jueves, 17 de mayo de 2018

De un viaje a La Apulia (2).-

En color naranja, nuestro recorrido por La Apulia.


Decía nuestra guía Samanta que el nombre de Apulia derivaba del término latino “a-pluvia”: sin lluvia; aunque no hizo honor al epónimo, ya que nos llovió dos días. Pero si uno observa el paisaje de esta región verá que aquí no hay ríos que merezcan tal nombre, que sus tierras son planas, una elevación de la plataforma marina de origen sedimentario que da suelos calizos y arcilloso en su mayoría. Son tierras que emergieron del antiguo mar de Tetis, y muy ricas en fósiles que se fueron depositando en el lecho marino. Lo que se dice aquí para explicar la razón de una orografía sin grandes desniveles, a excepción del promontorio Gargano.

Porque el Gargano es una lengua montañosa de rocas sedimentarias que se introduce en el Adriático, con una altitud máxima de 900 metros sobre el nivel del mar. Para llegar a él desde Bari, nuestro alojamiento, hay que subir por la autopista A 14 hasta Foggia, y desde allí hacia Manfredonia para tomar una carretera de montaña, hacia la izquierda, hasta San Giovanni Rotondo. La diferencia de paisaje con el Tavoliere, la llanura de Foggia, situada entre las estribaciones de los Apeninos y el Gargano, es radical. Sorprende al viajero el contraste entre los campos de cultivo, especialmente olivo y vid, y la vegetación de montaña, donde abunda la encina y se empobrecen los suelos, dando origen a un paisaje abrupto, montañoso, con escarpes donde afloran las calizas.

Si el improbable lector lo permite, este jubilata da todas esas explicaciones porque no se puede entender un viaje sin observar el medio físico, la orografía, sus cultivos, su paisaje, su vegetación y todo aquello que ayude a comprender el país que uno visita. Pero ya lo dejamos aquí, para no cansar.

San Giovanni Rotondo es población a 560 m sobre el nivel del mar. Fue el lugar donde el capuchino padre Pío vivió vida conventual y celebraba misa en la primitiva iglesia, hasta que su fama de santidad y el estigma de las llagas al igual que el Cristo, lo hizo objeto de visitas piadosas. Muerto en 1968 en olor de santidad, el lugar se convirtió en centro de peregrinación, de turismo religioso y, a la postre, en gran negocio piadoso. Una especie de santuario de Lourdes, pero gestionado por capuchinos: peregrinación, devoción y un maná de euros que florece sobre la tumba de un santo humilde.

Dicen que acuden anualmente siete  millones de visitantes al lugar, y eso se nota en las riquezas arquitectónicas de carácter religioso. El devoto o el curioso pueden hacer un recorrido por los lugares donde vivió el padre Pío: la primitiva iglesia, de traza muy modesta; la otra que hizo levantar él, bajo la advocación de Nª Sª de la Gracia, donde estuvo enterrado hasta 2010; y las dependencias, modestas por demás, donde pasó su vida, incluida su celda conventual.

Pero lo que sorprende por su diseño es la visita a la gran iglesia de peregrinación que fue proyectada por el arquitecto Renzo Piano, y levantada entre 1997 y 2004. Es una construcción un tanto chocante para cumplir la función de templo religioso; una exhibición de la capacidad técnica, arquitectónica, de imaginación y diseño sorprendentes. Tiene una cobertura en cobre pre-oxidado que le da el característico color verdoso, soportado al interior por arcos radiales que nacen de un pilar central junto al altar mayor de casi 5 m de diámetro. Vista en la distancia, con ese diseño ultramoderno, el visitante, si es más enófilo que piadoso, creería estar viendo una de esas célebres bodegas riojanas diseñadas por los arquitectos de moda.

Llama la atención su campanario horizontal, que rompe con la tradicional verticalidad de la torre de cualquier iglesia. Aunque su originalidad no es tal, si se piensa que el injustamente olvidado arquitecto brasileiro, Dento Pihneiro, en los años veinte del siglo pasado diseñó su celebrado, por lo atrevido de la solución arquitectónica, rascacielos horizontal. Dio una solución práctica al menos es más de Gropius al evitar los costes de ascensores y escaleras de evacuación anti incendios, con la consiguiente mejora en seguridad, movilidad y funcionalidad.  Algún día se reconocerá su genialidad al dar soluciones sencillas a complejos problemas de habitabilidad.

Pero nosotros seguimos visitando el Gargano. Estas parecen ser tierra de peregrinación y santuarios que perviven desde siglos. Tal es el caso de Monte Sant’Angelo. Este pueblo está coronado por un castillo originario del S. X, Torre dei Giganti, que fue restaurado por Federico II Hohenstaufen para residencia para su esposa. Ladera abajo, el caserío del pueblo, calles empinadas, escaleras irregulares y rampas que van uniendo los distintos niveles de la población, pura irracionalidad urbanística que dibuja rincones de singular belleza. Signo de los tiempos, sobre el castillo, nuestro hotel enseñoreando fortaleza, iglesias, barrios, la costa y todo aquello que pueda ser objeto de atracción turística.

Bajo el nivel del pueblo, una gruta consagrada a San Miguel, arcángel muy dado a habitar lugares abruptos. En realidad, es uno de los santuarios que están en la línea de peregrinación a Jerusalén, pues hay un Saint Michel’s Mount en Cornualles, el Mont-Saint-Michel en Normandía, la Sacra de San Michele en el Piamonte, y éste del Gargano. Y ya puestos, no olvidaremos el Saint Michel de l' Aiguilhe en Le Puy-en-Velay, cabeza del Camino de Santiago, y nuestro navarro San Miguel de Aralar.

En fin, el acceso a este santuario de San Miguel, el de Gargano, se hace a través de una doble portada gótica, una del S. XIV y la otra una reconstrucción del S. XIX, donde arranca una escalinata de 86 peldaños que baja hasta la gruta. Junto a la doble portada, una torre octogonal vigía que hace las veces de campanile.

Pero mire usted, no todo son santuarios y devociones por estas tierras. De las 120 mil Ha que tiene el promontorio del Gargano, 10 mil Ha corresponden a la Foresta Umbra, gran bosque autóctono poblado de hayas y otras especies como robles, tejos, píceas, acebos… Recibe el nombre de umbra por lo oscuro que suele ser el bosque de hayas, aunque en estas fechas aún no había brotado la hoja. Este jubilata, que esa mañana nemorosa andaba con la vena poética en alborozo, al verse en el hayedo umbrío, no pudo por menos que recordar a Garcilaso y las quejas amorosas de Salicio:

… rayaba de los montes al altura el sol,
cuando Salicio, recostado
al pie de un alta haya en la verdura,
por donde un agua clara con sonido
atravesaba el fresco y verde prado,
él, con canto acordado al rumor que sonaba, 
del agua que pasaba… etc.

Pero eso fue un momento de enajenación, con total olvido de la vulgar condición de turista apresurado.

La Foresta Umbra fue declarada parque nacional desde los años 90 y disfruta de una protección medioambiental especial, con lugares donde no está permitido el acceso, y es tan digna de ser visitada como la selva del Irati en nuestra Navarra. Su altitud media es de 700 m sobre el nivel del mar. Donde termina el bosque el paisaje se domestica y comienzan las plantaciones de olivos, así como de cerezos y almendros, y un poco más allá, la costa recortada. 

Y en el litoral, antiguas poblaciones amuralladas para defenderse de las incursiones sarracenas y turcas, tal como Perchici, pueblo costero, agarrado a los escarpes de la costa, que conserva su trazado de viejo lugar fortificado, con un arco de acceso en su muralla. Como otras poblaciones de estas montañas, tiene un trazado muy irregular, con grandes desniveles que se resuelven con escaleras de peldaños imposibles o cuestas empedradas. Lo que origina pequeños recovecos con encanto de casas encaladas modestas, arcos irregulares y pasadizos angostos.

En la calle principal, extramuros, la banda municipal alegra el ambiente, y la gente anda endomingada. Las mujeres, por ser día grande, lucen sus mejores vestidos y caminan con tacones tan altos que es milagro de la coquetería femenina no se rompan la crisma, haciendo equilibrios sobre aquellos empedrados irregulares. Pero esto, a lo peor, no se puede decir porque suena a micromachismo. Delo el improbable lector por no leído. 

Muchos más lugares nos quedan por visitar de la Apulia, pero ya veremos si dan más de sí esta bitácora y la paciencia de los lectores que a ella se asoman. Por si acaso, para no cansar al respetable, este jubilata cierra sus cuadernos de viaje, recoge sus mapas, se embaúla sus recuerdos y  a otra cosa mariposa.

domingo, 6 de mayo de 2018

Impresiones de un viaje a La Apulia,.


Anda el jubilata, estas últimas semanas, viviendo su vida como entre paréntesis. En momentos así, mientras  se vive un trozo de existencia con monotonía doméstica, es buen remedio recurrir a los recuerdos y revivirlos como actuales. Éstos, afortunadamente, tan recientes que parece hace sólo dos días que bajaste del avión.

La Apulia (así lo decimos en español; Puglia, la llaman los italianos) es el tacón de la bota italiana que comprende desde el promontorio del Gargano, al norte, hasta Leuca, en el extremo sur. El mar Adriático, por un lado, la región de Basilicata y el mar Jónico por el otro, delimitan esta región, plana como la palma de la mano, a excepción del dicho promontorio Gargano, que se eleva casi 900 m sobre el nivel del mar y forma lo que podríamos denominar la espuela de la bota.  Pero esas cosas, improbable lector, las puedes ver en el Google Maps ese y así te ahorras las tediosas explicaciones geográficas.

En todo viaje siempre hay pequeñas anécdotas o sucedidos que el viajero suele dejar al margen porque forman parte de las incomodidades que debe sufrir en el día a día, y cuya evidente vulgaridad desmerecería a la hora de contar lo guay que lo estabas pasando. Porque de lo que se trata es de pasárselo súper guay, de visitar muchos sitios para hacerse muchos selfis (yo y una catedral; yo y mi pareja en otra catedral, yo y un plato de espaguetis…), publicarlo en las redes sociales y que así se enteren tus amigos, parientes y afines. La envidia que despertamos en los demás con nuestro relato es tanto o más satisfactoria que el propio viaje.

El propio don Miguel de Unamuno decía que no se viaja por placer; se viaja para decir que se ha estado aquí o allá. Y eso que en tiempos de don Miguel no podía ni sospecharse lo del móvil, y mucho menos el invento ese de los selfis exhibicionistas con que inundamos las redes sociales. El consumo de felicidad aumenta en muchos decibelios cuando se lo contamos a todo bicho viviente

Pero olvidamos, a propósito, lo más perentorio en los viajes. Vamos a ver: ¿Cuántas veces el turista no ha sentido la necesidad urgente, inexcusable, angustiosa, de buscar un retrete donde aliviar la vejiga? Montones. Y, entonces, si forma parte del paisaje diario en todo viaje, ¿por qué no se habla de ello? Y, sin embargo, bien nos gusta hablar de las cervecitas que vamos trasegando, o de las comidas tan ricas que nos metemos entre pecho y espalda. Por eso, a este jubilata prostático, mientras recorría La Apulia, le dio por preguntarse, ¿Qué razón hay para que hablemos, e incluso presumamos, de la materia orgánica que entra por un extremo del tubo digestivo y no de los humores que salen por el otro extremo?, mientras recordaba a Buñuel y su Fantasma de la libertad.

Por eso, aunque de ello nunca se habla debido a un cierto pudor pequeñoburgués, no está de más recordar que uno de los afanes del viajero es siempre encontrar un aseo a mano, Antes – preferentemente – o después de visitar monumentos. También por eso, los aseos públicos, por estas tierras italianas, son un negocio tan digno – y aún más necesario – como las tiendas de recuerdos que abundan allí donde los autobuses descargan turistas.

Visitando Castellana grotte, un cartel de acceso a los urinarios públicos advertía: Si ruega di muniri di monete di 50 centesimi, imprescindibles para pasar el molinillo que da acceso al tan ansiado excusado. Pecunia non olet (el dinero no huele), dicen que dijo el emperador Vespasiano cuando le reprocharon que pusiera un impuesto a una actividad de tan baja estofa como era la de las letrinas públicas de Roma.

Satisfacer necesidades elementales es cuestión de primer curso de logística  a no olvidar en todo desplazamiento, y es, también, cuestión de dinero de bolsillo.  En este viaje del que se hablará, el dinero de bolsillo se iba en pagar botellines de agua a 1 €, cafés macchiati a 1 € y alivios de vejiga a 50 céntimos. Son cuestiones, quizás por lo básicas, de las que nunca se dice nada, pero muy necesaria para el feliz desarrollo del viaje. Pero no se insistirá más sobre el particular, no se le vayan a achacar a este jubilata vergonzosas inclinaciones coprofilas.

Otra experiencia viajera, difícilmente evitable, es el transporte aéreo. No solo por los vuelos, sino por los controles. Si un ciudadano quiere conocer de primera mano la sensación de sentirse humillado, despojado, escudriñado, vigilado como posible terrorista, no tiene más que pasar esos controles de seguridad de los aeropuertos. Aunque la sensación de oveja en aprisco, haciendo colas en un aeropuerto, lo hace más llevadero por aquello de que mal de muchos, consuelo de tontos. Y si quiere, y aunque no quiera, perder su condición y dignidad de viajero para ser considerado un bulto, viaje en un vuelo low cost. Nosotros hicimos el viaje en RyanAir y fue experiencia como de cosa empaquetada.

Ryanair es una mierda. Perdone el lector, pero es la primera frase escrita en mi diario de viajes. Pagar 40 € por una maleta de 14 kilos es la primera sorpresa, desagradable, que nos llevamos algunos viajeros desavisados porque no entendimos las normas de la compañía. Normas modelo traga-perras, cuya finalidad es ir esquilmando al usuario (no viajero, sino consumidor) a fuerza de suprimir servicios y ofrecer consumo con precio: bocadillos, refrescos, venta de perfumes y relojes, y hasta loterías con rasca-rasca. El avión, un cilindro hueco con motores, está pensado para viajar con las menores comodidades, las imprescindibles para no correr riesgos, y el máximo aprovechamiento de espacios para hacinar viajeros. Centímetro que ganas, euro que entra en caja, parece ser la máxima.

Y, se preguntará quien lea esto: Vamos a ver, y el jubilata, ¿cuándo dejará de gruñir y va a contarnos su viaje? Pues, improbable y no por eso menos amigo lector, tendrá que ser en otra ocasión. Porque el viaje fue very guay, pero no quiero cansarle extendiéndome en el relato, que tampoco son los viajes de Marco Polo al exótico Catay.

sábado, 28 de abril de 2018

Señora, levante su culo de ahí.-


Leído en el parque del barrio-
Eso han debido pensar los dirigentes del Partido en el Poder al ver el empecinamiento de la recién defenestrada, doña Cifuentes, por conservar la presidencia de la Comunidad de Madrid. Para quien observa el navajeo político con los anteojos de la edad provecta, la cosa parece evidente. En las zahúrdas del Poder, alguien ha debido pensar: sacrifiquemos el perro si queremos conservar la finca. Si a los galgos, tras la temporada de caza, los ahorcan sus dueños, a las piezas que han cumplido el juego para el que fueron colocadas en el tablero, se las sacrifica ante el peligro de que una torpeza suya ponga en jaque al rey.

Doña Cifuentes, a la que veíamos tan sonriente, tan segura de sí misma, tan dueña de la situación, resulta que no era la reina en esta partida de ajedrez, sino un simple peón que han dado a comer de una forma ignominiosa. Ni siquiera le han dado opción a una retirada digna, o al menos, discreta. Ha sido paseada desnuda, como lady Godiva, para que todos viésemos sus vergüenzas; sin la posibilidad, como la lady aquella, de cubrirse la desnudez con sus melenas rubias. Ya no importaba que sus títulos masteriles fuesen verdad o apaño – eso ya es pecata minuta –, es que la pillaron llevándose dos botes de crema del súper hace siete años. Y aunque los pagó, supongo que con desgana y por evitar escándalos mayores, alguien guardó una copia del vídeo por si hacía juego, en caso de urgente necesidad.

Y, sí, la necesidad política ha exigido poner en juego aquel vídeo ominoso. Había que echar al perro de la finca so pena de perder la finca por culpa de los ladridos del perro.

Estos días, este jubilata, que siente compasión ante la desgracia ajena, lee por esos andurriales internauticos, por las redes sociales, ve en la tele y escucha a las gentes, cómo la Cifu (ya hasta el “doña” le hurtaremos) mangaba cosas en el colegio mayor que dirigió en tiempos; sus compañeros de máster echaban de menos objetos cuando ella estaba presente y, ya puestos, era una cleptómana empedernida que, seguro, seguro, se llevaba los lápices de su despacho y el papel de la fotocopiadora.

Pero, como no todo es un lodazal, a veces, uno encuentra alguna margarita entre las hozaduras de los puercos. Y eso en los lugares más insospechados. Por si el improbable lector no lo ha oído, el Pablo Iglesias, ese arquetipo del “izquierdismo radical” en cuyas manos no debía caer el gobierno de Madrid, según la defenestrada, dijo que en política hay límites, y destruir a un ser humano es inaceptable. También en un artículo, Juan Torres se pregunta sobre el límite de la maldad en política. Y a este jubilata, que le ha pillado la cosa en fase compasiva, le ha parecido bien que sean los oponentes políticos quienes muestren empatía con la exluchadora neoliberal. Porque la individua, dura ella, no ha caído en la lona noqueada por un contrincante, sino por una zancadilla del palanganero que cobra de la nómina de los fondos de reptiles. Siempre al servicio de los altos intereses de la patria, claro está.

En fin, no se sorprenda el improbable lector de lo leído, este jubilata sigue siendo un progre escorado a la izquierda. No olvida que doña Cifuentes estuvo al frente de la policía cuando fue delegada de gobierno y que reprimió sin contemplaciones los movimientos populares en torno al 15-M. Todavía en casa recordamos su dureza y recibe las pertinentes maldiciones por ello. Pero el sentido de humanidad nos obliga, al menos, a no alancear al moro muerto. Para cleptómanos - piensa este jubilata - los banqueros.

Que, mire usted, apreciado aunque improbable lector, la señora tendrá sus trapacerías, pero lo cortés no quita lo valiente.

lunes, 16 de abril de 2018

Titulitis.-


Mira que uno no quiere meterse en estos asuntos porque son carnaza para dar titulares, vender noticias y afear reputaciones (aunque nadie dice que sin razón o con ella), pero, como este escribidor de cosas no vive en el paraíso, no tiene más remedio que chapotear en la misma charca que el común de los mortales.

Viene al caso por el asunto de doña Cifuentes y su inexistente – al parecer – titulo de máster en Algo por la Universidad Juan Carlos I. Y no sólo por la señora citada, sino por todos los políticos que, a la vista de lo que truena, han ido borrando discretamente títulos en Esto o Aquello de sus currículos vitae.

Alguien debería decirles, a estos políticos que hacen de la política un oficio de relumbrón y no un servicio, que estar súpermasterizados o pluritititulados no ayuda demasiado al recto funcionamiento de la cosa pública, aunque sí al engorde de sus egos. Que la buena gestión de los asuntos públicos se puede sacar adelante con algunos títulos menos en la cartera y con mayor compromiso con el bien común de los ciudadanos.

Pero, no habiendo más remedio que aceptar como inevitable la vanidad de los hombres públicos (ellos y ellas), este jubilata cree haber encontrado un remedio, hasta donde llegue, para dotar de títulos a algunas Señorías que padecen de escasez curricular y gustarían disponer de alguno que les de brillo y esplendor ante sus pares.

Y el remedio consiste en transferirles todos mis títulos académicos y de formación que he ido acumulando a lo largo de mi vida. Títulos que me comprometo a cedérselos gratuitamente, con la sola condición de que sean ellos quienes paguen los gastos de notaría, si los hubiese, para legalizar su transferencia.

Después de registrar las zahúrdas donde el naufragio de la vida vivida ha ido depositando los diplomas: armarios, cajones, altillos y otros recovecos, un servidor tiene el gusto de poner en almoneda sus títulos. Tales como: Títulos de Bachiller Elemental y Superior; Licenciatura en Fª y Letras por la Complu, de 1975; Diplomado Documentalista por la extinta Escuela Nnal. de Documentalistas, de 1977; Diplomatura de la Escuela Supr. de Conservación y Restauración de BB. Culturales, de 1998. Aunque todos ellos son del siglo pasado, su valor académico y legal siguen operativos. Eso sin olvidar un titulito de la Aliance Française de París, de 1980, y un DELF A2 del Institut Français de Madrid.

Del siglo corriente: Licenciatura en Geografía e Historia por la UNED, del 2002; CUID Francés unos tres años después (creo); más un par de títulos de la Academia Vivae Latinitatis Matritensis; más una docena larga de certificados de la UNED Senior en materias varias (a consultar en caso de estar interesados).

A todo lo cual habría que añadir una veintena (así, a bulto y como poco) de certificados de la Escuela Nnal. de Administración Pública, del Ministerio de Educación, de la Biblioteca Nacional y de otras instituciones de la Administración Central; y entre ellos, el muy curioso, por lo arcaico, de “Introducción al MS2”, pura arqueología de los sistemas operativos para computadoras personales, cuyo poseedor podrá presumir de ser descubridor de la escritura lineal B micénica, como lo fue Michael Ventris, pero en los rudimentos del lenguaje numérico.

Créame el improbable lector, este jubilata saca a la plaza pública sus titulanda no por presumir como un político del montón, sino para ofrecerles la posibilidad de lucir un título que no se han currado, pero legítimo. A las alturas de la vida por las que va transitando, un servidor no necesita más título que el de Pensionista de la Seguridad Social, con derecho a subida del 0,25 % anual, si la ministra Báñez y la Virgen del Rocío (patrona de supervivencia de currantes y jubilatería en general) lo tienen a bien.

Lo dicho, señores políticos de casta y currículo fláccido, pueden disponer a placer de todos los diplomas de este jubilata, quien se los ofrece sin contra prestación. Solo para que no nos avergüencen a los ciudadanos con su vacuidad y falsa presunción, ni destrocen la honorabilidad académica de las universidades públicas españolas.

No lo dejen para mañana, que me los quitan de las manos.

viernes, 23 de marzo de 2018

De charla en el Calero.-



El caso es que el otro día la santa me mandó con urgencia al DIA, a comprar una caja de leche para hacer una bechamel. Ante el ordeno y mando femenil, un servidor soltó por lo bajo varios comentarios micromachistas, quejoso de lo perentorio de la orden. Pero obedeció por aquello de la paz conyugal.

Cruzaba a buen paso el parque del Calero cuando vi a mi vecino el depresivo quien, con cara de ¡Ay de la Patria mía!, desgranaba su rosario de lamentos ante un individuo desconocido para mí. Me paré un momento a saludar y me presentó al desconocido: era un tabarnés exiliado en la meseta castellana. Por lo visto, había tenido varios malos encuentros con unos cachorros de Òmnium Cultura de su barrio, Torreforta, por un quítame allá esas pajas soberanistas. Como le dijeron que allende el Ebro nadie se peleaba por esas cosas, había liado el petate, había deslocalizado sus ahorros de toda la vida a un banco de honda raigambre española y había aterrizado en el nuestro barrio.

Como la tendencia o tending topic (creo que se dice) en las tierras catalanas, en los últimos tiempos, es una dispersión en busca de cómodos exilios, el tabarnés que me presentaron había salido por pies de Tabarnia para caer en el Barrio de la Concepción; exilio, si no glamuroso, al menos, tranquilo y de discreto pasar. Aparte que en la capital del reino están exiliados el presidente de Tabarnia y algunos consejeros in pectore, y eso siempre da consuelo a los expatriados y caché a los prófugos políticos trasterrados de su patria ideal.

Se lamentaba mi vecino el depresivo de la última maniobra antiespañola del señor Puigdemont. Eso de expedir, previo pago, carnés de identidad, pasaportes y otros certificados de la virtual República independiente de Catalunya le parecía un delito de lesa patria y le tenían en un sinvivir. La farmacopea de la Seguridad Social, con sus antidepresivos, estimulantes, calmantes y sobredosis de Prozac, no mejoraba su estado anímico. Y el tabarnés, dolido por el destierro, tampoco ayudaba mucho.
 
A este jubilata, la verdad, vista la cosa de forma objetiva, no le parecía tan fuera de propósito ni como para tantas angustias. Al fin y al cabo, el señor Puchimón (así le llamamos familiarmente en casa) había logrado aunar el patriotismo con el negocio, que, si bien se mira, no tienen contraindicaciones cruzadas y suelen ir de la mano. De hecho – les decía yo a mi vecino el depre y al tabarnés – un servidor, puesto en la tesitura independentista, me gustaría tener un DNI virtual al precio que fuera. Si el amor a la patria hay que pagarlo en metálico, se paga. Aparte que un President en el exilio ha de mantener, con la dignidad que merece su cargo, un tren de vida acorde a su status. Y para ello hacen falta unos ingresos regulares que, si no se logran vía impuestos o con el tan útil como denostado tres por cent, hay que detraerlos del fervor patriótico popular.

Un carné, un pasaporte, o un certificado de pertenencia al pueblo oprimido, por muy virtuales que sean sus efectos, siempre tienen un soporte físico que se puede llevar en la cartera, junto a los billetes de 20 euros, para exhibir con orgullo entre familiares y amigos. Así que su venta y adquisición tienen la doble ventaja de acreditar la adscripción ideológica de los adeptos y procurar una honrada sinecura al molt honorable que le permita pagar las mensualidades del palacete presidencial de Waterloo.

Trabajo me costó convencerles de que yo no era separatista, sino alguien que comprendía la lógica del asunto en su doble vertiente patriótica y económica. Tiempo me llevó. Tanto que me hizo olvidar lo del cartón de leche para la bechamel que estaba haciendo la santa. Subí corriendo a casa. El aceite y la harina se habían quemado en la sartén. La santa estaba que fumaba en pipa y la comida sin hacer. Tuve que soportar algunos comentarios aviesos sobre la inutilidad de los hombres en general y de mi persona en particular. Sacó a relucir todo el argumentario feminista que convenía al caso para demostrar el abandono en que tenemos a las féminas los hombres de mi generación. Me llamó jubilata machista irredento y me mandó poner la mesa.

Comer sí comimos gracias a la inventiva de la santa: un par de huevos fritos de gallina criada en jaula. Como refuerzo, unas chistorricas de la reserva estratégica que ella conserva en el congelador. En desagravio, me ofrecí voluntario para fregar los platos y ni eché la siesta en el sofá, ni nada.

Mientras le daba al estropajo, pensaba en los problemas de convivencia que origina la política.

jueves, 8 de marzo de 2018

La fea manía de las manifestaciones.-


Se refiere el título, claro está, a esas manifas antisistema que a la gente descontenta le ha dado por organizar, precisamente ahora que la recuperación económica es un merengue de nata al que cuatro privilegiados le dan lengüetazos. Estas últimas semanas han sido los pensionistas – jubilatas, en términos coloquiales de esta bitácora – que siguen/seguimos reincidiendo. Eso a pesar de que, como se ha dicho por activa y por pasiva, pasta para ellos no hay. Y ahora, las feministas, dispuestas a cambiar el mundo. Todo lo cual es un sinvivir para quienes se apoltronaron en el sistema.

Lo de que a ver por qué sí hay un pastizal jugoso para rescate de bancos autoquebrados, autopistas desiertas, proyectos Castor de don Florentino, sostenimiento de la Iglesia Católica que ha siglos ya olvidó la pobreza evangélica…, todo eso es argumento torticero y malintencionado de cuatro podemitas vendidos al oro de Venezuela y de otros cuatro viejos caducos y en proceso de senilidad galopante… y de cuatro feministas privilegiadas, con trabajo y todo.

Un servidor, francamente, a estas manifas que remueven la charca social prefiere las manifestaciones de don Mariano, que, aparte de jugosas, no alteran la paz ciudadana y alegran al personal con sus dislates tan bien trabados. Su último hallazgo de Haré todo lo que pueda y un poco más de lo que pueda, si es que eso es posible. Y haré todo lo posible e incluso lo imposible si es que lo imposible es posible, es un modelo de trabalenguas que difícilmente mejorará el académico de la Real Academia, tan verboso como echao p’adelante, don Arturo Pérez-Reverte. Hay que recurrir nada menos que al caballero de la Triste Figura y sus lecturas de libros de caballerías para encontrar requilorios que lleguen al nivel de ingenio del inquilino monclovita.

La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura, eran intrincadas razones que a don Quijote le parecían de perlas y que, sólo porque las trajo a colación don Miguel, las podemos parangonar con Es el vecino el que elije el alcalde y el alcalde…etc., etc. Aunque la andanada de Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza, que fue secando el poco juicio del hidalgo manchego, no llega con mucho al famoso trabalenguas del finiquito diferido de doña Cospedal, joya de la oratoria política; pieza retórica que hasta se debería enseñar en las escuelas de pago.

A juicio de los expertos tertulianos de tertulias en torno al pesebre mediático, la culpa de tanta manifa es de lo de Cataluña, que está perdiendo fuelle. El personal se está aburriendo de ese drama patriótico en el que un monarca republicano en el exilio nombra como delfín y sucesor a un héroe aherrojado en las zahurdas carcelarias del estado opresor. Ni siquiera lo del lazo amarillo da ya juego, que todos los grupos en protesta tienen cada cual el suyo. Y si no, ahí está el lazo color mierda 0,25% que han adoptado los jubilatas para visualizar sus irreflexivas reivindicaciones, y el morado de las féminas que piden paso a marchas forzadas.  A menos que no salga la CUP con un golpe de efecto y tome el Parlament blandiendo la hoz de els segadors, eso del procés ya no hay quien lo remonte. Soy un fui que no será, podría decirse de ellos.

Aunque alguna luz se vislumbra. Eso de cantar el pasodoble de Banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda en el cole concertado y convertirlo en materia curricular, es un hallazgo que puede dar sus frutos si se insiste en ello. A condición de que no se acabe dejándolo en el abandono, como el sentido himno nacional que cantó la buenorra de Marta Sánchez en el Teatro de la Zarzuela. Aquello duró cuatro tuits y fue humo de pajas. Y lo de Tabarnia, ya veremos qué recorrido tiene.

Parece razonable, para la gobernanza del país, anteponer el patriotismo común a los patriotismos periféricos y separatistas. Y para eso, Banderita es muy pegadizo y zarzuelero y muy entrañable. Muy Bien de chez nous, que dirían los franceses. Debidamente fomentado, puede durar cuarenta años, como cuando un servidor era niño y entraba en la escuela pública cantando Montañas nevadas, y marcando el paso con los zapatos remendados, como pequeños patriotas de la España franquista que éramos. Que hasta nos daban en el recreo leche en polvo y queso amarillo de la ayuda americana, de cuando el Invicto les alquiló un trozo de patria a los yanquis para que fuésemos el Vigía de Occidente.

Pero, en fin, el asunto de hoy era el de las manifas que proliferan a pesar de que don Mariano hace lo posible por distraernos con su florilegio de verbosidades ingeniosas. Pero el hombre, por más voluntad que le ponga, no consigue arrastrarnos, como el flautista de Hamelín, chuflando la tibia de doble caña de la recuperación económica a dos velocidades.  Contumaces y tercos, el personal sigue empeñado en sus particulares cruzadas reivindicativas. Quizás sea por eso que este 8 de marzo, cuando volvíamos del médico, la santa y yo hemos estado un rato en la concentración feminista de nuestro barrio.  Pero, bueno, solo ha sido un rato, ¿eh? Tampoco nos pongamos estupendos, que tampoco estamos en edad para poner patas arriba el mundo. Solo, de vez en cuando, alguna patada anticapilatista en los tobillos del sistema, señor Rivera, que por poco me olvido de Vd.

¿Ustedes piensan antes de hablar o hablan antes de pensar? Ahí queda esa reflexión de don Mariano que me hago cada vez que me pongo a escribir una entrada a esta bitácora.  It’s very difficult todo esto, me respondo a veces.

domingo, 25 de febrero de 2018

22F. Manifa de jubilatas.-

Yay@flautas camino de la mani.


En estos días que Marta Sánchez ha querido tocarnos la fibra patriótica poniéndole letra al himno nacional, no estaría de más recordar que el patriotismo es un sentimiento primario que comienza con los garbanzos que hay en el puchero. Cuanto más escaso el puchero, mayor el despego por las cosas patrias. Es, por poner un ejemplo, el paralelismo entre el pupilaje del domine Cabra y la política social de don Mariano: subir un 0,25 % equivale a pasar la sombra de una sardina arenque por la rebanada de pan. Terminas alimentándote de lo que no comes. Y más cuando la ministra Báñez, después de largarnos el cuartillo porcentual, nos dice, al igual que el clérigo cerbatana quevedesco decía a sus pupilos Coman, coman, que son mozos y me huelgo de verlos comer.

Nosotros, los jubilatas, mozos no somos sino mayorones, pero nos gusta comer todos los días, y no por capricho, sino por necesidad. Y como el gobierno del PP cada vez más reduce los garbanzos del puchero, pues hemos decidido salir a la calle a protestar. Hemos salido a protestar porque en el hondón de la olla de las pensiones están empezando a aparecer telarañas.  Y no es solo  porque en el sopicaldo que el gobierno echa en la escudilla del pensionista actual no haya ya más de cuatro garbanzos viudos; es que, a los que están por llegar, ni el aguaducho les alcanzará. Por eso las cabezas eminentes aconsejan  a los jóvenes de hoy y viejos de mañana que se vayan haciendo un fondo personal de pensiones: los dos célebres eurillos mensuales de la Celia Villalobos, ese dechado de laboriosidad.


Lo cierto es que, el pasado jueves 22 de febrero, unos miles de pensionistas nos hemos echado a la calle, en Madrid y en otras ciudades españolas. Y este jubilata, que tenía ganas de marcha desde aquellas manifas cuando lo de la guerra de Irak y el señor importante y bajito del bigote cabreado, se ha ido a la puerta del Congreso de los Diputados. Con fervor, si no patriótico, sí reivindicativo, ha unido su voz a la de miles de gargantas para gritar: ¡Ladrooones! ¡Ladrooones! Los leones, petrificados en bronce heroico de cuando la guerra de África, seguían impasibles guardando el acceso. Los pensionistas, indiferentes a la indiferencia de los leones y de los diputados que se guardaban dentro del Congreso, hemos coreado: Fuera ladrones de las instituciones.

"Manos arriba, esto es un atraco"
Si bien el entusiasmo era colectivo, siempre hay alguien a quien el escepticismo le impide participar de la alegre gritería. Al general grito de ¡Ladrooones!, coreado a miles, un individuo que estaba a mi lado, replicaba como para su coleto: A esos, les suda los c… Pero también había optimistas – incluso en la adversidad los hay – que gritaban: Rajoy, dimisión, como si a éste se le pasara por la cabeza tan peregrina idea; como si él no supiese que su presencia en la presidencia del país es fundamental para que éste siga el proceso de recuperación económica y defensa de las libertades cívicas. Y no faltó una escena que me hizo recordar aquellos tiempos felices – por ya pasados – de cuando el Cojo Manteca y las protestas estudiantiles de los años ochenta. Solo que esta vez era un jubilata rengo quien blandía su muleta por encima de las cabezas, como pregonando: tullido y todo, aquí estoy, dando caña.

Sobran comentarios
No sé si el improbable lector ha ido alguna vez de manifa. Un servidor se lo aconseja vivamente. No hay lifting que rejuvenezca más, y es más efectivo: sube la adrenalina, se olvida la rutina diaria, la sangre circula con más energía, tu voz se deja oír en la calle – el único Parlamento al que tenemos acceso –  y te sientes solidario y partícipe en un proyecto común. Y si quieres incordiar a los poderosos y ponerles de los nervios, grita, como lo hacíamos allí: ¡Sí se puede! Luego, a la hora de la verdad, votarás a quien mejor te peta, pero el Sí se puede jode mucho al poder y es un desahogo. Luego, o, además, puedes gritar, como hacía el respetable: El 0,25 es una mierda. Y hasta puedes llevar un lazo marrón, el color del 0,25 mierdoso. Pero, si no se quiere ser escatológico, Gobierne quien gobierne, las pensiones se defienden, parece una reivindicación por demás sensata. Y no ya por quienes las estamos disfrutando, sino por las generaciones que nos siguen.

Cosa sorprendente, los pensionistas nos hemos convertido, siquiera estos días, en punta de lanza de las reivindicaciones sociales. No se podía sospechar tal de gente viejuna, más preocupada por hacer a diario la ruta del colesterol que por implicarse en las mareas ciudadanas. Pero necesidad obliga. Y la dignidad de ciudadano, también. Aunque éste camine renqueante, como el susodicho de la muleta en alto junto a la escalinata del Congreso.

Ahora todos esperamos una respuesta, y no de la Virgen del Rocío, doña Báñez. Y si esto no se apaña, señora mía, la marea jubilata seguirá dando kaña.

martes, 20 de febrero de 2018

Para viajar basta con existir.-


(Lo del título es cosa de Bernardo Soares, un otro yo de Fernando Pessoa).

Según nos cuenta Saramago, Ricardo Reis sobrevivió nueve meses a Pessoa. Lo cual, para un heterónimo, es mucho vivir. Quiere poco y tendrás todo, quiere nada y serás libre, eso dice Reis en una de sus odas. Incluso los que no somos poetas ni literatos, sabemos que, tras el médico Reis (según Saramago), o el poeta Reis (según Pessoa), hay un juego de espejos que hace de algunas vidas una forma de literatura. Y la de Fernando Pessoa fue una vida hecha de heterónimos que le servía de yos, a través de los cuales vivía distintas vidas literarias como si fuesen la suya propia.

Tenía este jubilata una espina clavada en su amor propio desde que, hace ya años, se echó a la cara el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, y descubrió que era incapaz de leerlo. Lo intentó leyéndolo como si se tratase de una novela, pero no era eso. Lo intentó como si fuera un poemario en prosa, y se atascó en el epígrafe 80: Todo me cansa, incluso lo que no me cansa. Lo intentó leyéndolo a saltos, como Cortázar aconsejaba que se leyera su Rayuela, y le faltó poco para descalabrarse. Así que cogió el tocho de 597 páginas, lo catalogó, le puso en el lomo un tejuelo y lo colocó en la estantería después de un Pérez-Reverte y por delante de un Puértolas, Soledad. Y allí se quedó, hibernando, varios años.

Hasta que en el Reina Sofía se ha inaugurado la exposición: Pessoa. Todo arte es una forma de literatura. Ahora sí que sí, pensó el jubilata que me sirve de alter ego en esta bitácora. Ahora es el momento de hincarle el diente. Y no importó que el desasosiego fuese de Pessoa o de su semi-heterónimo Bernardo Soares. Seguro que una visita reposada a la exposición ayudaría a comprender al Pessoa disperso en cien heterónimos o concentrado en un libro desasosegante por lo disperso de sus textos; y, por fin, ayudaría a leer con algún provecho su Libro del desasosiego.  Con esa ilusión, y armado de un cuaderno de notas y un boli, el jubilata se plantó en el edificio Sabatini a ver qué veía y qué entendía de lo visto.

Resulta que las vanguardias pictóricas portuguesas son como las vanguardias del resto de países europeos en el primer tercio del siglo XX: un totum revolutum donde se entrecruzan, se dispersan, se mimetizan o se contradicen. Al final, si el espectador cae en la cuenta, resulta que tanto ismo es el resultado de la desazón de aquellos artistas que transitaban del siglo XIX al XX en plena crisis de identidad. Y, si alguien sabía de identidades en crisis, ese era Pessoa. Por eso, según confiesa él mismo, el origen de sus heterónimos estaba en el profundo rasgo de histeria que había en él. Sentía vivir vidas ajenas en él de forma incompleta, como una forma de no-yos sintetizados en un yo postizo, en una búsqueda de identidad en la alteridad.  

Te cuento todo lo anterior, improbable y paciente lector, para que te hagas cargo de la perplejidad de este jubilata. Pues mientras caminaba por las salas, leía los complejos textos de Pessoa y veía los cuadros de Amadeu de Souza-Cardoso, de Guilherme de Santa-Rita y otros pintores, y trataba de compaginar los pensamientos de uno con las pinturas de los otros. No sabía un servidor cómo resolver la ecuación de los ismos “pessoianos” (Paulismo, Interseccionismo, Sensacionismo), así que fui a consultarlo con mi alter ego, el jubilata que sale mucho en esta bitácora. Porque los escribidores aficionados también nos desdoblamos en heterónimos, pseudónimos y alter-egos; forma sutil de culpar a los otros yo de los propios defectos y atrevimientos en eso de la escritura.

Y decidimos que, con discreción, deberíamos salir de este berenjenal poético-artístico-filosófico en que don Fernando Pessoa, con sus textos, y el Reina Sofía, con su exposición, – a lo mejor, sin proponérselo – nos había metido. Pero como el prurito cultureta nos puede, hemos dejado aquí un texto contradictorio que el señor Pessoa dejó escrito en la revista Orpheu, en 1916: Existir no es necesario. Sentir es lo necesario. Date cuenta de que esta frase es totalmente absurda. Dedícate a no comprender con toda tu alma.

En eso le hemos hecho caso el jubilata y mi ortónimo. Dos veces hemos visitado la exposición y en ninguna de ellas hemos llegado a comprender. Y no es que sea absurda la cosa, es que nos falta un hervor poético.

jueves, 1 de febrero de 2018

Quijorna: caminos, caleras y más.-

Ruta trazada por Juan F. Romero

No piense el improbable lector que estas notas camineras le llevarán por la exótica ruta de la seda o por la red viaria que los incas llamaban de Tanhuantinsuyo. Aquí se propone, más modestamente, una caminata por caminos en torno a la vieja cañada de ganados segoviana, la que pasa por Quijorna, población próxima a Brunete y Villanueva de la Cañada.


Quijorna, pequeña población al S.O de la provincia de Madrid, es de nueva planta. Quedó arrasada en la guerra civil por los bombardeos de  la artillería en 1937, cuando la célebre batalla de Brunete. De aquella desolación solo quedó en pie la cabecera de la iglesia parroquial, en gótico del S. XVI, y los cuerpos inferiores de la torre. Merece la pena una visita a la plaza, empedrada con buen granito, donde se ubican el ayuntamiento y la iglesia parroquial. Y se si presta atención a la zona ajardinada, se verá un cartel donde se advierte a los dueños de los perros: Si el perro es tuyo, ¿por qué la caca es de todos?

La propuesta y planificación de esta caminata fue cosa de Juan F. Romero, uno de los integrantes del veterano Trío de los Tejos, que aún andamos a la caza y disfrute de caminos, parajes y paisajes. La presentación y descripción técnica de la marcha es cosa suya. Este jubilata, a su modo, cuenta lo que vio y cómo lo vio, ya que el paisaje no es solo la suma de los parajes,  su relieve y orografía, su red de caminos y arroyos, su flora y su fauna, sino la percepción que el caminante tiene del conjunto, su goce estético y el aprendizaje y disfrute de la naturaleza.

A la salida del pueblo, junto al arroyo que le da nombre, pasa la Cañada Real Segoviana. Camino amplio y llano, con junqueras que crecen junto al arroyo y, a poco que observe el caminante, una gran cantidad de conejeras excavadas en la tierra arcillosa, a uno y otro lado. Estos parajes de monte bajo, de carrascas y matorral son paraíso de cazadores. De hecho, aquí, en el S. XVIII, hubo un coto real y todavía queda un vestigio en forma de mojón en una bifurcación de caminos, en el que se dice: BEDADO DE CAZA 1793. Se ve que por aquí entretenía sus ocios de gobierno don Carlos IV.

Estas son tierras pobres, donde la agricultura se reduce al cultivo de cereal de secano. Campos que, en tiempos, eran esquilmados por las bandadas de perdices que abundaban en los cazaderos. 
Si el caminante observa los parajes en torno al camino, verá algunas sementeras que ya empiezan a pujar en estos días de invierno. El verdear brillante de los brotes de cereal destaca sobre los colores pardo-arcillosos de las tierras alomadas, y, si extiende la vista, diseminadas en el paisaje, verá las chaparras formando matas de un verde oscuro que se recortan contra el horizonte. A lo lejos, las cadenas montañosas del Sistema Central perfilándose bajo un cielo de un azul crudo, al que el sol invernal, bajo en el horizonte, todavía no ha dado esa luminosidad matizada de los días de primavera.

Agricultura de subsistencia, pasados los días gloriosos de la Mesta y su riqueza ganadera – no olvide el caminante que está sobre la Cañada Real Segoviana – las caleras han sido la industria que trajo algo de riqueza a estas tierras. Por aquí abundan las canteras de calizas, de donde se extraía la materia prima para los hornos. Según lo leído en algún artículo, en el Archivo de Protocolos, hay documentos que acreditan que, ya en 1566, las obras del Escorial se abastecían de cal de las canteras de Vétago. Y en 1718, se compraron 2000 fanegas  de cal para la construcción del puente de Toledo en Madrid.

A unos 3,5 k del pueblo, tomando un desvío hacia la izquierda de la cañada, el caminante curioso podrá conocer el horno en mejores condiciones de todos los que se conservan por la zona y, al lado, una cantera para la extracción. Se trata de un horno cilíndrico, construido en mampostería, sobre el que descansa otro cuerpo troncocónico abombado hecho en ladrillo. El conjunto, en la distancia, recuerda una botella puesta en pie. Recubierto de arcilla refractaria al interior, tiene una techumbre de ladrillo abovedada y con un gran hueco para la salida de humos. Aparte de su boca de acceso, por donde se cargaba el combustible, hay varios respiraderos para el control de la combustión. 


Respecto a su utilidad, un folleto que editó el ayuntamiento lo designa como el horno de cal mejor conservado. Pero según el artículo Procesos comerciales e industriales. Hornos de cal de Quijorna, (que puede leerse en Internet) sería un horno cerámico, propiedad del ceramista Antonio Salvador de Orodea. Los expertos tienen la última palabra, y el caminante puede ir, verlo, y sacar sus propias conclusiones, si tiene elementos de juicio.

Pero no es éste el único horno de aquellos contornos, aunque sí el mejor conservado. Por aquellos parajes, si el caminante observa, verá restos de viejos hornos arruinados, escombreras donde se vertía los restos quemados de las hornadas, y trazas de canteras de pequeño tamaño a pie de horno, como quien dice. Verá la curiosidad de una higuera que ha nacido dentro de un horno. Y, casi sin darse cuenta, se pondrá a los pies de la cuesta de Vétago. Aquí el bosque de encinas se aprieta y vuelve más tupido. Todavía alcanzamos a coger algunas bellotas del suelo – aquellas que no han querido los jabalíes –  y probar su sabor dulce-astringente.

El caminante, mientras holla con sus botas camineras los antiguos caminos y avizora los paisajes con mirada golosa, también viaja con la imaginación. Con el puñadito de bellotas en la mano, mientras las va escamondando a pequeñas dentelladas, tiene un recuerdo para el caballero de la Triste Figura cuando su cena frugal con los cabreros: 

Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
—Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas…

Y así, subimos la cuesta del Vétago hasta enlazar con el camino de Los Llanos. Allí cerca, el rebosadero del canal de Picadas, que lleva el agua desde el embalse del mismo nombre hasta una estación de tratamiento en Majadahonda. Construcción cilíndrica de cemento, antiestética, pero, sin lugar a dudas, útil. Aquí nuestra marcha cambia de sentido, orientándose hacia Qujorna, que puede verse en la distancia. Fuente Villanos se llama el arroyo que nos muestra el camino de vuelta, que nos llevará hasta un lugar digno de ser visitado: una mina de caolín o de feldespato. El caminante es lego en la materia y no puede afirmar si es lo uno o lo otro.

En un punto de nuestra ruta, a la izquierda según sentido de la marcha, sale un camino que lleva directo a la boca de la mina. Al comienzo del mismo, a la izquierda, un solitario olivo o acebuche bastante deteriorado, con algunas ramas secas y horadado su tronco por pequeños agujeros, como nidos de pájaros carpinteros. 


La mina tiene un acceso incómodo, irregularmente escalonado, pero no peligroso. Su interior está excavado a pico en la roca viva, con galerías laterales. ¿Mina? ¿Depósito de municiones en la línea de fortificaciones durante la guerra civil? Las opiniones son distintas según dónde encuentres información. Un servidor, acostumbrado a ver las muestras de ingeniería militar a lo largo del frente del Guadarrama, no imagina que la bocamina quedase tan toscamente trabajada, sin un arranque en obra abovedada, para darle consistencia, y con un acceso tan irreguar. Casi hay que trepar para alcanzar la boca.

Tendremos ocasión de ver unos kilómetros más abajo una galería fortificada. Junto a una casamata alargada, de la que quedan en pie las paredes, puede verse una entrada a una galería horadada en el terraplén próximo. Un túnel de unos 10 metros, en zigzag (posiblemente para amortiguar las ondas explosivas en caso de sufrir un ataque de artillería), con salida por el otro extremo.

Allí comemos, junto al arroyo al pie de la fortificación. Sentados sobre la hierba húmeda, vamos dando cuenta de los bocatas y algún pequeño trago de vino para enjuagar el pasapán. Por el entorno, retamas, lentisco, pequeñas matas de tomillo salsero, juagarzo (una variedad de estepa o jara que un servidor no conocía), zarzas…, y tantas especies herbáceas que pueden ser un paraíso botánico, pero que el caminante (más bien yacente ya, porque se ha dejado deslizar sobre el suelo, usando la mochila como respaldo) ignora, aunque agradece. Mientras los compañeros charlan, este jubilata, acomodado en decúbito supino – o sea, panza arriba –, mira el cielo y observa las nubes lenticulares que parecen haberse quedado colgadas, como sin prisas, a merced de alguna corriente de aire que las moldea como nubes de azúcar.


Regresamos a Quijorna, tomamos café en un bar del pueblo, charlamos un rato, tomamos el coche y regresamos a la capital. Quedan en el recuerdo los olores húmedos del monte, la visión de la montaña con nieve allá a lo lejos, el camino entre encinas y el sabor (aún) dulce y acerbo de las bellotas cogidas al paso. 
Y de las hilachas de estos recuerdos y sensaciones iremos tirando, mientras nos atufamos en la gran ciudad, hasta que volvamos a calzar las botas camineras.