lunes, 20 de noviembre de 2017

La inteligencia y otros asuntos que no interesan.-

Sepa el lector, aunque improbable no por eso menos estimado, que un anaquel (lo de anaquel se dice aquí por no perder el uso) lleno de libros dentro de una habitación, una ventana a la calle y un concierto para piano de Schumann pueden ser lo más próximo al paraíso que se puede permitir un simple mortal. La habitación vale tanto como el claustro materno para un nonato: te acoge y protege; la ventana, la necesaria comunicación con el mundo exterior: te aísla a la vez que te comunica con él. Y la música, en este caso un concierto de Clara Schumann, es el líquido amniótico en el que flota la imaginación del voluntario enclaustrado. Con tan poco, un mundo a la medida.

¡Vaya! Esta vez el jubilata se ha puesto intimista - pensará el improbable lector -. Intimista y exquisito, para llamar la atención. Pero, no. Es que está un tantico harto del mundo exterior y, de vez en cuando, decide replegarse para sus adentros, a ver si se olvida por un rato de esas afueras tan ingratas que le toca vivir. No es que lo consiga del todo, pero al menos el intento sirve de pábulo (pábulo, otro término que muere de inanición) para redactar esta entrada a la bitácora.

Pues viene al caso el título por una entrevista que hicieron a una filósofa, doña Catherine Malabou (que no tengo el gusto de conocer, no se vaya Vd. a creer) en L´Express. – Y aquí se impone un inciso para que el lector no se haga una idea equivocada: el autor de la bitácora no pretende aparentar que sabe, sólo habla de leídas y, como su memoria inmediata es débil, olvida. Por eso, para no olvidar – el olvido es la aniquilación –, escribe y pretende que los demás lo lean, como buscando refugio en intelectos ajenos.

Pretende ser como un alien alimentándose de la masa encefálica de los lectores. Pero en buen plan, o sea: se lanza una idea; ésta, al ser leída, se aloja en el sistema neuronal del lector y allí vive tan ricamente, sin molestar. Y al jubilata, que se reconoce flaco de memoria, olvidadizo – y, por lo tanto, aniquilable – le ilusiona saberse huésped de mentes más despiertas.

Volviendo al asunto, habla doña Catherine de la gran plasticidad del cerebro, incluso a edades avanzadas. Nuestras conexiones neuronales son capaces de cambiar de forma, de tamaño y de volumen bajo el efecto de la experiencia y la educación. Y, aunque los circuitos neuronales estén ya formados, pueden remodelarse y crear otros nuevos. Lo que quiere decir que, incluso a estas edades que nos vemos obligados a tener algunos, somos capaces de comprensión, aprendizaje y adaptación. Porque resulta que la inteligencia humana es un intercambio continuo entre el exterior y nuestro cerebro, que se adapta, asimila e integra los resultados de su adaptación. La inteligencia tiene mucho que ver con la educación, la realización personal y el afecto; aunque aquí no se habla de inteligencia emocional.

La inteligencia se define en términos de equilibrio: todos envejecemos físicamente, pero mucho más despacio en el plano mental. La edad nos va desmanguillando – Mme. Malabou no usa esta expresión popular; yo, sí – este cuerpo que se ha de comer la tierra, o la incineradora, pero nuestra mente se mantiene activa. Se produce un desfase entre nuestro deterioro físico y nuestra actividad mental, dando como resultado un desdoblamiento asimétrico. Y, precisamente, la inteligencia consiste en equilibrar estos dos aspectos: en acomodar nuestro envejecimiento corporal a la juventud de nuestro espíritu. 

Cosa, por otro lado (lo del desfase entre cuerpo y mente) que ya se lo había oido decir a un traumatólogo cuando me mandaron hacer un estudio de la pisada, porque la artrosis de mi cadera me hacía renquear. Decía el galeno del problema que se estaban encontrando los de su profesión ante el desfase entre el deterioro físico y la agilidad mental de cada vez más especímenes humanos de nuestra edad. Lo que podría solucionarse – esto ya es de mi cosecha – integrando nuestra capacidad cognoscitiva en un sistema de inteligencia artificial que nos librase de las taras físicas a la vez que mantenía la actividad cerebral. Cosa de ciencia-ficción que ya se contempla en algunas teorías sobre IA (inteligencia artificial) leídas en algún papel serio.

El caso es que también le preguntaban a Mme. Malabou sobre avances cibernéticos y la superación de los humanos por parte de los cada vez más perfectos cerebros electrónicos. Sostiene que, aunque las máquinas nos han sobrepasado cuantitativamente (son capaces de cálculo a una velocidad que no está a nuestro alcance), aún no lo han hecho cualitativamente: todavía no son capaces de crear como lo haría un artista o un pensador. Porque se trataría de crear, no de imitar.

La inteligencia artificial llegaría a equipararse a la humana el día que fuese capaz de equivocarse y reparar sus errores. Cosa que, hasta ahora, un servidor nunca a nadie se lo había oído decir: humanizar las máquinas a través de la capacidad de error y rectificación. Mira por donde, una de nuestras flaquezas, el cometer errores, es algo que no está al alcance del chisme cibernético más perfecto que pueda darse y, por extraño que parezca, nos hace superior a él. Nuestra debilidad nos hace superiores a los dioses del monoteismo – el error es una cualidad que no se da en su naturaleza – y la inteligencia artificial más puntera.

Pues, sí, lector paciente. En tales andurriales andaban las elucubraciones del jubilata estos días en que, según informes económicos publicados por algún medio, cada español debe 24.455 €, si repartimos la deuda pública entre los ciudadanos de esto que se sigue llamando España. No extraña que algunos quieran levantar fronteras en el Ebro para que los impagos queden de este lado. 

Por lo que a un servidor y demás pensionistas respecta, con nuestros ingresos no llegaríamos a cubrir la apuesta ni aun acudiendo a un comedor social de aquí al final de nuestros días. No hace falta ser inteligente para adivinarlo. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Un chino en El Prado.-


Estaba leyendo estos días los problemas que supone en Francia el empleo del lenguaje políticamente correcto, ya que se ven obligados al empleo de términos como racisé o cisgenre para no caer en un lenguaje sexista, racista o excluyente contra los individuos “distintos” al común social.  Racisé es tanto como “no blanco”, persona de otra cultura o color de piel a quien está mal visto llamar “negro”, “indio”, “chino” … Y si has de referirte a alguien cuyo sexo se corresponde con su género, si le llamas cisgenre te ahorras la expresión sexista de “señor” o “señora”, aparte que la cosa queda clara por oposición al transgenre, esa variopinta amalgama de  sexualidades con todas sus inextricables anfibologías sexuales, cuya comprensión se escapa a la gente de mi edad por causa de una pérdida de neuroplasticidad irremediable. Al lenguaje correctamente político (langue de coton, lo llaman los franceses) he llegado tarde, y me aburre. Lo dicho, problemas de neuroplasticidad que trae la edad.

En esas rumias andaba este jubilata cuando le puse a esta entrada el título de “un chino en El Prado”. No está bien – me decía para mis adentros – comenzar una entrada en el blog “racizando” (si se me permite el voquible) a un artista, discriminándolo por razón de su raza. Escribir “un chino” era tanto como marcar la diferencia, como decir “uno no de los nuestros”, un extraño a nuestra cultura y forma de vida. Pero resulta que las cosas suelen ser más complejas. Cai Guo-Qiang es nacido en Quanzou, República Popular China, pero vive en Nueva York y, rompiendo esquemas, expone en el museo del Prado: El espíritu de la pintura. Cai Guo-Qiang en el Prado. Encima, para partirte los prejuicios por el eje, pretende conectar con el espíritu del Greco, Goya, Velázquez y otros grandes maestros cuyas obras se exhiben en este museo.

Lo primero que sorprende al espectador es que tal artista contemporáneo, al margen consideraciones sobre razas o culturas, tenga cabida en las salas del Prado y no en las del Reina Sofía. Imagínese el improbable lector que el señor Cai emplea una técnica de expresión pictórica cuando menos sorprendente: explosiones de pólvora negra mezclada con pigmentos de colores. 

Sobre un panel tendido en el suelo, utilizando plantillas de cartón u otros materiales para insinuar formas, se distribuye la pólvora pigmentada, se cubre con otro panel y se sujeta el conjunto con piedras. El efecto conseguido se mueve entre lo figurativo y la abstracción, logrando obras matéricas con abundancia de colores vivos, grises y negros; obras lentamente efímeras debido a la disgregación de la pólvora quemada y los restos de pintura que se van desprendiendo del lienzo y depositando, día a día, al pie del cuadro.

Lo cual, a este jubilata, que se cree a pie juntillas lo de la sociedad líquida e inestable que definió el señor Bauman, le parece de perlas. Que una obra pictórica nazca de un Big-Bang (controlado, eso sí) y se diluya en polvo cósmico (por seguir con el símil) depositado al pie del acto creativo, y que éste sea barrido por las aspiradoras del servicio de limpieza del museo, son cosas que a uno le sulibellan y le estimulan su decadentismo estético. Pasado de revoluciones andaba un servidor cuando se enteró de la disgregación de la materia pictórica, sometida a la fuerza de la gravedad.

No recordaba una experiencia estética tan fuera de lo común desde que en el Reina tuve ocasión de ver la exposición Una retrospectiva, del belga Marcel Broodtheaers, donde la materia empleada son cáscaras de huevo o de mejillón. Lo lábil, lo efímero, la pérdida de referentes sólidos y la adaptación provisional al medio son valores que todo artista comprometido con la volatilidad del arte actual debe reflejar. Mejor todavía si lo hace con fogonazos de pólvora: el arte es la expresión de una fugacidad.  

¿Y por qué busca el señor Cai Guo-Quiang el espíritu de la pintura mediante deflagraciones controladas? Pues porque, a través de ellas, quiere llegar a expresar el espíritu de las pinturas del Greco. Por lo visto, se considera a sí mismo como alquimista y trata de captar el espíritu del cretense a través de una materia tan inestable e imprevisible en sus efectos expresivos.

Para ello, para expresar la gama cromática del pintor manierista, recurre a una técnica pictórica atrevida que expande y mezcla los colores puros e insinúa formas gracias al empleo de plantillas, telas o retoques con pinceladas posteriores. El resultado lo verá el espectador si se para a contemplar Día y noche en Toledo, una visión onírica de la ciudad bajo un cielo de añiles, grises, rojos como de incendio en lontananza; todo ello sobrevolado por palomas y angelotes como una profusión de espíritus santos, una especie de sueño de la razón pasado por la ortodoxia tridentina.

De verdad se lo digo al improbable lector. Tratar de comprender el sentido último de una obra contemporánea te lleva a descreer en las reglas del arte que viejos profesores te imbuyeron en el intelecto, en aquellos tiempos de la Facultad, cuando creías que desde la cátedra se impartía la verdad universal y sólo tenías que decir “creo” y caer en éxtasis, como la beata Ludovica Albertoni de Bernini. Pero no, es más jodido, si se permite la vulgaridad. Estos contemporáneos son efímeros y exhibicionistas, rompedores y expresionistas, usando de técnicas y materiales que a un Rubens o a un Velázquez les hubiese parecido la pura degradación del noble arte de la pintura.

Según puede leer por ahí quien esté interesado en el asunto, el señor Cai ha estado pensionado en El Prado y ha preparado algunos de sus cuadros en el Salón de Reinos del Buen Retiro, palacio donde hasta hace pocos años estuvo el museo del Ejército. Con lo que el uso de la pólvora viene a ser un guiño.


Pero sus obras no han surgido en la intimidad del taller, sino ante cámaras y periodistas que dejaron constancia de su proceso creativo. Algo así como los minutos de publicidad que nos ponen en la tele entre trozo y trozo de película. Una obra a fogonazos, televisada y publicitada, y encima lentamente deleznable en un polvillo que la señora de la limpieza se lleva en las hilachas del mocho de la fregona. ¿Obsolescencia programada o casualidad? Como quiera que sea, ¿Cabe forma más posmoderna de escribir tu nombre en el Libro de los Elegidos?

Parecerá mentira, pero esta  vez no hemos hablado del señor Puigdemont y su exilio mediático. Vamos progresando.


domingo, 29 de octubre de 2017

Aunque no sea normal, que lo parezca.-

Tras las banderas, los negocios.

Mientras asistimos al gran guiñol de la proclamación de la República Catalana Lliure, Grande e Indivisible (a la espera de lo de la Vall d´Arán), por ahí, y bien a su pesar, van las preocupaciones que embargan a este jubilata.

No está un servidor en edad de dejarse arrastrar por los grandes gestos de gente pequeña que busca un hueco en los libros de historia y decidió husmear en su propia intrahistoria a ver si encontraba sentido a la cosa. Para eso, nada mejor que pasear por el parque del Calero esquivando perros, ahuyentando cotorras y palomas, cediendo el paso a viejos en proceso de caducidad manifiesta, y otras faunas habituales de este barrio. La reflexión peripatética, aunque no sirva para poner en orden las ideas, sirve para controlar el nivel de colesterol con tanto ir y venir por el parque.

Una idea me rondaba por la cabeza, o más bien una frase leída esto días atrás: Tú estás sano porque aún no hemos puesto nombre a lo tuyo. ¿Era una amenaza de las grandes corporaciones farmacéuticas? ¿Un aviso para los atrapados en la rutina de la normalidad? Más bien una muestra de humor negro que esconde una verdad: vivimos una apariencia de normalidad.

Porque, vamos a ver: ¿Es normal mercadear con una independencia a cambio de retirar un 155 king size? ¿Es normal que el partido más corrupto sea el paladín de los valores constitucionales? ¿Es normal eso de tú me amenazas con el 155 y yo me declaro independiente hasta que la muerte nos separe? Pues si en el cambalache político estas cosas pasan por normales, ¿por qué las personas corrientes dejamos de serlo en cuanto alguien nos cuelga una patología recién acuñada para la ocasión?

Como esta normalidad, de la que aquí se habla, viene referida a comportamientos sociales, asumimos como normal – bien que forzados por las circunstancias – la realidad que nos toca vivir, aunque nos supere. Y la normalidad que nos toca vivir en esta sociedad es una inquietud colectiva a la que el humorismo político le ha puesto el nombre de República Catalana; para más inri, ahora en el exilio bruselense. 

Estábamos sanos hasta que alguien puso nombre a lo nuestro y la salud se nos está yendo en manifas, ondeo de banderas, odios sarracenos, patriotismos decimonónicos, adhesiones inquebrantables a la madre Catalunya o a la madre España, boicots patrióticos y un montón de sarpullidos en las tripas donde residen las emociones. Ya tenemos la enfermedad, solo falta la medicina, y no parece que el jarabe del 155 arregle más que los síntomas, dejando el mal soterrado hasta un nuevo brote de sarampión separatista.

Hasta ahí, el jubilata había conseguido poner cierto orden en sus pensamientos. Pero en sus idas y venidas por el parque se fue a tropezar con su vecino el depresivo, al que el médico le ha recomendado que camine mucho y piense poco. Y el vecino depresivo, que rumia sus pensamientos a pesar de la prescripción facultativa, me aseguraba que estamos sometidos al fatum por más tecnología que gobierne nuestro mundo. Vino a decirme que cada generación vive, muy a su pesar, algún fracaso colectivo que la marca a hierro. La generación de nuestros padres vivió con entusiasmo fratricida la guerra civil; la nuestra está viviendo a flor de piel una fractura política que ha roto la convivencia.

Le preguntaba yo si no podríamos oponernos a esa fatalidad y buscar un destino en el que pudiéramos llegar a un acuerdo de convivencia, intercambiar banderas (como los futbolistas intercambian camisetas después del partido). Pero él no es partidario. Piensa que contra el destino generacional nada se puede; se acepta y se aguanta. Como es hombre leído, me trajo en apoyo de su opinión la frase del poeta Horacio: Ducunt uolentem fata, nolentem trahunt. Si te opones a los hados, éstos te arrastran, si te sometes a ellos, te guían.

No estaba yo tan seguro de que lo mejor es dejarnos arrastrar y que se cumpla nuestro destino fatalmente. Pero resultaba bastante difícil explicárselo a un depresivo que lee a los clásicos y sabe que la depre, como las torpezas políticas, son señales de su disgusto que mandan los dioses a los hombres, y no queda otra más que aguantar hasta que escampe. Paciencia y barajar, dijo Durandarte al conde de Montesinos.

Como no había llegado a nada en claro sobre independencias, me despedí del vecino depre, pasé por DIA a comprar unas cajas de leche y subí a casa. Me prometí no encender la tele. Quizás porque, por pura higiene mental, un servidor había iniciado el procés de desconexión sin consulta previa en las urnas, sin debates parlamentarios y sin movilizaciones populares patrióticas y abanderadas. Y sin declaraciones solemnes, solo para mi capote.


miércoles, 11 de octubre de 2017

Catalonya, ni contigo ni sin tí.-


Cuando este jubilata se sienta ante el ordenador, dispuesto a escribir una entrada en su bitácora, siempre tiene un recuerdo para sus lectores improbables, ocasionales o habituales. Es una cuestión de empatía y de estrategia. Un servidor quiere sintonizar con sus lectores y está dispuesto a vender su alma al diablo por conseguirlo, siguiendo la doctrina marxista (facción Groucho) de que se deben cambiar los más sólidos principios en función de los gustos de la clientela. Y, según soplan los aires patrios de encontrado signo, los gustos del personal van por la profusión de banderas que tremolan al viento por las calles de nuestras ciudades y por las tripas de sus ciudadanos.

Mal que nos pese, vivimos tiempos revueltos en los que las aguas políticas y los sentimientos nacionalistas bajan turbios en el reino de Celtiberia Profunda y en la república del Catalanistán Exterior. No así, afortunadamente, en el shangri-la de Equidistán, donde sus felices moradores pasamos el día tocando el arpa y entonando cánticos de alabanza a nuestros dioses tutelares. Aburrido – dirá el improbable lector – lo de tanta loa y arpegio pacifista. Sí, pero al menos evitamos que nos arreen un banderazo si no opinamos a gusto de todos.

Algunos suponíamos que, tras la declaración de independencia (que al final ha sido sí, pero ya veremos; sin prisa pero sin pausa…), las banderas, banderías, banderizos y abanderados volverían a sus cuarteles de invierno y esto sería un mar en calma. Pero, a lo que se ve, al montañas nevadas, banderas al viento, que cantábamos en la escuela pública, todavía le queda un largo recorrido. Algunos creíamos que, por fin, podríamos sacar el pasaporte y el preceptivo visado para conocer Palafrugell, pongamos por caso, y nos sentimos decepcionados. Sobre todo, porque el Sr. Puigdemont ha roto el encanto de convertir su república del lejano Catalanistán en un destino exótico, tipo Turquía, Irán, Georgia o Armenia, países que he visitado estos últimos años.

Viñeta en L´Express de esta semana. Así nos ven.
De verdad, algunos con espíritu viajero y admiradores del folclore local tipo bou de foc, nos quedaremos con las ganas de visitar esa jovencísima república con la muchachada de la CUP controlando el tráfico aéreo catalán desde la torre de control del Prat, o montando corralitos con las cartillas de ahorros de los pensionistas. O, según genial anticipación de nuestro Tomás Serrano, imprimiendo el dinero en la impresora que Rufián llevó al Congreso de los Diputados en cierta ocasión. Pero no, según ve la cosa un servidor, todavía tendremos para rato con el marcial Mambrú se fue a la guerra de días pasados o el Santiago y cierra España que sonaban a ambos lados de la trinchera, mientras que algunos seguiremos viviendo en la aburrida Equidistán donde nunca pasa nada. Y sin poder usar el pasaporte en la divisoria del Ebro.

Menos mal que el folclore patrio sigue dándonos momentos de gran espectáculo, como cuando el Sr. Vergas Llosa, en plan agitprop, blanca melena al viento, lanzaba soflamas centrípetas y apocalípticas advertencias contra el centrifuguismo que nos corroe. Aunque siempre habrá desconfiados ciudadanos con el morro torcido por culpa de estos excesos de fervor patriótico que se les pone a los privilegiados cuando se dan baños de multitudes. Y eso - hay que reconocérselo - sin hacerle ascos a ese olor a sobaquina de manada que tiene el gentío.

Porque, cuando los ricos se ponen patrióticos y abandonan su palacete en la Moraleja, o vienen desde París en su deportivo, como Álvaro de Marichalar; cuando, en fin, los privilegiados del sistema sacan su patriotismo a pasear, es que el reparto de beneficios ha dejado de ser asimétrico a su favor, el chiringuito corre cierto peligro de redistribución con nuevos comensales pidiendo parte del pastel, y hay que apuntalarlo con el esfuerzo de todos. Incluidas, especialmente, las masas fervorosas a las que, previamente, se les han ordeñado las rentas sociales y derechos ciudadanos para sanear bancos putrefactos, se les ha metido doblada con lo del rescate de autopistas ruinosas, aparte algunas gürteles de propina y otras menudencias que resultan ya imposibles de recordar.

Ven a Equidistán, hermano. No necesitarás pasaporte, ni bandera, ni unidad de destino en lo universal, ni nadie te esquilmará las rentas del trabajo o te arengará desde su localismo patriótico, ni tendrás que defender las sedes (aquí o allá) de los bancos o del IBEX 35. Podrás ser feliz y desocupado, y no tendrás que tragarte anuncios en la tele entre interminables debate y logomaquias.

Parafraseando a aquel personaje de Marquina: Equidistán y yo somos así, señora.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

A resguardo de la bronca política (Si puede ser)


Haga lo que yo: no se meta en política”, me recomienda un comunicante, y por lo que se ve, lector frecuente de mi bitácora. Consejo que, por otra parte, ya le dio el Invicto Bahamonde a uno de sus ministros. Debería haberle hecho caso. A mi comunicante, digo. 

Sepa el improbable lector que se me ocurrió – aparte las anteriores entradas sobre este asunto en mi bitácora – colgar una nota en el Facebook ese preguntando que si los que no estábamos llamados al autoproclamado referéndum catalán éramos ciudadanos de segunda. Respuesta inmediata de un quídam: los fachas sois ciudadanos de tercera. Mi comunicante y el dictador tenían razón: quién coños me mandaba meterme en esos tiberios y turbamultas donde todo se resuelve a pura bronca y navajazo ideológico.

Por eso, como un servidor tiene ya una edad y no está para perder su tiempo intentando razonar con cafres centrífugas o centrípetas, he decidido cerrar las fronteras de la república independiente de mi casa y ver desde la ventana lo que se cuece en el ruedo ibérico. Porque, de lo que sí podemos estar seguros es de que, suceda lo que suceda estos días, saldrá un largo memorial de agravios y un martirologio patriótico a ambos lados del Ebro, de los que podríamos hablar cualquier otro día, si al improbable lector no le aburre darle vueltas a esta noria sin caudal.

Cuando uno no quiere, dos no conviven, así que estamos asistiendo a las broncas previas al divorcio a cara de perro, o al matrimonio sacramentado hasta que la muerte nos separe. Lo que resulta un sinvivir con sus odios soterrados. La segunda opción, la verdad, da repelús; y si la primera se consuma, haga usted el favor de apagar la luz, cerrar la puerta y devolvernos la llave antes de irse, y tanta paz lleve como descanso deja. 

Y no se hable más del asunto, y si se habla, hagamos lo que el inquilino de la Moncloa cuando le preguntan sobre asuntos incómodos: Esa persona de la que usted me habla. Así que no lloraremos ausencias. Pero si alguno se pone sentimental, recuerde la canción de Joan Manuel Serrat: Qué va a ser de ti lejos de casa. Nena, qué va a ser de ti. Lo que sea el futuro, ya lo veremos cuando esté presente. Lo que ha sido el pasado, con no ser actual, pesa y enturbia el presente. Uno y otro son un lastre para vivir el ahora.

Leía el otro día en L´Express una entrevista a Luc Ferry, antiguo ministro de Educación con Jacques Chirac, en la que decía que pesan dos males sobre el ser humano: el pasado y el futuro; la nostalgia y la esperanza, que nos impiden habitar el presente. Un servidor está en el presente abismado en “horas abismáticas”, como decía Unamuno. Esas horas en que uno se separa del trato con sus semejantes, del ruido de las ideologías, y cae en la realidad de sí mismo. A lo mejor no nos vendrían mal a todos disfrutar de algunas “horas abismáticas” para aislarnos del ruido de patrias enfrentadas y de la bronca que se encrespa a cada día y así conocer la realidad de cada cual por dentro. Que cada quisque se palpe la ropa.

Metafísico estás, le dijo Babieca a Rocinante en aquel soneto bastante mediocre de Cervantes. Es que no como, respondió, movido por la gazuza, Rocinante a Babieca: por lo que se ve, no era más que metafísica de pesebre. La necesidad hace de un rocín un filósofo y del pesebre metafísica... o patriotismo. Y de un bloguero provecto, un desengañado que se abisma.

Con permiso del improbable lector, no hablaré más de este asunto, al menos por esta vez, que tengo lecturas pendientes. A lo mejor le parece cosa de ociosos y despreocupados de la urgente realidad que nos agobia, pero este jubilata está muy interesado en Urbs Roma, vida y costumbres de los romanos; La vida privada. 

El lector descubre que no eran tan diferentes a nosotros. Que también seguían las modas de los peinados, los perfumes, las ropas; que también las mujeres se ponían tufos y extensiones en el pelo, y se lo teñían. Y que los niñatos de buena familia se cuidaban mucho de los rizos en la cabeza o los cortes de pelo a la moda. Y que había moralistas que criticaban las costumbres relajadas y la pérdida de las tradiciones. “También los hombres saben hacer sus embustes, saben atusarse la barba, entresacarla, ordenar el cabello, componerlo y dar color a las canas….” Eso decía Tertuliano, un padre de la Iglesia a caballo entre los siglos II y III.

En fin, he titulado esta entrada “A resguardo de la bronca política” porque quería quedarme al margen, pero no estoy tan seguro de que se me consienta, después de haberlo sacado otra vez a colación. Pero no importa. Siempre habrá un roto identitario para un zurcido nacionalista y una palabra desabrida para una opinión no compartida. Como dijo José Antonio Labordeta - con perdón -, en memorable ocasión en el Congreso de los Diputados: ¡A la mierda!

lunes, 18 de septiembre de 2017

Refrendos autocumplidos.-

A la espera de que escampe ese referendo contra don Mariano el Inflexible, que quieren celebrar los catalanes estelados el día 1 de octubre, y habida cuenta que cuarenta mil millones de euros irrecuperables del rescate bancario son una minucia para el pueblo soberano frente a las papeletas fotocopiadas del Oc cataloccitano, este jubilata había decidido ocuparse de asuntos más serios. Claro que no siempre lo consigue. Sin ir más lejos, un amigo que se ha ido a vivir a Colombia, preguntaba ayer por el wasap ese: ¿Qué tal vais? Y un servidor, que a veces no logra controlar el subconsciente, el inconsciente y la oportunidad de estar callado, va y responde: Aquí, con la joda del referéndum catalanista, que parece que no haya cosa de más interés.

Mal, muy mal - dirá algún improbable lector -, un error. Y no le faltará razón; más teniendo en cuenta que de los escasos lectores de esta bitácora, unos opinarán que sí, otro que no, como la canción de la Tarara, y los quejosos se borrarán de leer opiniones más viscerales que meditadas. Aunque, en descargo de un servidor, diré que no se me deberían tomar en cuenta, ya que en estos asuntos de política el apasionamiento es lo habitual, o el hastío, como es el caso de este jubilata. Aparte que, opine lo que opine desde esta bitácora, cada uno tiene ya su idea formada. Y una opinión más, por mucho que esté en letra de molde, no va a cambiar un ápice el sentir de cada cual.

Tal como la canción de la Tarara sí, la Tarara no: y tiene la Tarara un higo en el culo, acudid muchachos que ya está maduro. El higo del referéndum parece que va madurando, manoseado por constitucionalistas, nacionalistas (españolistas / catalanistas), tertulianos, debatidores de asuntos de rabiosa actualidad, insultones y matones anónimos en redes sociales, se dicentes defensores de la libertad a decidir, doctorales intérpretes de los recovecos de la legalidad, líricos cantores de la libertad de los pueblos con trémolos patrióticos de vario signo, opinadores de barra de bar y blogueros mal informados y peor expresados… Y otros muchos especímenes que ahora no logro recordar, pero todos pendientes del higo refrendario que en salva parte va madurando la Tarara.

Que sea para bien, es lo que hace falta.

Aquí otro equidistante.
Y de verdad, no nos preocupemos más de esos irrecuperables cuarenta y pico mil millones de euros que nuestro gobierno se ha gastado en el rescate, no de los bancos sino de sus dueños, como he leído por ahí. Que haya sido a costa de la sanidad pública, de la educación pública, de la estabilidad de los pensionistas, de las ayudas a nuestros más desfavorecidos socialmente, de eso que llamábamos en tiempos “justicia social”, qué más da. En fin, tampoco es asunto para preocupar ante la urgencia de la apuesta del todo o nada de los independentistas. Ya se sabe: Oigo, Patria, tu aflicción…, aflicción que no deja oír la voz queda de los derrotados del sistema, que tampoco deben ser tantos, coño. Quien no tenga un trabajo estacional de 700 euros y 10 horas diarias que se deje de milongas lastimeras y acuda a la ministra Báñez a que le explique eso de la primavera del empleo. Entre ella y la virgen del Rocío, seguro que harán milagros.

A quién puede importarle semejante minucia ante cuestiones de lesa patria a golpe de papelas fotocopiadas y movimientos de masas disciplinadas, embanderadas, gritando consignas e ideológicamente uniformadas, que hacen recordar los años treinta del siglo pasado. Solo que ahora - eso que hemos ganado en el espectáculo – no con camisas grises o pardas o azules, sino de colorines festivos, que parece que van de verbena y no de secesión.

Pero, lo dicho: que sea para bien. Y a quien Dios se la dé, san Pedro se la Bendiga.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Sancta simplicitas.


De verdad se lo digo al improbable lector: los de mi generación, contra Franco vivíamos mejor. Eran tiempos en que no había matices que confundieran el campo en el que militábamos: todo era o blanco anifranquista o gris antidisturbios. Hasta aquel aciago día en que al Invicto, como decía Francisco Umbral, lo matamos de muerte natural. Entonces, desde el otro lado de los Pirineos nos llegó la Democracia, esa tía estupenda, con las tetas al aire, como la Marianne de Delacroix, que nos prometía libertad y birra para todos.

Fue como lo del destape, que ya no había que ir a Biarritz o a Perpiñán a ver carne fresca. Fue como traernos L´Histoire d´O al salón de casa. La democracia nos trajo la libertad, el libertinaje (según los timoratos), la gosadera de entrepierna sin pasar después por el confesionario…, y muchas complicaciones añadidas. La cosa dejó de ser simple. Ahora resultaba que tan demócratas eran los viejos franquistas, recauchutados en Alianza Popular gracias a Fraga, como los rojos del PCE,vendidos al oro de Moscú y dirigidos por un Santiago Carrillo ya sin peluca. Nosotros, jóvenes doctrinos, aprendíamos a ser demócratas con más fe que ciencia, y todo el campo nos parecía orégano.

Ahora que uno anda por las últimas revueltas del camino, descubre que democracia es un término – dicho sin ánimo de ofender al gremio de las respetuosas – más manoseado que una puta barata e indocumentada. Descubre que se reclaman de democracia tanto el gobierno español, que exige el cumplimiento de la legalidad vigente, como el de la generalidad catalana, que exige su santo derecho a convocar referendos independentistas en nombre del Volksgeist payés. Y el jubilata ejerce (a la fuerza) de espectador perplejo, sin saber dónde posar su cansado escepticismo; observa, lee aquí y allá, se hace preguntas que no sabe responder, y se pierde en un mar bronco de acusaciones, bravatas patrióticas, descalificaciones, sobradas de insultos y menguadas de sensatez.

Sancta simplicitas! Dichosa simpleza de espíritu: eso decía aquel teólogo al que la Santa Inquisición quemaba en la hoguera, por herético, al ver cómo una viejecita iba echando ramitas a la pira para redimirle con el fuego purificador. Sancta simplicitas!, pensaba este jubilata, al ver en los youtubes esos, cómo una viejecita de pelos entrecanos, renqueando por entre los escaños del parlamento catalán, iba a la rebatiña de las nefandas enseñas rojigualdas, abandonadas allí por las huestes del PePé en su retirada patriótica. También ella, según parece, en su feliz simplicidad, quería purificar de españolidad tan noble institución.

Pero, eso, al jubilata perplejo le deja lánguido y como desmadejado cuando se entera que la viejecita tiene nombre, y que ese nombre es Angels Martínez Castells, a quien conoció a través de alguna conferencia y de los libros colectivos Reacciona  y Actúa, y a la que, desde entonces, tuvo en  un alto concepto por su valía intelectual y su compromiso social. Verla militando en una nueva guerra de banderas me ha producido desazón y lástima. Uno, una persona de su valía, no debería culminar un currículo como el suyo desautorizando una trayectoria intelectual con esa vulgaridad de atropar unos trapos de colorines, en plan venganza de don Mendo.

Pero cuando uno tiene un currículo vital tan longevo como el mío, debe contar con la acumulación de desengaños. Solo que se me están acumulando en estos últimos meses, y casi no me da tiempo a digerirlos. Desengaños que, en bucle, comienzan por la pubertad y terminan en la vejez (bien llevada, eso sí). 

Ante la decepción de ver a la señora Martínez Castells en plena rebatiña de rojigualdas en vez de razonando argumentos, me ha venido a la memoria otra gran decepción que he sufrido este verano. Y fue que el herrero de Alameda me contó que, siendo él joven, el padre Beda preñó a una maestra de la Sección Femenina, que ejercía en el colegio San Benito. Que un monje empreñe a una maestra de falange en pleno franquismo es de esperpento. Pero la cosa, en lo que al niño que fui atañe, no tiene maldita la gracia. El padre Beda fue profesor mío de latín, o de literatura, creo recordar. 

Y entre los musa-musae, la cosa incipiente del sexo adolescente era un tabú que se castigaba con las penas del infierno, y los monjes nos acojonaban con las calderas de Pedro Botero. Y el niño-adolescente era inocente, y se lo creía, y pasaba las de Caín para ser más casto que un San Luis. Y ahora, con los setenta más que cumplidos, va y se entera que los mismos que te mandaban al infierno por un meneillo al firindulillo, se refocilaban con maestras del Régimen a sotana alzada. Preferían la gloria del sexo a la gloria eterna.

De verdad, mire el improbable lector, no hay derecho a que a un adolescente le embriden su desarrollo sexual con amenazas de eternidad, y a un jubilata septuagenario le saquen en los yutubes una señora a la que admiraba, arrugando banderas. Banderas que, si bien se mira, a lo peor han salido de una fábrica de textiles de Badalona, y entonces la señora Martínez se ha columpiado a modo. O, a lo mejor, son made in China, y entonces la cosa tiene un pasar.

Como quiera que sea, ¡¡Qué país, Miquelarena!!

martes, 22 de agosto de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 4. Faunario político estival.


Hasta este retiro serrano llega la noticia de que un cura cavernario ha culpado a las alcaldesas Ada Colau y Carmena de los atentados terroristas de Barcelona, por rojas y comunistas. 

Lo que me ha hecho recordar que, por razones que no vienen al caso, ya que al improbable lector le tendrían sin cuidado, este jubilata y su santa hemos tenido que pasar unos días en Madrid en pleno ferragosto. Han sido esos días buena ocasión para tomar el pulso, con poca convicción y más que nada por sacudirme de encima la feliz ignorancia canicular, a eso que por estos pagos llamamos “la política”. 

Y lo primero que ha llamado la atención – y no debería, porque es cosa de manual – han sido algunas venezuelas con que los patriotas de guardia han apedreado a “la Carmena”, o sea, a nuestra alcaldesa. Lo de “venezuelas” (así, en plural y sin mayúscula quiere significar el argumentario sacado del libro de instrucciones que el Partido en el Poder consulta cada vez que quiere oponerse en plan torvo – o sea, siempre – a cualquier decisión política que tome el rojerío podemita. 

Pues eso, que choca un tantico eso de que a “la Carmena” la hayan acusado de usar tácticas estalinistas porque se le ha ocurrido la peregrina idea de regalar libros a los recién nacidos, como si quisiera ideologizarlos desde la cuna para que sean buenos marxistas el día de mañana. Ya se sabe, los libros los carga el diablo.

Y, según parece, cuando la alcaldesa se ha enterado de las críticas aviesas, ha esbozado una de esas sonrisas esquinadas que acostumbra, a medio camino entre el desdén y la coña, y se ha preguntado en voz alta hasta dónde llega la necedumbre e ignorancia de algunos paniaguados de la política. Pues, según explica la señora, eso de regalar libros a bebés es detalle que ella ha tomado, no del Maduro bolivariano, sino del alcalde de Nueva York porque el gesto le había parecido muy guay. Aunque la verdad sea dicha, y es cosa sabida por todos, si usted quiere conocer una institución podrida de estalinismo, ahí tiene la alcaldía de New York. Todos ellos comunistoides e infiltrados de Kim Jong-Un en la patria de los guantánamos y las libertades.

A un servidor, que pasó la varicela rojo/progre en su juventud, y es en la actualidad un reaccionario de izquierdas (y gracias) con dos quinquenios de jubilación a sus espaldas, no le parece tan mal eso de que los nenes de teta tengan, junto al pezón materno, un librico. Aunque no sepan leer aún, que se vayan acostumbrando despacito, despacito, a saber que los libros existen. No sea que, el día de mañana, lleguen a presidentes de gobierno y solo lean el Marca. Dicho sea sin señalar al palacio de la Moncloa.

Yo comprendo que eso de los libros, en tan tierna edad, pueda ser demasía y quizás convenga empezar por un sonajero. Pero, tranquilícese el improbable lector, si a un roró le pone Vd. el Libro Rojo de Mao – un suponer – junto al biberón, lo más seguro es que opte por éste antes que por aquél. Y cuando llegue a la adolescencia, estará más interesado en un IPad que en el Gran Salto Adelante maoista o en la estatalización del petróleo bolivariano. 

Ya sería un milagro que, llegado a la edad de este jubilata, se dedicase a leer la Sinapia, esa utopía que habla de una Ispania  a la inversa, donde la propiedad privada está prohibida y todos los actos de la vida están reglamentados; donde el territorio está geometrizado, de forma que no hay ocasión para las catalunyas llures; donde la iglesia y el estado tienen como objetivo que sus súbditos alcancen la felicidad en este mundo y en el otro. Eso sí, con todo reglamentado, racionalizado y sin opción a queja.

Francamente, yo desaconsejaría a “la Carmena” que a un recién nacido le regalase una Sinapia. Las fuerzas vivas se iban a poner como fieras al ver cómo coartaba la libertad de estos tiernos aspirantes al disfrute de la sociedad neoliberal. Pero ya puestos, también le desaconsejaría que regalase ninguno de esos libros de autores a los que se podría denominar socialistas utópicos avant la lettre, del tipo Tomás Moro, con su Utopia, o Tomasso Campanella, con su Ciudad del Sol

Porque, desengañémonos, detrás de cada utópico hay un totalitario que, de entrada, prohíbe la moneda y la propiedad privada; reglamenta  la familia incluso a la hora de copular (los niños son un bien de interés general y no se los puede fabricar a calzón caído); los estamento sociales son rígidos y cada cual cumple una función encaminada al bien social; la libertad de pensamiento se reduce a las doctrinas reconocidas por la autoridad. Y así todo…

Y del Rousseau bienintencionado a Charles Fourier y sus falansterios, o desde Carlos Marx y su Capital, con los trabajadores controlando los medios de producción, hasta Skinner y su Walden Dos (esas absurdas lecturas de juventud), hay libros indigestos que no está bien regalar a un niño de teta. Pero aparte eso, las posibilidades son enormes.

Piénsese, por vía de ejemplo, en todas las historias de la factoría Walt Disney, tan azucaradas y sin malicia, con las que imbuir en la mente de los pequeñuelos la recta inclinación por la libertad de consumo en un mundo feliz. Pero, si no fuese suficiente, siempre quedaría el recurso a una dosis razonable de soma huxelyano en el bibe de los lactantes para hacer de los futuros ciudadanos epsilones bobos, pero satisfechos con su horizonte mental.

¡Mira que regalar libros tendenciosos a los neonatos…! Pero qué ocurrencias las de la alcaldesa. De eso al islamismo radical, un paso.


lunes, 7 de agosto de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 3.- Por amor al arte.

Me gustaría contarle al improbable, o puede que habitual lector, alguna de mis andanzas de curioso veraneante durante estas últimas semanas. Y si se las cuento no es porque las andanzas hayan sido por las veredas y caminos serranos, entre yeguadas y vacadas, arrendajos y rabilargos – de ello habrá otras ocasiones –, sino por los pueblos del valle.

De Rascafría a Oteruelo, pedanía de aquél, hay unos 3 kilómetros por la antigua cañada, hoy camino natural  que recorre el valle hasta el Cuadrón, de cómodo tránsito entre arboleda  y prados. En Oteruelo del Valle, en las antiguas escuelas, cerca de la carretera, existe la Sala Permanente Luis Feito, donde pueden verse expuestas obras del pintor, quien donó 120 de las suyas al municipio en 2004. La asociación Luis Feito, todos voluntarios, responsables de su gestión sin lucro ni interés económico, ha tenido el buen criterio de abrir la sala un par de horas los fines de semana de este mes de julio para que el viajero, veraneante o simple aficionado a los asuntos culturales se acerque por allí y disfrute con su contemplación.

Luis Feito nació aquí en 1929, hijo de una vecina del pueblo y de un oriundo de Mieres que vino a establecerse a estas tierras. Si el lector se ha sentido interesado alguna vez por las vanguardias artísticas en la España del franquismo gris plomo, sabrá que Feito fue uno de los fundadores del grupo El Paso en 1954, junto con Canogar, Juana Francés, Antonio Prieto, Antonio Saura (va dicho de memoria), y algunos otros, que rompieron con la atonía del arte oficial – si es que el franquismo mostró interés en ello – y nos descubrieron otras formas de expresión artística como era la pintura matérica y la expresión de las texturas, o el expresionismo abstracto y otras aberraciones de aquel rojerío progre.

Como la sala es de dimensiones reducidas (la antigua escuela municipal de niñas), suelen montar pequeñas exposiciones con un número limitado de obras que van rotando. En la visita que hizo este jubilata hubo ocasión de ver una colección de grabados donde el color prevalece sobre las formas y es el referente básico de la expresión artística. También había varias serigrafías y uno de los cuadros originales. Llama la atención la existencia de una serie inspirada en la muerte de Julio César, basada en textos de historiadores de la época: “…stella crinita per septem continuos dies fulsit exoriens circa undecimam horam.” (Apareció un cometa siete días seguidos hacia la hora undécima. Suetonio). Amplios trazos de puros colores rojos y negros que se entrecruzan, aludiendo a la sangre derramada y el sufrimiento por la muerte violenta.

Charlé un rato con el voluntario que abrió aquel día, quien me dijo que no disponen de ayudas económicas y que todo el trabajo de la asociación es por puros motivos culturales. También me dijo que ellos ofrecen la posibilidad de que se exhiban los fondos en aquellas instituciones o museos que quieran hacerse cargo del embalado, traslado y seguros de transporte, pues su falta de recursos no les permite más. 

Y fue él quien me puso en contacto con la Fundación Meirat, en Lozoya del Valle, a 10 kilómetros de Rascafría. Un taller artesanal de fabricación de papel a partir de fibras naturales de lino, según las tradiciones de siglos anteriores al invento del papel mecánico que utilizamos en nuestras publicaciones actuales, tan saturado de lignina y componentes ácidos.

La visita al taller que hicimos la santa y yo colmó las expectativas. Augusto, su propietario y director de la fundación, nos mostró el proceso de elaboración, desde el mezclado de fibra de lino, agua y aglutinantes naturales, hasta la formación de las láminas de papel en formetas que, por su tamaño, se manipulan mediante una pequeña grúa, su apilado entre remails para que descarguen el agua, y posterior prensado. Es papel es neutro, de grueso gramaje, de un blanco impoluto, que se utiliza en bellas artes, tanto para acuarela como acrílicos, impresión, grabado…

Esta fundación, entre otras actividades, se ocupa de la recopilación de conocimientos de la fabricación del papel artesanal en cualquier lugar del mundo, con independencia de la cultura, los sistemas de producción, las tradiciones empleadas. Y como curiosidad: tiene en su haber el record de fabricación del papel a mano más largo del mundo. Fue en la plaza Mayor de Madrid, en 2016, con la colaboración de vecinos del Valle de Lozoya y los alumnos del Instituto San Isidro.

En Alameda del Valle, a un kilómetro de Oteruelo, una antigua herrería que hoy está dedicada a la forja artística, situada entre la parte posterior de la iglesia y el río. Allí, Ricardo es ya la tercera generación que se dedica a trabajar el hierro con ayuda de una fragua con su fuelle accionado a mano, que construyo el herrero a principios del S. XX. La verdad es que me colé en la herrería por pura curiosidad, porque paso a menudo por delante y veo las muestras que tiene en la fachada. Ricardo me dejó curiosear y hacer fotos, me enseñó el documento administrativo que autorizaba la apertura del negocio en 1913, algunos certificados de sus exposiciones en tierra mexicanas, y otros países de la América Central. 

Me dijo que le habían sacado varias veces en los papeles: El País, El Mundo, en la tele… Además, da cursos de forja los fines de semana a los que acude gente de toda España. Me mostró orgulloso la dedicatoria autógrafa del libro de Julio Vías, quien le dedica un capítulo en su obra Sierra de Guadarrama, viejos oficios para la memoria. Tenía allí el hombre una cama con adornos de forja, con su buen baldaquino, que me animó a comprarle, pero un servidor es veraneante de paso (como las cigüeñas) y el piso nuestro madrileño no da para tales ostentaciones.

Y si el curioso paseante se acerca al monasterio de El Paular estos meses de verano, podrá disfrutar de ARTIS, una muestra de arte actual en las antiguas celdas monacales. Tendrá ocasión de departir con los artistas, muchos de ellos vinculados al valle, y sabrá que el arte es una actividad que se desarrolla en nuestro entorno, sin que nos percibamos de ella, necesitada de un espacio donde hacerse presente. 

La santa y yo asistimos a una breve exposición que hizo Juan Ramón Martín, arquitecto de formación y escultor vocacional, quien emplea el hierro como materia con la que expresar los contrastes entre peso y levedad. Los profanos allí presentes tratamos de comprender cómo la masa es  capaz de transmitir emotividad, y para ello nos puso el parangón del toro-masa-amenaza, frente a impala-levedad-huida. El volumen reducido a formas esquemáticas nos hizo recordar la abstracción que podemos ver ya en los objetos paleolíticos, en un largo trazo en el tiempo que nos une a nuestros antepasados. Y, para refrescarnos la memoria, ahí cerca, en Pinilla del Valle, pueden verse las excavaciones arqueológicas de nuestros parientes neandertales.

A lo mejor, alguien puede sorprenderse de que en plena canícula veraniega el jubilata se encuentre con actividades que solemos llamar “culturales”, cuando lo oportuno y que de verdad presta en estos días de pertinaz insolación, es tumbarse panza arriba en el césped de la piscina, practicar la barbacoa de chuletitas y panceta, o filosofar sobre las cosas del fútbol con la cervecita helada en una charla distendida en la terraza del bar. Pero si el torero se sorprendía de que hubiese “gente pa tó” – incluso filósofos –, que el lector de esta bitácora no se sorprenda si este jubilata, en sus andanzas, encuentra gente que hace cosas por amor al arte.

El valle es acogedor y da cabida a todo quisque. A saber: al veraneante ocioso en su jugo agosteño; al caminante huidizo de multitudes por entre robledos o pinares; a la chavalería que enmarrana el cauce del Artiñuelo con toda clase de envases (por lo que parece, nadie las habló de que el principio básico de la ecología es usar las papeleras); al pequeño negocio de vender grasas suculentas en forma de kebab y “salchipapas” junto al cine de verano; a los grupos familiares de ciclistas que pedalean por los caminos (familia que pedalea unida, permanece unida); a la congregación de jubilados que, con fe y buen paso, hace cada mañana tempranito la ruta del colesterol Rascafría – El Paular aller-retour…

Y si todo lo anterior puede parecerle rutinario y el lector es un espíritu fuerte, amante de experiencias fuera de lo común, en el monasterio de El Paular, por lo leído estos días atrás en algún anuncio, se imparten cursos de coaching espiritual. Queda garantizado el subidón…