miércoles, 11 de octubre de 2017

Catalonya, ni contigo ni sin tí.-


Cuando este jubilata se sienta ante el ordenador, dispuesto a escribir una entrada en su bitácora, siempre tiene un recuerdo para sus lectores improbables, ocasionales o habituales. Es una cuestión de empatía y de estrategia. Un servidor quiere sintonizar con sus lectores y está dispuesto a vender su alma al diablo por conseguirlo, siguiendo la doctrina marxista (facción Groucho) de que se deben cambiar los más sólidos principios en función de los gustos de la clientela. Y, según soplan los aires patrios de encontrado signo, los gustos del personal van por la profusión de banderas que tremolan al viento por las calles de nuestras ciudades y por las tripas de sus ciudadanos.

Mal que nos pese, vivimos tiempos revueltos en los que las aguas políticas y los sentimientos nacionalistas bajan turbios en el reino de Celtiberia Profunda y en la república del Catalanistán Exterior. No así, afortunadamente, en el shangri-la de Equidistán, donde sus felices moradores pasamos el día tocando el arpa y entonando cánticos de alabanza a nuestros dioses tutelares. Aburrido – dirá el improbable lector – lo de tanta loa y arpegio pacifista. Sí, pero al menos evitamos que nos arreen un banderazo si no opinamos a gusto de todos.

Algunos suponíamos que, tras la declaración de independencia (que al final ha sido sí, pero ya veremos; sin prisa pero sin pausa…), las banderas, banderías, banderizos y abanderados volverían a sus cuarteles de invierno y esto sería un mar en calma. Pero, a lo que se ve, al montañas nevadas, banderas al viento, que cantábamos en la escuela pública, todavía le queda un largo recorrido. Algunos creíamos que, por fin, podríamos sacar el pasaporte y el preceptivo visado para conocer Palafrugell, pongamos por caso, y nos sentimos decepcionados. Sobre todo, porque el Sr. Puigdemont ha roto el encanto de convertir su república del lejano Catalanistán en un destino exótico, tipo Turquía, Irán, Georgia o Armenia, países que he visitado estos últimos años.

Viñeta en L´Express de esta semana. Así nos ven.
De verdad, algunos con espíritu viajero y admiradores del folclore local tipo bou de foc, nos quedaremos con las ganas de visitar esa jovencísima república con la muchachada de la CUP controlando el tráfico aéreo catalán desde la torre de control del Prat, o montando corralitos con las cartillas de ahorros de los pensionistas. O, según genial anticipación de nuestro Tomás Serrano, imprimiendo el dinero en la impresora que Rufián llevó al Congreso de los Diputados en cierta ocasión. Pero no, según ve la cosa un servidor, todavía tendremos para rato con el marcial Mambrú se fue a la guerra de días pasados o el Santiago y cierra España que sonaban a ambos lados de la trinchera, mientras que algunos seguiremos viviendo en la aburrida Equidistán donde nunca pasa nada. Y sin poder usar el pasaporte en la divisoria del Ebro.

Menos mal que el folclore patrio sigue dándonos momentos de gran espectáculo, como cuando el Sr. Vergas Llosa, en plan agitprop, blanca melena al viento, lanzaba soflamas centrípetas y apocalípticas advertencias contra el centrifuguismo que nos corroe. Aunque siempre habrá desconfiados ciudadanos con el morro torcido por culpa de estos excesos de fervor patriótico que se les pone a los privilegiados cuando se dan baños de multitudes. Y eso - hay que reconocérselo - sin hacerle ascos a ese olor a sobaquina de manada que tiene el gentío.

Porque, cuando los ricos se ponen patrióticos y abandonan su palacete en la Moraleja, o vienen desde París en su deportivo, como Álvaro de Marichalar; cuando, en fin, los privilegiados del sistema sacan su patriotismo a pasear, es que el reparto de beneficios ha dejado de ser asimétrico a su favor, el chiringuito corre cierto peligro de redistribución con nuevos comensales pidiendo parte del pastel, y hay que apuntalarlo con el esfuerzo de todos. Incluidas, especialmente, las masas fervorosas a las que, previamente, se les han ordeñado las rentas sociales y derechos ciudadanos para sanear bancos putrefactos, se les ha metido doblada con lo del rescate de autopistas ruinosas, aparte algunas gürteles de propina y otras menudencias que resultan ya imposibles de recordar.

Ven a Equidistán, hermano. No necesitarás pasaporte, ni bandera, ni unidad de destino en lo universal, ni nadie te esquilmará las rentas del trabajo o te arengará desde su localismo patriótico, ni tendrás que defender las sedes (aquí o allá) de los bancos o del IBEX 35. Podrás ser feliz y desocupado, y no tendrás que tragarte anuncios en la tele entre interminables debate y logomaquias.

Parafraseando a aquel personaje de Marquina: Equidistán y yo somos así, señora.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

A resguardo de la bronca política (Si puede ser)


Haga lo que yo: no se meta en política”, me recomienda un comunicante, y por lo que se ve, lector frecuente de mi bitácora. Consejo que, por otra parte, ya le dio el Invicto Bahamonde a uno de sus ministros. Debería haberle hecho caso. A mi comunicante, digo. 

Sepa el improbable lector que se me ocurrió – aparte las anteriores entradas sobre este asunto en mi bitácora – colgar una nota en el Facebook ese preguntando que si los que no estábamos llamados al autoproclamado referéndum catalán éramos ciudadanos de segunda. Respuesta inmediata de un quídam: los fachas sois ciudadanos de tercera. Mi comunicante y el dictador tenían razón: quién coños me mandaba meterme en esos tiberios y turbamultas donde todo se resuelve a pura bronca y navajazo ideológico.

Por eso, como un servidor tiene ya una edad y no está para perder su tiempo intentando razonar con cafres centrífugas o centrípetas, he decidido cerrar las fronteras de la república independiente de mi casa y ver desde la ventana lo que se cuece en el ruedo ibérico. Porque, de lo que sí podemos estar seguros es de que, suceda lo que suceda estos días, saldrá un largo memorial de agravios y un martirologio patriótico a ambos lados del Ebro, de los que podríamos hablar cualquier otro día, si al improbable lector no le aburre darle vueltas a esta noria sin caudal.

Cuando uno no quiere, dos no conviven, así que estamos asistiendo a las broncas previas al divorcio a cara de perro, o al matrimonio sacramentado hasta que la muerte nos separe. Lo que resulta un sinvivir con sus odios soterrados. La segunda opción, la verdad, da repelús; y si la primera se consuma, haga usted el favor de apagar la luz, cerrar la puerta y devolvernos la llave antes de irse, y tanta paz lleve como descanso deja. 

Y no se hable más del asunto, y si se habla, hagamos lo que el inquilino de la Moncloa cuando le preguntan sobre asuntos incómodos: Esa persona de la que usted me habla. Así que no lloraremos ausencias. Pero si alguno se pone sentimental, recuerde la canción de Joan Manuel Serrat: Qué va a ser de ti lejos de casa. Nena, qué va a ser de ti. Lo que sea el futuro, ya lo veremos cuando esté presente. Lo que ha sido el pasado, con no ser actual, pesa y enturbia el presente. Uno y otro son un lastre para vivir el ahora.

Leía el otro día en L´Express una entrevista a Luc Ferry, antiguo ministro de Educación con Jacques Chirac, en la que decía que pesan dos males sobre el ser humano: el pasado y el futuro; la nostalgia y la esperanza, que nos impiden habitar el presente. Un servidor está en el presente abismado en “horas abismáticas”, como decía Unamuno. Esas horas en que uno se separa del trato con sus semejantes, del ruido de las ideologías, y cae en la realidad de sí mismo. A lo mejor no nos vendrían mal a todos disfrutar de algunas “horas abismáticas” para aislarnos del ruido de patrias enfrentadas y de la bronca que se encrespa a cada día y así conocer la realidad de cada cual por dentro. Que cada quisque se palpe la ropa.

Metafísico estás, le dijo Babieca a Rocinante en aquel soneto bastante mediocre de Cervantes. Es que no como, respondió, movido por la gazuza, Rocinante a Babieca: por lo que se ve, no era más que metafísica de pesebre. La necesidad hace de un rocín un filósofo y del pesebre metafísica... o patriotismo. Y de un bloguero provecto, un desengañado que se abisma.

Con permiso del improbable lector, no hablaré más de este asunto, al menos por esta vez, que tengo lecturas pendientes. A lo mejor le parece cosa de ociosos y despreocupados de la urgente realidad que nos agobia, pero este jubilata está muy interesado en Urbs Roma, vida y costumbres de los romanos; La vida privada. 

El lector descubre que no eran tan diferentes a nosotros. Que también seguían las modas de los peinados, los perfumes, las ropas; que también las mujeres se ponían tufos y extensiones en el pelo, y se lo teñían. Y que los niñatos de buena familia se cuidaban mucho de los rizos en la cabeza o los cortes de pelo a la moda. Y que había moralistas que criticaban las costumbres relajadas y la pérdida de las tradiciones. “También los hombres saben hacer sus embustes, saben atusarse la barba, entresacarla, ordenar el cabello, componerlo y dar color a las canas….” Eso decía Tertuliano, un padre de la Iglesia a caballo entre los siglos II y III.

En fin, he titulado esta entrada “A resguardo de la bronca política” porque quería quedarme al margen, pero no estoy tan seguro de que se me consienta, después de haberlo sacado otra vez a colación. Pero no importa. Siempre habrá un roto identitario para un zurcido nacionalista y una palabra desabrida para una opinión no compartida. Como dijo José Antonio Labordeta - con perdón -, en memorable ocasión en el Congreso de los Diputados: ¡A la mierda!

lunes, 18 de septiembre de 2017

Refrendos autocumplidos.-

A la espera de que escampe ese referendo contra don Mariano el Inflexible, que quieren celebrar los catalanes estelados el día 1 de octubre, y habida cuenta que cuarenta mil millones de euros irrecuperables del rescate bancario son una minucia para el pueblo soberano frente a las papeletas fotocopiadas del Oc cataloccitano, este jubilata había decidido ocuparse de asuntos más serios. Claro que no siempre lo consigue. Sin ir más lejos, un amigo que se ha ido a vivir a Colombia, preguntaba ayer por el wasap ese: ¿Qué tal vais? Y un servidor, que a veces no logra controlar el subconsciente, el inconsciente y la oportunidad de estar callado, va y responde: Aquí, con la joda del referéndum catalanista, que parece que no haya cosa de más interés.

Mal, muy mal - dirá algún improbable lector -, un error. Y no le faltará razón; más teniendo en cuenta que de los escasos lectores de esta bitácora, unos opinarán que sí, otro que no, como la canción de la Tarara, y los quejosos se borrarán de leer opiniones más viscerales que meditadas. Aunque, en descargo de un servidor, diré que no se me deberían tomar en cuenta, ya que en estos asuntos de política el apasionamiento es lo habitual, o el hastío, como es el caso de este jubilata. Aparte que, opine lo que opine desde esta bitácora, cada uno tiene ya su idea formada. Y una opinión más, por mucho que esté en letra de molde, no va a cambiar un ápice el sentir de cada cual.

Tal como la canción de la Tarara sí, la Tarara no: y tiene la Tarara un higo en el culo, acudid muchachos que ya está maduro. El higo del referéndum parece que va madurando, manoseado por constitucionalistas, nacionalistas (españolistas / catalanistas), tertulianos, debatidores de asuntos de rabiosa actualidad, insultones y matones anónimos en redes sociales, se dicentes defensores de la libertad a decidir, doctorales intérpretes de los recovecos de la legalidad, líricos cantores de la libertad de los pueblos con trémolos patrióticos de vario signo, opinadores de barra de bar y blogueros mal informados y peor expresados… Y otros muchos especímenes que ahora no logro recordar, pero todos pendientes del higo refrendario que en salva parte va madurando la Tarara.

Que sea para bien, es lo que hace falta.

Aquí otro equidistante.
Y de verdad, no nos preocupemos más de esos irrecuperables cuarenta y pico mil millones de euros que nuestro gobierno se ha gastado en el rescate, no de los bancos sino de sus dueños, como he leído por ahí. Que haya sido a costa de la sanidad pública, de la educación pública, de la estabilidad de los pensionistas, de las ayudas a nuestros más desfavorecidos socialmente, de eso que llamábamos en tiempos “justicia social”, qué más da. En fin, tampoco es asunto para preocupar ante la urgencia de la apuesta del todo o nada de los independentistas. Ya se sabe: Oigo, Patria, tu aflicción…, aflicción que no deja oír la voz queda de los derrotados del sistema, que tampoco deben ser tantos, coño. Quien no tenga un trabajo estacional de 700 euros y 10 horas diarias que se deje de milongas lastimeras y acuda a la ministra Báñez a que le explique eso de la primavera del empleo. Entre ella y la virgen del Rocío, seguro que harán milagros.

A quién puede importarle semejante minucia ante cuestiones de lesa patria a golpe de papelas fotocopiadas y movimientos de masas disciplinadas, embanderadas, gritando consignas e ideológicamente uniformadas, que hacen recordar los años treinta del siglo pasado. Solo que ahora - eso que hemos ganado en el espectáculo – no con camisas grises o pardas o azules, sino de colorines festivos, que parece que van de verbena y no de secesión.

Pero, lo dicho: que sea para bien. Y a quien Dios se la dé, san Pedro se la Bendiga.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Sancta simplicitas.


De verdad se lo digo al improbable lector: los de mi generación, contra Franco vivíamos mejor. Eran tiempos en que no había matices que confundieran el campo en el que militábamos: todo era o blanco anifranquista o gris antidisturbios. Hasta aquel aciago día en que al Invicto, como decía Francisco Umbral, lo matamos de muerte natural. Entonces, desde el otro lado de los Pirineos nos llegó la Democracia, esa tía estupenda, con las tetas al aire, como la Marianne de Delacroix, que nos prometía libertad y birra para todos.

Fue como lo del destape, que ya no había que ir a Biarritz o a Perpiñán a ver carne fresca. Fue como traernos L´Histoire d´O al salón de casa. La democracia nos trajo la libertad, el libertinaje (según los timoratos), la gosadera de entrepierna sin pasar después por el confesionario…, y muchas complicaciones añadidas. La cosa dejó de ser simple. Ahora resultaba que tan demócratas eran los viejos franquistas, recauchutados en Alianza Popular gracias a Fraga, como los rojos del PCE,vendidos al oro de Moscú y dirigidos por un Santiago Carrillo ya sin peluca. Nosotros, jóvenes doctrinos, aprendíamos a ser demócratas con más fe que ciencia, y todo el campo nos parecía orégano.

Ahora que uno anda por las últimas revueltas del camino, descubre que democracia es un término – dicho sin ánimo de ofender al gremio de las respetuosas – más manoseado que una puta barata e indocumentada. Descubre que se reclaman de democracia tanto el gobierno español, que exige el cumplimiento de la legalidad vigente, como el de la generalidad catalana, que exige su santo derecho a convocar referendos independentistas en nombre del Volksgeist payés. Y el jubilata ejerce (a la fuerza) de espectador perplejo, sin saber dónde posar su cansado escepticismo; observa, lee aquí y allá, se hace preguntas que no sabe responder, y se pierde en un mar bronco de acusaciones, bravatas patrióticas, descalificaciones, sobradas de insultos y menguadas de sensatez.

Sancta simplicitas! Dichosa simpleza de espíritu: eso decía aquel teólogo al que la Santa Inquisición quemaba en la hoguera, por herético, al ver cómo una viejecita iba echando ramitas a la pira para redimirle con el fuego purificador. Sancta simplicitas!, pensaba este jubilata, al ver en los youtubes esos, cómo una viejecita de pelos entrecanos, renqueando por entre los escaños del parlamento catalán, iba a la rebatiña de las nefandas enseñas rojigualdas, abandonadas allí por las huestes del PePé en su retirada patriótica. También ella, según parece, en su feliz simplicidad, quería purificar de españolidad tan noble institución.

Pero, eso, al jubilata perplejo le deja lánguido y como desmadejado cuando se entera que la viejecita tiene nombre, y que ese nombre es Angels Martínez Castells, a quien conoció a través de alguna conferencia y de los libros colectivos Reacciona  y Actúa, y a la que, desde entonces, tuvo en  un alto concepto por su valía intelectual y su compromiso social. Verla militando en una nueva guerra de banderas me ha producido desazón y lástima. Uno, una persona de su valía, no debería culminar un currículo como el suyo desautorizando una trayectoria intelectual con esa vulgaridad de atropar unos trapos de colorines, en plan venganza de don Mendo.

Pero cuando uno tiene un currículo vital tan longevo como el mío, debe contar con la acumulación de desengaños. Solo que se me están acumulando en estos últimos meses, y casi no me da tiempo a digerirlos. Desengaños que, en bucle, comienzan por la pubertad y terminan en la vejez (bien llevada, eso sí). 

Ante la decepción de ver a la señora Martínez Castells en plena rebatiña de rojigualdas en vez de razonando argumentos, me ha venido a la memoria otra gran decepción que he sufrido este verano. Y fue que el herrero de Alameda me contó que, siendo él joven, el padre Beda preñó a una maestra de la Sección Femenina, que ejercía en el colegio San Benito. Que un monje empreñe a una maestra de falange en pleno franquismo es de esperpento. Pero la cosa, en lo que al niño que fui atañe, no tiene maldita la gracia. El padre Beda fue profesor mío de latín, o de literatura, creo recordar. 

Y entre los musa-musae, la cosa incipiente del sexo adolescente era un tabú que se castigaba con las penas del infierno, y los monjes nos acojonaban con las calderas de Pedro Botero. Y el niño-adolescente era inocente, y se lo creía, y pasaba las de Caín para ser más casto que un San Luis. Y ahora, con los setenta más que cumplidos, va y se entera que los mismos que te mandaban al infierno por un meneillo al firindulillo, se refocilaban con maestras del Régimen a sotana alzada. Preferían la gloria del sexo a la gloria eterna.

De verdad, mire el improbable lector, no hay derecho a que a un adolescente le embriden su desarrollo sexual con amenazas de eternidad, y a un jubilata septuagenario le saquen en los yutubes una señora a la que admiraba, arrugando banderas. Banderas que, si bien se mira, a lo peor han salido de una fábrica de textiles de Badalona, y entonces la señora Martínez se ha columpiado a modo. O, a lo mejor, son made in China, y entonces la cosa tiene un pasar.

Como quiera que sea, ¡¡Qué país, Miquelarena!!

martes, 22 de agosto de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 4. Faunario político estival.


Hasta este retiro serrano llega la noticia de que un cura cavernario ha culpado a las alcaldesas Ada Colau y Carmena de los atentados terroristas de Barcelona, por rojas y comunistas. 

Lo que me ha hecho recordar que, por razones que no vienen al caso, ya que al improbable lector le tendrían sin cuidado, este jubilata y su santa hemos tenido que pasar unos días en Madrid en pleno ferragosto. Han sido esos días buena ocasión para tomar el pulso, con poca convicción y más que nada por sacudirme de encima la feliz ignorancia canicular, a eso que por estos pagos llamamos “la política”. 

Y lo primero que ha llamado la atención – y no debería, porque es cosa de manual – han sido algunas venezuelas con que los patriotas de guardia han apedreado a “la Carmena”, o sea, a nuestra alcaldesa. Lo de “venezuelas” (así, en plural y sin mayúscula quiere significar el argumentario sacado del libro de instrucciones que el Partido en el Poder consulta cada vez que quiere oponerse en plan torvo – o sea, siempre – a cualquier decisión política que tome el rojerío podemita. 

Pues eso, que choca un tantico eso de que a “la Carmena” la hayan acusado de usar tácticas estalinistas porque se le ha ocurrido la peregrina idea de regalar libros a los recién nacidos, como si quisiera ideologizarlos desde la cuna para que sean buenos marxistas el día de mañana. Ya se sabe, los libros los carga el diablo.

Y, según parece, cuando la alcaldesa se ha enterado de las críticas aviesas, ha esbozado una de esas sonrisas esquinadas que acostumbra, a medio camino entre el desdén y la coña, y se ha preguntado en voz alta hasta dónde llega la necedumbre e ignorancia de algunos paniaguados de la política. Pues, según explica la señora, eso de regalar libros a bebés es detalle que ella ha tomado, no del Maduro bolivariano, sino del alcalde de Nueva York porque el gesto le había parecido muy guay. Aunque la verdad sea dicha, y es cosa sabida por todos, si usted quiere conocer una institución podrida de estalinismo, ahí tiene la alcaldía de New York. Todos ellos comunistoides e infiltrados de Kim Jong-Un en la patria de los guantánamos y las libertades.

A un servidor, que pasó la varicela rojo/progre en su juventud, y es en la actualidad un reaccionario de izquierdas (y gracias) con dos quinquenios de jubilación a sus espaldas, no le parece tan mal eso de que los nenes de teta tengan, junto al pezón materno, un librico. Aunque no sepan leer aún, que se vayan acostumbrando despacito, despacito, a saber que los libros existen. No sea que, el día de mañana, lleguen a presidentes de gobierno y solo lean el Marca. Dicho sea sin señalar al palacio de la Moncloa.

Yo comprendo que eso de los libros, en tan tierna edad, pueda ser demasía y quizás convenga empezar por un sonajero. Pero, tranquilícese el improbable lector, si a un roró le pone Vd. el Libro Rojo de Mao – un suponer – junto al biberón, lo más seguro es que opte por éste antes que por aquél. Y cuando llegue a la adolescencia, estará más interesado en un IPad que en el Gran Salto Adelante maoista o en la estatalización del petróleo bolivariano. 

Ya sería un milagro que, llegado a la edad de este jubilata, se dedicase a leer la Sinapia, esa utopía que habla de una Ispania  a la inversa, donde la propiedad privada está prohibida y todos los actos de la vida están reglamentados; donde el territorio está geometrizado, de forma que no hay ocasión para las catalunyas llures; donde la iglesia y el estado tienen como objetivo que sus súbditos alcancen la felicidad en este mundo y en el otro. Eso sí, con todo reglamentado, racionalizado y sin opción a queja.

Francamente, yo desaconsejaría a “la Carmena” que a un recién nacido le regalase una Sinapia. Las fuerzas vivas se iban a poner como fieras al ver cómo coartaba la libertad de estos tiernos aspirantes al disfrute de la sociedad neoliberal. Pero ya puestos, también le desaconsejaría que regalase ninguno de esos libros de autores a los que se podría denominar socialistas utópicos avant la lettre, del tipo Tomás Moro, con su Utopia, o Tomasso Campanella, con su Ciudad del Sol

Porque, desengañémonos, detrás de cada utópico hay un totalitario que, de entrada, prohíbe la moneda y la propiedad privada; reglamenta  la familia incluso a la hora de copular (los niños son un bien de interés general y no se los puede fabricar a calzón caído); los estamento sociales son rígidos y cada cual cumple una función encaminada al bien social; la libertad de pensamiento se reduce a las doctrinas reconocidas por la autoridad. Y así todo…

Y del Rousseau bienintencionado a Charles Fourier y sus falansterios, o desde Carlos Marx y su Capital, con los trabajadores controlando los medios de producción, hasta Skinner y su Walden Dos (esas absurdas lecturas de juventud), hay libros indigestos que no está bien regalar a un niño de teta. Pero aparte eso, las posibilidades son enormes.

Piénsese, por vía de ejemplo, en todas las historias de la factoría Walt Disney, tan azucaradas y sin malicia, con las que imbuir en la mente de los pequeñuelos la recta inclinación por la libertad de consumo en un mundo feliz. Pero, si no fuese suficiente, siempre quedaría el recurso a una dosis razonable de soma huxelyano en el bibe de los lactantes para hacer de los futuros ciudadanos epsilones bobos, pero satisfechos con su horizonte mental.

¡Mira que regalar libros tendenciosos a los neonatos…! Pero qué ocurrencias las de la alcaldesa. De eso al islamismo radical, un paso.


lunes, 7 de agosto de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 3.- Por amor al arte.

Me gustaría contarle al improbable, o puede que habitual lector, alguna de mis andanzas de curioso veraneante durante estas últimas semanas. Y si se las cuento no es porque las andanzas hayan sido por las veredas y caminos serranos, entre yeguadas y vacadas, arrendajos y rabilargos – de ello habrá otras ocasiones –, sino por los pueblos del valle.

De Rascafría a Oteruelo, pedanía de aquél, hay unos 3 kilómetros por la antigua cañada, hoy camino natural  que recorre el valle hasta el Cuadrón, de cómodo tránsito entre arboleda  y prados. En Oteruelo del Valle, en las antiguas escuelas, cerca de la carretera, existe la Sala Permanente Luis Feito, donde pueden verse expuestas obras del pintor, quien donó 120 de las suyas al municipio en 2004. La asociación Luis Feito, todos voluntarios, responsables de su gestión sin lucro ni interés económico, ha tenido el buen criterio de abrir la sala un par de horas los fines de semana de este mes de julio para que el viajero, veraneante o simple aficionado a los asuntos culturales se acerque por allí y disfrute con su contemplación.

Luis Feito nació aquí en 1929, hijo de una vecina del pueblo y de un oriundo de Mieres que vino a establecerse a estas tierras. Si el lector se ha sentido interesado alguna vez por las vanguardias artísticas en la España del franquismo gris plomo, sabrá que Feito fue uno de los fundadores del grupo El Paso en 1954, junto con Canogar, Juana Francés, Antonio Prieto, Antonio Saura (va dicho de memoria), y algunos otros, que rompieron con la atonía del arte oficial – si es que el franquismo mostró interés en ello – y nos descubrieron otras formas de expresión artística como era la pintura matérica y la expresión de las texturas, o el expresionismo abstracto y otras aberraciones de aquel rojerío progre.

Como la sala es de dimensiones reducidas (la antigua escuela municipal de niñas), suelen montar pequeñas exposiciones con un número limitado de obras que van rotando. En la visita que hizo este jubilata hubo ocasión de ver una colección de grabados donde el color prevalece sobre las formas y es el referente básico de la expresión artística. También había varias serigrafías y uno de los cuadros originales. Llama la atención la existencia de una serie inspirada en la muerte de Julio César, basada en textos de historiadores de la época: “…stella crinita per septem continuos dies fulsit exoriens circa undecimam horam.” (Apareció un cometa siete días seguidos hacia la hora undécima. Suetonio). Amplios trazos de puros colores rojos y negros que se entrecruzan, aludiendo a la sangre derramada y el sufrimiento por la muerte violenta.

Charlé un rato con el voluntario que abrió aquel día, quien me dijo que no disponen de ayudas económicas y que todo el trabajo de la asociación es por puros motivos culturales. También me dijo que ellos ofrecen la posibilidad de que se exhiban los fondos en aquellas instituciones o museos que quieran hacerse cargo del embalado, traslado y seguros de transporte, pues su falta de recursos no les permite más. 

Y fue él quien me puso en contacto con la Fundación Meirat, en Lozoya del Valle, a 10 kilómetros de Rascafría. Un taller artesanal de fabricación de papel a partir de fibras naturales de lino, según las tradiciones de siglos anteriores al invento del papel mecánico que utilizamos en nuestras publicaciones actuales, tan saturado de lignina y componentes ácidos.

La visita al taller que hicimos la santa y yo colmó las expectativas. Augusto, su propietario y director de la fundación, nos mostró el proceso de elaboración, desde el mezclado de fibra de lino, agua y aglutinantes naturales, hasta la formación de las láminas de papel en formetas que, por su tamaño, se manipulan mediante una pequeña grúa, su apilado entre remails para que descarguen el agua, y posterior prensado. Es papel es neutro, de grueso gramaje, de un blanco impoluto, que se utiliza en bellas artes, tanto para acuarela como acrílicos, impresión, grabado…

Esta fundación, entre otras actividades, se ocupa de la recopilación de conocimientos de la fabricación del papel artesanal en cualquier lugar del mundo, con independencia de la cultura, los sistemas de producción, las tradiciones empleadas. Y como curiosidad: tiene en su haber el record de fabricación del papel a mano más largo del mundo. Fue en la plaza Mayor de Madrid, en 2016, con la colaboración de vecinos del Valle de Lozoya y los alumnos del Instituto San Isidro.

En Alameda del Valle, a un kilómetro de Oteruelo, una antigua herrería que hoy está dedicada a la forja artística, situada entre la parte posterior de la iglesia y el río. Allí, Ricardo es ya la tercera generación que se dedica a trabajar el hierro con ayuda de una fragua con su fuelle accionado a mano, que construyo el herrero a principios del S. XX. La verdad es que me colé en la herrería por pura curiosidad, porque paso a menudo por delante y veo las muestras que tiene en la fachada. Ricardo me dejó curiosear y hacer fotos, me enseñó el documento administrativo que autorizaba la apertura del negocio en 1913, algunos certificados de sus exposiciones en tierra mexicanas, y otros países de la América Central. 

Me dijo que le habían sacado varias veces en los papeles: El País, El Mundo, en la tele… Además, da cursos de forja los fines de semana a los que acude gente de toda España. Me mostró orgulloso la dedicatoria autógrafa del libro de Julio Vías, quien le dedica un capítulo en su obra Sierra de Guadarrama, viejos oficios para la memoria. Tenía allí el hombre una cama con adornos de forja, con su buen baldaquino, que me animó a comprarle, pero un servidor es veraneante de paso (como las cigüeñas) y el piso nuestro madrileño no da para tales ostentaciones.

Y si el curioso paseante se acerca al monasterio de El Paular estos meses de verano, podrá disfrutar de ARTIS, una muestra de arte actual en las antiguas celdas monacales. Tendrá ocasión de departir con los artistas, muchos de ellos vinculados al valle, y sabrá que el arte es una actividad que se desarrolla en nuestro entorno, sin que nos percibamos de ella, necesitada de un espacio donde hacerse presente. 

La santa y yo asistimos a una breve exposición que hizo Juan Ramón Martín, arquitecto de formación y escultor vocacional, quien emplea el hierro como materia con la que expresar los contrastes entre peso y levedad. Los profanos allí presentes tratamos de comprender cómo la masa es  capaz de transmitir emotividad, y para ello nos puso el parangón del toro-masa-amenaza, frente a impala-levedad-huida. El volumen reducido a formas esquemáticas nos hizo recordar la abstracción que podemos ver ya en los objetos paleolíticos, en un largo trazo en el tiempo que nos une a nuestros antepasados. Y, para refrescarnos la memoria, ahí cerca, en Pinilla del Valle, pueden verse las excavaciones arqueológicas de nuestros parientes neandertales.

A lo mejor, alguien puede sorprenderse de que en plena canícula veraniega el jubilata se encuentre con actividades que solemos llamar “culturales”, cuando lo oportuno y que de verdad presta en estos días de pertinaz insolación, es tumbarse panza arriba en el césped de la piscina, practicar la barbacoa de chuletitas y panceta, o filosofar sobre las cosas del fútbol con la cervecita helada en una charla distendida en la terraza del bar. Pero si el torero se sorprendía de que hubiese “gente pa tó” – incluso filósofos –, que el lector de esta bitácora no se sorprenda si este jubilata, en sus andanzas, encuentra gente que hace cosas por amor al arte.

El valle es acogedor y da cabida a todo quisque. A saber: al veraneante ocioso en su jugo agosteño; al caminante huidizo de multitudes por entre robledos o pinares; a la chavalería que enmarrana el cauce del Artiñuelo con toda clase de envases (por lo que parece, nadie las habló de que el principio básico de la ecología es usar las papeleras); al pequeño negocio de vender grasas suculentas en forma de kebab y “salchipapas” junto al cine de verano; a los grupos familiares de ciclistas que pedalean por los caminos (familia que pedalea unida, permanece unida); a la congregación de jubilados que, con fe y buen paso, hace cada mañana tempranito la ruta del colesterol Rascafría – El Paular aller-retour…

Y si todo lo anterior puede parecerle rutinario y el lector es un espíritu fuerte, amante de experiencias fuera de lo común, en el monasterio de El Paular, por lo leído estos días atrás en algún anuncio, se imparten cursos de coaching espiritual. Queda garantizado el subidón…


viernes, 21 de julio de 2017

Crónicas veraniegas e intranscendentes, 2.- callejear y oservar


Este jubilata, en su papel de cronista de nimiedades veraniegas, ha tenido la ocurrencia de levantar la vista cuando callejeaba por el pueblo y ha caído en la cuenta de que Rascafría es población donde convive y se amalgama un caserío dispar e incongruente, que engloba desde las típicas construcciones serranas – a veces abandonadas, semirruinosas, a veces rehabilitadas con dudoso criterio, pero siempre en franco retroceso – hasta las urbanizaciones de chalés unifamiliares con su parcela ajardinada de buen tamaño y piscina, que denotan el alto nivel económico y social de sus dueños.


Movido por la curiosidad, más que recorrer las calles al azar, lo que este paseante curioso ha hecho últimamente ha sido observar las distintas soluciones constructivas que se han dado a lo largo del tiempo. y lo primero que le choca es encontrarse con casas sin congruencia arquitectónica, pegadas unas junto a otras; a veces como encabalgadas, cuando no amputadas para que la nueva encaje sobre la vieja, en una mezcolanza de churras y merinas, con soluciones más atentas a la comodidad de sus dueños o a su dudoso gusto, que a mantener una cierta estética urbanística. El resultado, si se me permite el atrevimiento, es un totum revolutum arquitectónico que ha degradado, y mucho, la belleza y la personalidad de este pueblo serrano.

Quedan en pie algunas viejas casas serranas de tejado tendido a dos aguas, con sus paredes de mampostería enfoscadas y sus armazones de madera, con sus buenas tejas árabes, sus pequeñas ventanas a baja altura, que sobreviven al abandono o han sido rehabilitadas con añadidos actuales en un híbrido desmañado. 


Abundan esos chalés adosados,  especie de estilo que podríamos llamar seudo rural seriado, tan del gusto de los urbanitas que buscamos casas de precio asequible a las clases medias, comodidad ciudadana y casticismo de pueblo. Todo lo cual no dejara de ser una adaptación a la necesidad de los tiempos, con criterios de pura utilidad y olvido de los valores estético/urbanísticos tradicionales.

Pero es que, además, hay por ahí alguna mal llamada “urbanización”, cutre, molesta a la vista y de construcción deleznable, que debería constar en el primer capítulo de una antología del disparate urbanístico para general vergüenza y escarmiento. Y puestos a ser estrictos, a sus promotores debería habérseles reclamado judicialmente daños y perjuicios por la escabechina cometida en el paisaje, además de acusarlos de rufianismo al prostituir, por puro interés de sus bolsillos,  el noble arte de la arquitectura. Y eso con el agravante de haberse perpetrado el daño en un parque natural. Y no señalo. Dese el lector, si viene a Rascafría, una vuelta por ahí y ya verá…

Este jubilata, que tiene sus pequeñas manías de esteta, tampoco es que quiera que la capital del valle sea un museo viviente de viejas construcciones serranas, donde sus habitantes vivan como hace un siglo. No. La economía pecuaria y de subsistencia, de tiempos pasados, ha dado paso a un nuevo sistema productivo y de sociedad que requiere otras soluciones habitacionales. Pero, coño, eso no justifica los chafarrinones urbanísticos. Es que este jubilata querría ver bien conservadas las viejas casas serranas que aún quedan en pie, sus cercados y pajares, y un cierto orden urbanístico que diese armonía al conjunto del pueblo.


Pero el chafardeo durante decenios arrejuntando ladrillos por barrios y callejas, según los intereses del momento y de cada época, no hay quien lo arregle, así que mejor habituarse a la superposición de estilos y el desbarajuste callejero. 

De todas formas, no debe hacerse mucho caso de las rabietas de quien esto escribe. El visitante puede disfrutar de la personalidad de sus dos plazas centrales, la de la Villa con su hermoso ayuntamiento neomudéjar, y la de España, con su tilo central allí donde estaba la tradicional olma que mató la grafiosis, en torno a las cuales gira la vida de esta villa serrana.

Para no ponerme pesado y exquisito con arrebatos de esteta en chanclas, contaré al improbable lector que un servidor, cuando montan el mercadillo, acostumbra a ir a charlar con un señor marroquí que arma su tenderete de baratijas y adornos femeninos y tiene sus ribetes de filósofo  epicúreo. “Toma, una calavera”, me ofreció como presente cuando me acerqué a su puesto. Me puso en la mano una figurilla del tamaño de un garbanzo, pero de un imposible color morado. “Toma, unos pistachos”, correspondí yo, ofreciéndole un puñado de los que acababa de comprar. 


Volvía yo con mis arreos de andar por el monte y le pareció un placer sutil el hecho de que hubiera descabezado un sueñecito bajo un roble, en mitad del bosque. Según él dice, debemos ser bastante semejantes en nuestra apreciación de la vida y la valoración que hacemos de los bienes materiales. No es tanto – según él – la abundancia de posesiones, como el disfrutar de lo que tengamos, sea mucho o poco.

Y, para colmo, debe tenerme en muy alta estima estética, pues da por supuesto – y no le desengaño – que vivo en una casita baja, con jardín, donde yo monto mi caballete de pintura. Me hace tanta ilusión verme imaginado como un Monet que no quisiera sacarle de su error. Ya es bastante dura de por sí la puñetera realidad, aguantando los despropósitos y los atropellos urbanísticos cuando callejeo por el pueblo. Un poquito de autoengaño también ayuda a sobrellevarlo…

lunes, 10 de julio de 2017

Crónicas veraniegas e intrascendentes, 1.- Entre el aislamiento y la noticia.


Estas vacaciones serranas, en la  primera quincena de julio, recuerdan a este jubilata tiempos pasados, cuando en los pueblos de veraneo no había más que lugareños dedicados a sus quehaceres del agro, y algunos veraneantes que ponían la nota exótica de gente de ciudad con pocas habilidades para adaptarse al medio rural. Unos y otros formaban dos comunidades bien diferenciadas que compartían, por pocas semanas, el mismo medio y se desenvolvían en él de acuerdo con sus respectivas capacidades sociales, de forma que el espécimen de asfalto se comportaba con un cierto aire de superioridad por ser elemento de ciudad, mientras que el de pueblo hacía su agosto a costa de los veraneantes, subiendo los precios de las tiendas y bares. Eso sin contar las patatas, sandías y tomates que la señá Andrea (o la Antonia, o…) les vendía en la puerta de su casa, pesadas en romana y menguadas de peso.

Lo cual se dice aquí no porque Rascafría (donde veraneamos desde hace varios años) sea pueblo estancado en tiempos de ganaderos y agricultores, que ni mucho menos; es pueblo de maneras capitalinas que vive más del turismo y la hostelería que de pasadas explotaciones ganaderas o madereras, de cuando la serrería de los Belgas. Se dice, más bien,  porque estamos en días de tormentas veraniegas que nos diluvian calles, carreteras y caminos, de forma que el turista-masa se toma un respiro antes de atreverse a abrir el chalé adosado, desparramarse por las Presillas o invadir con sus coches y residuos los aledaños de la  carretera que atraviesa este parque natural de Guadarrama.

Decía, pues, que este jubilata, valiéndose de la climatología adversa, se había forjado unas ficticias vacaciones rurales, desconectadas de los agobios asfalteños, dedicadas a las paseatas por caminos del valle y a las lecturas atrasadas: esas que uno se había hecho promesa de hincarles el diente nada más tener el libro a mano, pero que las múltiples ocupaciones que padecemos los instalados en las clases pasivas nos han impedido acometer. Pero a pesar del aislamiento tan deseado, resulta imposible sustraernos a las influencias del mundanal ruïdo, y eso precisamente por culpa de las lecturas, que son la ventana por donde el vocerío del mundo entra en nuestro confortable aislamiento.

Y, a modo de ejemplo, este botón puede servir de muestra, aunque el improbable lector lo vea como una banalidad indigna de persona seria y añosa, como se le supone ser al autor de esta crónica. Pero sepa que el asunto está sacado de las páginas de economía de L´Express, semanario francés que se tiene por muy respetable. Pues el caso es que en Le cahier économie, bajo el epígrafe Innovations, se pone en conocimiento de los lectores que la firma Spartan, start-up financiada de forma participativa, acaba de lanzar unos calzoncillos que bloquean las ondas electromagnéticas a fin de preservar la fertilidad masculina. Una lástima que llegue con tanto retraso – pensé al leer lo del invento este –, porque a algunos ya en edad provecta no nos va a resultar de mucha utilidad, ya con nuestros espermatozoides macilentos, así que seguiremos usando el slip abanderado de toda la vida.

Y no debe ser cosa de marketing lo de la protección del gonadario masculino ante los ataques electromagnéticos ya que  su eficacia ha sido certificada por el laboratorio MET de los USA, quien garantiza que el hilo de plata con que están tejidos protege de las ondas en un 99%, aparte que es antibacteriano y confortable por estar entretejido con el tradicional algodón. Unos gayumbos high-tech que hacen juego con el Smartphone, a la vez que te preservan de las perniciosas ondas que éste emite cuando lo llevas en el bolsillo del pantalón.

Claro que otros asuntos de más calado cultural entran en nuestro discreto vivir de veraneantes, y nos elevan varios peldaños sobre nuestra mediocre existencia. Y es que, como cada verano, la Comunidad de Madrid organiza Clásicos en Verano (va por la XXX edición), y acerca a los pueblos serranos la música clásica y pone ante nuestra vista y oídos a jóvenes intérpretes.

Aquí, los de casa hemos asistido a alguno de los conciertos que han tenido lugar en el monasterio de El Paular. En su antiguo refectorio, bajo el gran lienzo de La Última Cena, copia de otra de Tiziano para el Escorial, por Eugenio Orozco en el S. XVII, un jovencísimo chelista, Alfredo Ferre. Este maestro en ciernes tuvo a bien maravillarnos con la interpretación de la Suite para violonchelo solo nº 6, de Nuestro Padre el divino Bach, así como sorprender nuestra ignorancia con los Preludes para violonchelo solo op. 100, de un desconocido – de ahí nuestra sorprendida ignorancia – Mieczyslaw Weinberg, músico polaco de origen judío, quien sufrió todas las miserias que los nazis infringieron a los de su generación.  Y en la iglesia parroquial de Rascafría,  el dúo Ashan Pillai – Juan Carlos Garvayo, nos ofrecieron una interpretación de viola y piano con sonatas de Glinka, Mendelssohn y Brahms con las que nos relamimos de gusto estético.

Así, debidamente culturizados en esta segunda semana de julio, regresamos a nuestros quehaceres y aficiones veraniegas. Que no son pocas, aunque eso sí, más bien intranscendentes. Como es, por ejemplo, pasear por la finca de los Batanes, bajo el bosque de Finlandia, viendo cómo novias de publicidad, con sus arreos de vestido blanco y velos de tul ilusión, van hasta el estanque a hacerse las fotos para las revistas de moda, acompañadas de su corte de fotógrafos que les sugieren tal o cual pose. Faltos de imaginación, los publicistas siempre eligen el mismo rincón verano tras verano, olvidando que por estos parajes hay lugares tanto o más bellos que aquél.

Sin ir mucho más lejos, allí al lado, este jubilata se suele acercar a una acequia donde descubrió el otro día el cazadero – o a lo mejor, el pescadero – de una culebra de agua, donde nadan bastantes alevines que deben servirle de alimento. Un par de veces la he importunado con la punta del bastón para ver cómo se revuelve allá en el fondo del agua, y ahora, en cuanto me siente llegar, se esconde bajo las piedras. La cosa no tiene nada que ver con las novias de publicidad que se retratan allí cerca, con músicas celestiales o con lecturas insólitas, pero se cuenta aquí para que el improbable lector vea que jubilata y todo, un servidor sigue teniendo reminiscencias de crío de pueblo.


La culebra, eso sí, debe estar bastante mosqueada…

sábado, 1 de julio de 2017

Por los tejados.-



Comenzamos el veraneo, así que mejor os dejo aquí un cuento de infancia para tomarse los calores venideros con un poco de calma. El cuento dice tal que así:

La última vez que me subí al tejado de casa rompí tres tejas. En casa mi madre dijo que habían sido cinco, pero no era verdad. Las otras dos ya estaban rotas. Pero ya se sabe cómo son los mayores, que siempre quieren tener la razón. De todas formas, los zapatillazos de mi madre me los llevé igual,
tanto si habían sido tres como cinco.

– Hartita me tienes, todo el día en el tejado - dijo tras el zapatilleado.

Mi amigo Roque me dijo que, ya puestos a recibir estopa, mejor por cinco que por tres. Pero las cosas son como son: yo sólo rompí tres tejas, las otras dos estaban rotas y bien rotas. Si el michino que teníamos en casa pudiera hablar, seguro que me daba la razón. El michino, para que se sepa, era el gato de casa, que se pasaba el día por los tejados cazando gorriones.

Yo también solía andar mucho por los tejados, pero mi cacería era de otro tipo. Por aquel entonces, yo andaba por los 13 años y más enamorado que un gato en febrero. Y a quien sí rompí muchas tejas fue al padre de Elvirita. Elvirita se llamaba la pajarita que a mí me gustaba. Tenía un año más que yo, una carita tersa como piel de manzana y unas teticas que ya apuntaban maneras. Vivía en el callejón que hay detrás de mi casa. Me la cruzaba cuando yo iba camino de la escuela y ella al taller de corte y confección. Al verme mirarla como un bobalicón, se reía igualito que una alondra, apretaba el paso y se contoneaba con promesas de mujer. 

Elvirita tenía dos hermanos mayores que eran dos bigardos y me daban patadas en el culo si me veían rondar por su calle. De ahí lo de gatear por los tejados: necesidad obliga. Me subía al tejado por la tapia del gallinero y recorría a cuatro patas la distancia de mi casa a la suya, hasta situarme encima de su corral. Allí me quedaba observando, en el alero de encima de las cuadras. Yo la veía trajinar en las pequeñas tareas domésticas, propias de las chicas de pueblo en aquellos años. Lo que más me gustaba era verla tender la ropa. Como no llegaba bien a las cuerdas, Elvirita se empinaba todo lo que podía y se le subían las faldas hasta medio muslo. Yo, en el séptimo cielo, maullaba de gusto. Pero tanta dicha tenía efectos contraproducentes.

Lo digo porque aquellos muslos sonrosaditos de hembra en ciernes –que yo acariciaba con la mirada– me producían vértigo. Perdía el sentido y tenía que agarrarme con fuerza a las tejas para no caer. Me aferraba con tantas ansias que, a veces, arrancaba alguna teja de su sitio. La teja se deslizaba alero abajo y yo me quedaba con el alma el vilo viéndola resbalar. Si había suerte, la teja quedaba a medio colgar en el canalón; si caía al corral de mi vecino, hacía mucho ruido y Elvirita se asustaba, soltaba el cesto de la ropa y se metía en casa corriendo. Su padre salía dando voces a ver qué pasaba, echaba mano a la purridera y amenazaba con ella, mirando hacia el tejado. Yo, ni respiraba del susto. “Jodidos gatos”, refunfuñaba él antes de meterse en casa. Si en vez del padre salía alguno de los hermanos, era peor, porque cogían piedras y las tiraban al tejado. Yo, entonces, me pegaba contra las tejas todo lo largo que era y me estaba quieto, quieto. El corazón se me salía por la boca a puro desbocado que estaba.

De regreso hacia la tapia del gallinero de casa, solía cruzarme con el michino. Yo iba medio arrastras, moviendo tejas, mientras que él parecía caminar sobre algodones.  Recuerdo que cruzábamos nuestras miradas y yo veía en la suya reproches. Por mi culpa, los pájaros habían volado a los tejados de la otra calle. Ese día no cobraba pieza y  el pobre gato tenía que comer las sobras que le echaba mi madre, si es que sobraba algo.

El día que rompí las tejas de casa no se  me olvidará. Según costumbre, después de la escuela trepé al tejado del gallinero y fui gateando hasta el de las cuadras de casa de Elvirita. Era finales de mayo, el verano venía adelantado y hacía calor. Como tantas otras veces, Elvirita estaba tendiendo ropa. Solo que esta vez, por el calor, andaba con una camiseta de tirantes. A cada vez que se agachaba para coger una prenda, se le ahuecaba la camiseta y yo veía sus tetillas, como dos burujos sonrosados que parecían dos melocotones en sazón.

Absorto en mi contemplación, no me di cuenta que el michino estaba a mi lado. Se ve que ese día se le había dado mal la cacería y la tomó conmigo. Lo cierto es que me dio un zarpazo en una oreja y yo, tumbado en el borde del alero, perdí el equilibrio y caí al corral. La  costalada contra el suelo fue de aúpa. En mi caída arrastré una buena docena de tejas. Caí a los pies de Elvirita. Ésta empezó a gritar como una histérica. Al ruido del golpe, de las tejas rotas y de los gritos, aparecieron el padre y los hermanos.

– Cogedme a ese gato, que lo capo – les gritó el padre al verme.

Aún no sé cómo lo hice. Me puse en pie como un resorte, trepé por las bardas del corral, me encaramé al tejado y no dejé teja sana de allí a casa. Según me descolgaba por el gallinero, arranqué tres tejas, más dos que se vinieron de propina. Mi madre, que lo vio, se quitó la zapatilla… En el alero, el michino se atusaba los bigotes.

Ahora soy un hombre de ciudad. Cada verano que vuelvo al pueblo, pido las llaves al cura y subo a la torre de la iglesia. Desde allí veo los tejados y las callejuelas intrincadas. A veces, alguna muchacha se asoma a la ventana y me parece reconocer en ella a Elvirita, mi amor de infancia. Pero no la busco a ella. Busco mi infancia lejana.