, arrancaba alguna teja de su sitio. La teja se deslizaba alero abajo y yo me quedaba con el alma el vilo viéndola resbalar. Si había suerte, la teja quedaba a medio colgar en el canalón; si caía al corral de mi vecino, hacía mucho ruido y Elvirita se asustaba, soltaba el cesto de la ropa y se metía en casa corriendo. Su padre salía dando voces a ver qué pasaba, echaba mano a la purridera y amenazaba con ella, mirando hacia el tejado. Yo, ni respiraba del susto. “Jodidos gatos”, refunfuñaba él antes de meterse en casa. Si en vez del padre salía alguno de los hermanos, era peor, porque cogían piedras y las tiraban al tejado. Yo, entonces, me pegaba contra las tejas todo lo largo que era y me estaba quieto, quieto. El corazón se me salía por la boca a puro desbocado que estaba.

De regreso hacia la tapia del gallinero de casa, solía cruzarme con el michino. Yo iba medio arrastras, moviendo tejas, mientras que él parecía caminar sobre algodones.  Recuerdo que cruzábamos nuestras miradas y yo veía en la suya reproches. Por mi culpa, los pájaros habían volado a los tejados de la otra calle. Ese día no cobraba pieza y  el pobre gato tenía que comer las sobras que le echaba mi madre, si es que sobraba algo.

El día que rompí las tejas de casa no se  me olvidará. Según costumbre, después de la escuela trepé al tejado del gallinero y fui gateando hasta el de las cuadras de casa de Elvirita. Era finales de mayo, el verano venía adelantado y hacía calor. Como tantas otras veces, Elvirita estaba tendiendo ropa. Solo que esta vez, por el calor, andaba con una camiseta de tirantes. A cada vez que se agachaba para coger una prenda, se le ahuecaba la camiseta y yo veía sus tetillas, como dos burujos sonrosados que parecían dos melocotones en sazón.

Absorto en mi contemplación, no me di cuenta que el michino estaba a mi lado. Se ve que ese día se le había dado mal la cacería y la tomó conmigo. Lo cierto es que me dio un zarpazo en una oreja y yo, tumbado en el borde del alero, perdí el equilibrio y caí al corral. La  costalada contra el suelo fue de aúpa. En mi caída arrastré una buena docena de tejas. Caí a los pies de Elvirita. Ésta empezó a gritar como una histérica. Al ruido del golpe, de las tejas rotas y de los gritos, aparecieron el padre y los hermanos.

– Cogedme a ese gato, que lo capo – les gritó el padre al verme.

Aún no sé cómo lo hice. Me puse en pie como un resorte, trepé por las bardas del corral, me encaramé al tejado y no dejé teja sana de allí a casa. Según me descolgaba por el gallinero, arranqué tres tejas, más dos que se vinieron de propina. Mi madre, que lo vio, se quitó la zapatilla… En el alero, el michino se atusaba los bigotes.

Ahora soy un hombre de ciudad. Cada verano que vuelvo al pueblo, pido las llaves al cura y subo a la torre de la iglesia. Desde allí veo los tejados y las callejuelas intrincadas. A veces, alguna muchacha se asoma a la ventana y me parece reconocer en ella a Elvirita, mi amor de infancia. Pero no la busco a ella. Busco mi infancia lejana.

miércoles, 21 de junio de 2017

A ver qué pintamos aquí.-


El arte que resiste inflexible es saboteado y condenado al ostracismo. Todo lo demás es desmontado, privado de su sentido y reconstruido de nuevo. El único criterio del procedimiento es alcanzar al consumidor en la forma más eficaz posible. El arte manipulado es el arte del consumidor. 
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Somos una sociedad de gente profundamente infeliz: solitaria, preocupada, deprimida.

Que perdone el paciente lector por todo lo anterior. No es que este jubilata presuma de haber leído con provecho a Theodor Adorno o Erich Fromm – los dioses nos libren del nefando pecado de soberbia intelectual –, es que, de picotear lecturas por aquí y por allá, de forma más bien anárquica, algo se queda siempre almacenado en la trastienda del intelecto de cada cual y aflora cuando menos lo esperas.

Todo lo dicho viene a cuento porque, tanto si son pensamientos prestados como de propia cosecha, me vinieron a la mente el otro día, cuando nos invitaron a asistir a la inauguración de una inusual exposición de pintura de un resobrino de la santa, en la academia Artium Peña. En Madrid hacía un calor del carajo, pero la visita era obligada, tanto por vinculación familiar como por ver personalmente unas pinturas que ya había visto en el muro ese del Facebook del autor, pero faltaba el contacto directo, que es donde de verdad surgen las afinidades o rechazos.

Andaba yo mirando aquel oprobioso devorador de hamburguesas Gordo avergonzando a su familia, cuando la santa, con esa su espontánea aversión hacia los esteticismos fuera de norma que le caracteriza, me pregunto: “¿Pero, de verdad te gusta…?” Y me miró como pensando: “Mira que tener un marido de gustos tan raros...”. “Bueno…, vamos a ver… - contesté - Lo que se dice te gusta, te gusta... A ver cómo le explicaba yo que el realismo expresionista no invita al placer estético, de la misma forma que mi admirado Otto Dix y su expresionismo devastador, retratando la sociedad alemana de la república de Weimar, es cualquier cosa menos armonioso y tranquilizador. Por eso, el régimen nazi lo clasificó de decadente y anti alemán, y quemó gran parte de su obra.

Y si somos sinceros, y no nos ponemos exquisitos, El grito, de Munch, es un horror elevado a los altares del consumo cultural. Un observador sensato se daría la vuelta y pensaría: “A éste, que lo encierren”. Y es que tiene que haber un gramo de locura, de inadaptación a la sociedad niveladora, para que cualquier pintor, por modesto y poco conocido que sea, pueda considerarse artista: Nullum magnum ingenium sine mixtura dementiae fuit, “Nunca existió un gran genio que no tuviese unos granos de locura”, según Séneca. Y perdone el improbable lector, ya sabe que este jubilata es un poco cultureta y se perece por meter alguna cita culta.

Dos pijos comprando droga, tiene esos gramos, si no de locura, sí de deprimente y absurdo, que me hizo recordar la frase de Fromm que va en la cabecera: Somos una sociedad de gente profundamente infeliz. Insolidaria, deprimida… Dos necios de clase bien que se meten en los bajos fondos a comprar costo o perico, y son observados irónicamente por un grupo de personajes de estética zombi, de mirada vacías y curiosidad de gato que observa al ratón. Mientras, ellos se asustan de su propio atrevimiento por bajar hasta las cloacas de la escala social en busca del chute que dé la felicidad.

Claro que ese mirar con ojos vacíos es común a toda la obra de Guillermo (acabo de darme cuenta de que no había dicho su nombre: Perdona, Guillermo, majo). Viene a ser, piensa el observador, como la constatación que el pintor tiene del vacío interior de sus personajes. No porque éstos carezcan de entidad sobre el lienzo, sino porque son el reflejo de seres sociales como con alma de trapo, viviendo una vida de muertos vivientes que se expresa en esos globos oculares en blanco, muchos de los cuales observan, sin ver, insistentemente al espectador. Son inquietantes, producen desasosiego, no temor porque no son agresivos; es que el espectador, cuando los mira, no encuentra correspondencia en la mirada de los personajes: los ojos están hueros y nuestra mirada choca con su vacío. Y no hay nada peor para un observador de la la pintura como que el personaje te mire desde el cuadro sin ver que estás ahí. No hay forma de empatizar con la escena observada y de ahí la sensación de intranquilidad y esa incomodidad que te sobreviene, como si estuvieses en un lugar donde no debieras.

Incluso cuando están en la intimidad de su casa, o compartiendo una comida familiar, o tomando unas copas en el bar, o de botellón por Malasaña, estos zombis sin agresividad son como mónadas cerradas: están físicamente juntos, pero mentalmente aislados. No parece que tengan mucho que decirse entre ellos y, a lo mejor por eso, algunos miran con curiosidad fuera del cuadro, al espectador, a ver qué impresión le causan. Solo que, aunque parecen sospechar que hay vida fuera del cuadro, su mirada no ve. La incomunicación está garantizada: desde dentro, miran sin ver; desde fuera, miramos sin comprender.

Un servidor, aunque tío postizo del pintor – o a lo mejor por eso –, se siente solidario con su obra y está dispuesto a jurar que su antiesteticismo expresionista es un hallazgo, un camino expresivo que, a lo mejor, produce extrañeza o rechazo estético según los gustos del espectador, pero no le dejará indiferente. Es que expresar la realidad con deformidades es una manera que tiene el artista de ver el mundo y darle forma, lejos de la perfección y la utilidad que nos ofrecen los objetos de consumo tal como los vemos en los anuncios de la tele, que para eso está.

Lo que no tengo claro es cómo, esta visión distorsionada de la realidad, puede encajar en los circuitos comerciales donde se decide qué es arte y qué no, qué marca tendencia y qué no; qué debe cotizarse como valor al alza o quedarse en los márgenes del negocio artístico. Porque visiones inquietantes del mundo se llevan como espectáculo de consumo al gusto de las masas. Sirven para disfrutar un rato ante la pantalla y olvidar cuando cambias de canal, no como reflexión sobre un mundo. Bastantes inquietudes tenemos con el terrorismo yihadista y las pateras en el Mediterráneo. 

De persistir en esta línea estética, quizás estemos ante un arte de resistencia, minoritario y personal. A lo mejor, aquí se cumplirá lo que dijo don Teodoro Adorno, aquello de que el arte que resiste es saboteado y condenado al ostracismo. Porque, si ha de ser arte apto para el consumo masivo, deberá ser convenientemente manipulado. Así llegará al consumidor envasado, desinfectado, y producirá beneficios a quien tenga la patente. Pero esas miradas inquietantes que miran sin ver, vacías, de ojos en blanco y sin vida, no parecen el mejor camino para el reconocimiento popular y el engorde de la cuenta corriente.

Claro que, a lo mejor, este jubilata no da una en el clavo, pero no por eso se priva de decir lo que aquí deja dicho, lo mismo que Guillermo no se priva de ver su mundo personal como lo ve. Allá cada cual con sus fantasmas y fantasías.

sábado, 10 de junio de 2017

Manspreading o despatarramiento machirulo.-

Una de las mejores cosas que tiene eso de acumular a granel tantos años de vida es que, quienes ejercemos de septuagenario con neuronas en estado operativo, acostumbramos a pasar buenos ratos observando, con cierto despego, la evolución de las modas sociales. Modas que, en el mismo momento de su presentación en sociedad y puesta de largo, han de ser asumidas por quienes se tengan por progresistas y ametrallar con ellas las redes sociales con la fe de un yihadista en los goces del paraíso.  Y lo que es a un servidor, maguer su edad provecta, no hay individuo de su quinta que le gane a progre, ni moda social a la que no busque su intríngulis.

Aparte que esas modas sociales suelen venir acompañadas de novedosas terminologías – si provenientes de la angliparla, mejor que mejor – que enriquecen un montón el acervo lingüístico y cultural del usuario. Y últimamente este jubilata, que dedica grandes esfuerzos a la puesta a punto de su estar en el mundo, ha atesorado varios términos a los que piensa dedicar sus mejores años.  De momento, está dudoso en su preferencia entre el manspreading de jerga brexiteliana y la charge mentale francogálica, aunque también le tiene querencia al machirulo, ese hallazgo tan despectivo que ha inventado el feminismo patrio, o al no menos despectivo carnaca del veganismo ultra ortodoxo.

Como en casa no estamos muy allá en eso del spanglish, he corrido a consultar el Oxford Pocket y éste me asegura que spread es tanto como “extender”, “desplegar algo”, con lo que el manspreadyng viene a ser algo así como “hombre desparramado”. 

Lo que no entiendo bien es a qué viene llamarlo en inglés cuando es costumbre muy carpetovetónica eso del despatarre viril. Ya desde niño recuerdo yo ese gesto tan macho de abrirse de piernas como para dejar la virilidad libre de toda opresión pernil; algo muy de hombre de bragueta prieta y testosterona hasta en la sobaquera, que siempre hemos vivido con normalidad hasta que empezamos a ponernos estrechos de pura postmodernidad. Algo tan racial – y tan nuestro - como cuando veíamos a Javier Barden rascarse con chulería el escroto en Jamón, jamón.

Pero, quizás, lo que ha pasado inadvertido a la respetable progresía urbanita, siempre tan querenciosa de su angliparlancia, es que nuestros vecinos franceses están empezando a hablar de la charge mentale (la carga mental) que soportan las mujeres que viven en pareja con hombres. La acotación de “con hombres” no es baladí, pues el emparejamiento actual es variopinto y no necesariamente heterosexual.

Y para entenderlo, convendría hacer un poco de historia: Es cosa sabida que los hombres de la generación anterior a la nuestra, lo que hacían era estorbar en casa. Por eso, cuando no estaban currando estaban en el bar. Luego llegamos nosotros, que en nuestra juventud empezamos a echar una mano, tal como “Fulano, baja y tráeme el pan”. A partir de esos rudimentos participativos, empezamos a cooperar y luego a asumir tareas equitativamente - con todas las excepciones a que la experiencia dé lugar -. Pero, cuando creíamos que habíamos llegado al cogollo de la corresponsabilidad doméstica, resulta que no, que quien realmente lleva la responsabilidad de la casa es la mujer. 

No es que no trabajemos y le pongamos empeño; es que, cuando hemos terminado la tarea, preguntamos: “Fulanita, cariño, y ahora qué hago…” Ahí, ahí está la carga mental, ese estrujarse de neuronas a que se ve sometida la mujer, a quien se supone (suponemos los hombres) le corresponde la responsabilidad de la organización familiar. Una cosa es compartir tareas y una muy otra, responsabilizarse de las decisiones dentro de la sociedad doméstica.

Se preguntan las feministas francesas: ¿Y por qué la responsabilidad de la organización de tareas ha de recaer exclusivamente sobre la mujer? Fallait demander, dicen ellas que dicen los maridos franceses cuando ven que la mujer no llega a todas las tareas y se siente desbordada: Pues haberlo dicho, mujer, se podría traducir. El hombre está dispuesto a la tarea, “a ayudar”, pero parte del supuesto de que las decisiones, la organización en el hogar las toma la santa. Si hay que bañar a los niños, si hay que hacer la cena, tú me lo dices, chati, y yo hago lo que tú quieras. Y por ahí van los tiros: no es lo mismo la carga mental que el reparto de tareas; no es lo mismo planificar, organizar, que ejecutar tareas. No es lo mismo la responsabilidad de dirigir una casa que trabajar de currito benevolente.

Ya ves improbable lector/lectora (ya que estamos en ello, distingamos géneros, que luego pasa lo que pasa), cuando los hombres creíamos haber hecho nuestro camino de Damasco igualitario, resulta que aún nos queda otra caía del caballo: compartir la carga mental de las decisiones domésticas. No es una queja, es una constatación. Pero, quizás, esto tarde aún en llegar a nuestra progresía, porque como no viene expresado en inglés…

Dicho lo anterior, sobre el particular se puede leer en un artículo de L´Express, número 3438: Penser à tout? Elles en ont ras le bol: hasta los ovarios de pensar en todo, por decirlo así. Y hay una bloguera, Emma, que habla de ello en https//emmaclit.com. Y un comic, “Fallait demander”, sobre este asunto en Facebook, con 162.000 seguidores. Todo ello según el dicho L´Express. 

Ya ves, y aquí nos preocupamos por el despatarre del macho ibérico en los transportes públicos… y creemos que hemos llegado al colmo de la progresía al fustigar tamaña vulgaridad, pero no alcanzamos la sutileza de nuestros vecinos franceses ni de coña.

El caso es que – hablando de nuevas expresiones, como decíamos al comienzo –, cuando recorro las calles de Lavapiés, camino de la UNED Senior, acostumbro a leer letreros, pintadas y cosas así. Y hace semanas que me encontré con un: Ningún machirulo con dientes, o el muy desagradable: Tu mirada me viola, y otros de parecido tenor, que he olvidado, aunque apunté en mi diario. No sé si estos mensajes del feminismo extremo van dirigidos a todos los hombres, incluidos los setentones, por estar estigmatizados con el doble cromosoma XY, o sólo a los que ejercen el machismo en dedicación exclusiva.

También me encontré con un: Fuera carnacas de nuestro barrio, que me tuvo intrigado varios días. Hasta que hice averiguaciones y descubrí que carnaca es término despectivo, empleado por el veganismo, referido a los devoradores de carne. Con lo cual, se nos invitaba de malos modos a largarnos del barrio a todos los omnívoros.

Este jubilata, en su acreditada credulidad, creía que Lavapiés era un barrio abierto, un microcosmos multirracial, ruidoso, multicultural y plurilingüe, pero resulta que no; que es territorio comanche donde puedes tener un mal encuentro con un comando del Frente Popular de Judea o con una cáfila de talibanes del Frente Judaico Popular, o con un fanatismo de diseño que nos expulsa del barrio por comer filetes.

jueves, 1 de junio de 2017

Tierra de Campos, tierra de siempre.-


Que nadie se lo tome a mal si aquí se empieza hablando del poeta romano Horacio sin venir a qué. Pero si éste hubiese vivido por estas tierras de pan llevar donde hemos estado estos días, seguro que de ellas hubiese dicho:

Beatus ille qui procul negotiis,  
ut prisca gens mortalium 
paterna rura bubus exercet suis,
solutus omnis faenore.
(Feliz aquel que lejos de los negocios, trabaja, como los antepasados, los campos paternos con sus bueyes, 
libre de toda usura.)

Y, puestos a echarle latines, aunque éstos más pedestres, en la crónica Albeldense, allá por el S. IX, se habla de Tierra de Campos, de la que se dice: “Campos quos dicunt Goticos usque ad flumem Durium..,” Estos que visitamos estos días son aquellos Campos Góticos que llegaban hasta las orillas del Duero. Campos de gentes bragadas que manejaban la azada y la espada; hoy tierras olvidadas a los márgenes de las modernas autovías o las líneas de alta velocidad.

Y si el jubilata – puede que piense el improbable lector – no hablase de latines ni de tierras resecas donde las amapolas motean el horizonte y el sol castiga los terrones, dejaría de ser ese tipo vetusto y más bien rarito a que nos tiene acostumbrados. 

A lo que un servidor, dándose la réplica a sí mismo, no puede menos que justificarse: los poetas latinos siguen presentes (de hecho, el texto de Horacio estaba escrito en la pared de una casa de Urueña); las llanuras cerealistas de la Castilla profunda existen aunque pasemos de largo y sin mirar; y Tierra de Campos ahí está, olvidada en su soledad y cargada de historia, con sus viejos monumentos que dan fe de que, en tiempos, tuvo pulso vivo y aquí se fraguaba la historia de Castilla.

Un servidor, que se tiene por buen degustador de paisajes – dicho sea sin faltar – está dispuesto a echarse un pulso con cualquiera que achaque de feas y aburridas a estas tierras.  Quizás las llamen feas por su monotonía y su horizontalidad, pero eso no es culpa del paisaje, sino de los ojos con que se miran. No es un paisaje hecho con regla y tiralíneas, sino una sucesión de ondulaciones suaves donde los cereales, en estos días aún de primavera, verdean en grandes manchas, y, a veces, se tachonan del rojo intenso con grandes rodales de amapolas; donde los campos en barbecho tienen esos colores terrosos que brillan con los últimos soles de la tarde; y los pueblos, pegados a la tierra, se impregnan con el color del silencio, del adobe, el ladrillo y el tapial.


La carretera comarcal por la que transitamos es recta hasta perderse en el horizonte y solo rompe su monotonía, a ambos lados de la cinta de asfalto, alguna alameda relicta que se enraíza en esos arroyos casi secos que presumen con nombre de ríos y no son más que un hilo de humedad que atraviesa el llano. Los palomares abandonados dejan ver sus ringleras de columbarios en el trozo de pared de adobe aún en pie, y los montículos que guardan las antiguas bodegas bajo tierra, nos están avisando de que nos aproximamos a algún pueblo: una iglesia de gran porte, una espadaña en ladrillo, unas calles solitarias y casi siempre sinuosas, enmarcadas por tapias de adobes o ladrillos, algunas casas caídas, corrales silenciosos y mucho jolgorio de gorriones, chillidos de golondrinas y vuelo alocado de vencejos.

Así es como, casi sin darnos cuenta, llegamos a Villalpando, lugar donde tendremos por dos días nuestro alojamiento rural. De esta villa, en mi lejana juventud, solo sabía aquella coplilla escabrosa que cantábamos a propósito del gonadario del cura de Villalpando, que llevan cuatro bueyes, niña, y van sudando. Aparte esas escatologías de juventud, nada sabía entonces de que en su castillo palacio estuvo la sede de los Condestables de Castilla en el S. XVI. Castillo fuerte desde el S.XII, propiedad de la familia Velasco, fue incendiado en 1521 durante la guerra de las Comunidades. Aquí estuvieron presos en rehenes, en lo que llaman Cubo de Palacio, el Delfín de Francia y el Duque de Orleans, hijos de Francisco I, una vez que éste fue derrotado en Pavía por el emperador Carlos V. Hoy día, del castillo solo quedan unos paredones desdentados, y aquel célebre cubo, que fue alojamiento forzoso de príncipes, tiene encima un vulgar y antiestético – pero útil, claro está – depósito de agua que marca el perfil del pueblo en la distancia.

Entre los Ss. XII y XIII, durante las guerras fronterizas entre Castilla y León, la villa se amuralló. Quedan en pie dos puertas, la de Santiago y la de San Andrés. Ésta está flanqueada por dos buenas torres, en las que se hizo una recuperación arqueológica que muestra el primitivo talud defensivo que existió antes de levantarse los muros de cal y canto. Algún lienzo de muralla queda en pie, y el recuerdo en el callejero de ser villa cercada: Cerca de San Pedro, Cerca de Santiago… En el interior de la población, un triple ábside en ladrillo, resto de la iglesia mozárabe de Santa María la Antigua, S. XII, y un par de antiguas iglesias o derruidas o tapiadas. 

Una plaza mayor, bien porticada, nos dice que éste es un viejo solar castellano; un convento de clarisas fundado en 1633, rodeado de altas tapias, muros que se cierran a la mirada de los curiosos. Las monjas de clausura, apenas una decena, tampoco están libres en su retiro de las asechanzas del maligno: hace pocos años, dos falsos empleados del gas les estafaron cerca de cuatro mil euros.

Y en el escudo del municipio, esta leyenda tal que así escrita: RANTIA GLORIA EXTOLLE,  un batiburrillo que suena a latín culinario hasta que se le encuentra el sentido: Gloria ex tollerantia, que podría ser: La gloria se alcanza con paciencia.

A unos 27 kilómetros, ya en tierras leonesas, Valderas. Se hizo célebre su ayuntamiento porque en 2013 entró en quiebra, con una deuda de cuatro millones de euros, por culpa de un alcalde manirroto. Pero aquello fue uno de tantos episodios a que nos tienen acostumbrados los de la gaviota genovesa. 

Si por algo es conocido Valderas en el orbe y más allá, es por su bacalao al ajoarriero. Tiene fama merecida de que, si quieres degustar el mejor bacalao, has de traerlo de Islandia y comerlo en El Canario, en Casa Zoilo, que de casta le viene al galgo. Mi santa, que es valderense, recuerda de niña ver a los arrieros y tratantes, en las ferias de ganado, ir a comerlo a la casa de la tía Pita, y los fogones, cada uno con su cazuela encima, adosados a la pared de un largo pasillo. Pues que lo sepa el lector ocasional, si va a Tierra de Campos, pase por Valderas y cómase una buena ración de bacalao hecho en cazuela de pereruela y regado con una botella de prieto picudo. La siesta es obligada.

Pero es que, además, esta villa de Banderas de las Llamas (según su escudo de armas), tuvo un vecino ilustre, el padre Isla, quien vivió su infancia y parte de su juventud aquí. Su campanudo Fray Gerundio de Campazas debió inspirarse en el carácter de aquellas tierras. También vecino ilustre fue Panduro y Villafañe, obispo de Popayán (Colombia), quien fundó el seminario de Valderas en 1738, en un estilo barroco postherreriano y es fábrica sobria y equilibrada, muy digna de verse nada más entrar en la villa. Dicen las malas lenguas que los dineros para la fundación se los trajo de las Indias en arcones donde guardaba arrobas de reales de a ocho, buenos pelucones de plata labrada.

Valderas es villa que tuvo sus tiempos de esplendor. Del S. XVIII se conservan varias casas palacio con fachadas en buena piedra labrada y profusión de escudos heráldicos. Existe una Casa de Arias, cuyo propietario fue ilustre licenciado por la universidad de Bolonia, en cuya fachada hay un escudo de la familia Cabeza de Vaca, de cuyo linaje fue el célebre descubridor Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

Una visita por las calles de la villa nos pondrá ante fachadas de casas nobles con sus buenos escudos de armas, una hermosa iglesia bajo la advocación de Santa María del Azogue, cuya torre fortificada perteneció al primitivo castillo, y muy próxima, la plaza mayor, bastante maltratada. Si uno sube por la calle de los Castillos, verá la Casa Osorio, construida en sillería y con un monumental escudo de armas y una ventana ojival en esquina. O puede verse la fachada del palacio de Castrojanillos, neoclásica, con una portada noble de dos cuerpos, enmarcada por columnas de granito y con siete balcones en su piso superior que le dan mucha prestancia.

Y, como apunte de pasadas glorias, vale con lo dicho. Al recorrer sus calles y ver el abandono de sus casas nobiliarias, el viajero no puede por menos que traer a la memoria las coplas de Jorge Manrique:

Los estados e riqueza,
Que nos dexen a deshora
¿Quién lo duda?
Non les pidamos firmeza,
Pues que son d´una señora
Que se muda,
Que bienes son de Fortuna…

Y no es por ponerle melancólico al improbable lector ante pasadas glorias, ni por fastidiarle el paseo con viejos achaques moralistas de menosprecio de corte y alabanza de aldea, al estilo de: Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruïdo... Es que entre el beatus ille de Horacio y las coplas de Manrique, los palomares semiderruídos y los trigales amarilleando al sol, caminar por estas tierras detenidas en la historia y el tiempo invita a sacudirse de encima las prisas y los afanes. 

Pero si la sobredosis de sol, soledad y paisaje - lector improbable, aunque estimado - te parecen un coñazo, tampoco importa: puedes hacerte un selfi ante la tapia que mejor te pete y cuélgalo en Instagram o Facebook. Así tus amigos sabrán que estas tierras existen….