lunes, 16 de abril de 2018

Titulitis.-


Mira que uno no quiere meterse en estos asuntos porque son carnaza para dar titulares, vender noticias y afear reputaciones (aunque nadie dice que sin razón o con ella), pero, como este escribidor de cosas no vive en el paraíso, no tiene más remedio que chapotear en la misma charca que el común de los mortales.

Viene al caso por el asunto de doña Cifuentes y su inexistente – al parecer – titulo de máster en Algo por la Universidad Juan Carlos I. Y no sólo por la señora citada, sino por todos los políticos que, a la vista de lo que truena, han ido borrando discretamente títulos en Esto o Aquello de sus currículos vitae.

Alguien debería decirles, a estos políticos que hacen de la política un oficio de relumbrón y no un servicio, que estar súpermasterizados o pluritititulados no ayuda demasiado al recto funcionamiento de la cosa pública, aunque sí al engorde de sus egos. Que la buena gestión de los asuntos públicos se puede sacar adelante con algunos títulos menos en la cartera y con mayor compromiso con el bien común de los ciudadanos.

Pero, no habiendo más remedio que aceptar como inevitable la vanidad de los hombres públicos (ellos y ellas), este jubilata cree haber encontrado un remedio, hasta donde llegue, para dotar de títulos a algunas Señorías que padecen de escasez curricular y gustarían disponer de alguno que les de brillo y esplendor ante sus pares.

Y el remedio consiste en transferirles todos mis títulos académicos y de formación que he ido acumulando a lo largo de mi vida. Títulos que me comprometo a cedérselos gratuitamente, con la sola condición de que sean ellos quienes paguen los gastos de notaría, si los hubiese, para legalizar su transferencia.

Después de registrar las zahúrdas donde el naufragio de la vida vivida ha ido depositando los diplomas: armarios, cajones, altillos y otros recovecos, un servidor tiene el gusto de poner en almoneda sus títulos. Tales como: Títulos de Bachiller Elemental y Superior; Licenciatura en Fª y Letras por la Complu, de 1975; Diplomado Documentalista por la extinta Escuela Nnal. de Documentalistas, de 1977; Diplomatura de la Escuela Supr. de Conservación y Restauración de BB. Culturales, de 1998. Aunque todos ellos son del siglo pasado, su valor académico y legal siguen operativos. Eso sin olvidar un titulito de la Aliance Française de París, de 1980, y un DELF A2 del Institut Français de Madrid.

Del siglo corriente: Licenciatura en Geografía e Historia por la UNED, del 2002; CUID Francés unos tres años después (creo); más un par de títulos de la Academia Vivae Latinitatis Matritensis; más una docena larga de certificados de la UNED Senior en materias varias (a consultar en caso de estar interesados).

A todo lo cual habría que añadir una veintena (así, a bulto y como poco) de certificados de la Escuela Nnal. de Administración Pública, del Ministerio de Educación, de la Biblioteca Nacional y de otras instituciones de la Administración Central; y entre ellos, el muy curioso, por lo arcaico, de “Introducción al MS2”, pura arqueología de los sistemas operativos para computadoras personales, cuyo poseedor podrá presumir de ser descubridor de la escritura lineal B micénica, como lo fue Michael Ventris, pero en los rudimentos del lenguaje numérico.

Créame el improbable lector, este jubilata saca a la plaza pública sus titulanda no por presumir como un político del montón, sino para ofrecerles la posibilidad de lucir un título que no se han currado, pero legítimo. A las alturas de la vida por las que va transitando, un servidor no necesita más título que el de Pensionista de la Seguridad Social, con derecho a subida del 0,25 % anual, si la ministra Báñez y la Virgen del Rocío (patrona de supervivencia de currantes y jubilatería en general) lo tienen a bien.

Lo dicho, señores políticos de casta y currículo fláccido, pueden disponer a placer de todos los diplomas de este jubilata, quien se los ofrece sin contra prestación. Solo para que no nos avergüencen a los ciudadanos con su vacuidad y falsa presunción, ni destrocen la honorabilidad académica de las universidades públicas españolas.

No lo dejen para mañana, que me los quitan de las manos.

viernes, 23 de marzo de 2018

De charla en el Calero.-



El caso es que el otro día la santa me mandó con urgencia al DIA, a comprar una caja de leche para hacer una bechamel. Ante el ordeno y mando femenil, un servidor soltó por lo bajo varios comentarios micromachistas, quejoso de lo perentorio de la orden. Pero obedeció por aquello de la paz conyugal.

Cruzaba a buen paso el parque del Calero cuando vi a mi vecino el depresivo quien, con cara de ¡Ay de la Patria mía!, desgranaba su rosario de lamentos ante un individuo desconocido para mí. Me paré un momento a saludar y me presentó al desconocido: era un tabarnés exiliado en la meseta castellana. Por lo visto, había tenido varios malos encuentros con unos cachorros de Òmnium Cultura de su barrio, Torreforta, por un quítame allá esas pajas soberanistas. Como le dijeron que allende el Ebro nadie se peleaba por esas cosas, había liado el petate, había deslocalizado sus ahorros de toda la vida a un banco de honda raigambre española y había aterrizado en el nuestro barrio.

Como la tendencia o tending topic (creo que se dice) en las tierras catalanas, en los últimos tiempos, es una dispersión en busca de cómodos exilios, el tabarnés que me presentaron había salido por pies de Tabarnia para caer en el Barrio de la Concepción; exilio, si no glamuroso, al menos, tranquilo y de discreto pasar. Aparte que en la capital del reino están exiliados el presidente de Tabarnia y algunos consejeros in pectore, y eso siempre da consuelo a los expatriados y caché a los prófugos políticos trasterrados de su patria ideal.

Se lamentaba mi vecino el depresivo de la última maniobra antiespañola del señor Puigdemont. Eso de expedir, previo pago, carnés de identidad, pasaportes y otros certificados de la virtual República independiente de Catalunya le parecía un delito de lesa patria y le tenían en un sinvivir. La farmacopea de la Seguridad Social, con sus antidepresivos, estimulantes, calmantes y sobredosis de Prozac, no mejoraba su estado anímico. Y el tabarnés, dolido por el destierro, tampoco ayudaba mucho.
 
A este jubilata, la verdad, vista la cosa de forma objetiva, no le parecía tan fuera de propósito ni como para tantas angustias. Al fin y al cabo, el señor Puchimón (así le llamamos familiarmente en casa) había logrado aunar el patriotismo con el negocio, que, si bien se mira, no tienen contraindicaciones cruzadas y suelen ir de la mano. De hecho – les decía yo a mi vecino el depre y al tabarnés – un servidor, puesto en la tesitura independentista, me gustaría tener un DNI virtual al precio que fuera. Si el amor a la patria hay que pagarlo en metálico, se paga. Aparte que un President en el exilio ha de mantener, con la dignidad que merece su cargo, un tren de vida acorde a su status. Y para ello hacen falta unos ingresos regulares que, si no se logran vía impuestos o con el tan útil como denostado tres por cent, hay que detraerlos del fervor patriótico popular.

Un carné, un pasaporte, o un certificado de pertenencia al pueblo oprimido, por muy virtuales que sean sus efectos, siempre tienen un soporte físico que se puede llevar en la cartera, junto a los billetes de 20 euros, para exhibir con orgullo entre familiares y amigos. Así que su venta y adquisición tienen la doble ventaja de acreditar la adscripción ideológica de los adeptos y procurar una honrada sinecura al molt honorable que le permita pagar las mensualidades del palacete presidencial de Waterloo.

Trabajo me costó convencerles de que yo no era separatista, sino alguien que comprendía la lógica del asunto en su doble vertiente patriótica y económica. Tiempo me llevó. Tanto que me hizo olvidar lo del cartón de leche para la bechamel que estaba haciendo la santa. Subí corriendo a casa. El aceite y la harina se habían quemado en la sartén. La santa estaba que fumaba en pipa y la comida sin hacer. Tuve que soportar algunos comentarios aviesos sobre la inutilidad de los hombres en general y de mi persona en particular. Sacó a relucir todo el argumentario feminista que convenía al caso para demostrar el abandono en que tenemos a las féminas los hombres de mi generación. Me llamó jubilata machista irredento y me mandó poner la mesa.

Comer sí comimos gracias a la inventiva de la santa: un par de huevos fritos de gallina criada en jaula. Como refuerzo, unas chistorricas de la reserva estratégica que ella conserva en el congelador. En desagravio, me ofrecí voluntario para fregar los platos y ni eché la siesta en el sofá, ni nada.

Mientras le daba al estropajo, pensaba en los problemas de convivencia que origina la política.

jueves, 8 de marzo de 2018

La fea manía de las manifestaciones.-


Se refiere el título, claro está, a esas manifas antisistema que a la gente descontenta le ha dado por organizar, precisamente ahora que la recuperación económica es un merengue de nata al que cuatro le dan lengüetazos. Estas últimas semanas han sido los pensionistas – jubilatas, en términos coloquiales de esta bitácora – que siguen/seguimos reincidiendo. Eso a pesar de que, como se ha dicho por activa y por pasiva, pasta para ellos no hay. Y ahora, las feministas, dispuestas a cambiar el mundo. Todo lo cual es un sinvivir para quienes se apoltronaron en el sistema.

Lo de que a ver por qué sí hay un pastizal jugoso para rescate de bancos autoquebrados, autopistas desiertas, proyectos Castor de don Florentino, sostenimiento de la Iglesia Católica que ha siglos ya olvidó la pobreza evangélica…, todo eso es argumento torticero y malintencionado de cuatro podemitas vendidos al oro de Venezuela y de otros cuatro viejos caducos y en proceso de senilidad galopante… y de cuatro feministas privilegiadas, con trabajo y todo.

Un servidor, francamente, a estas manifas que remueven la charca social prefiere las manifestaciones de don Mariano, que, aparte de jugosas, no alteran la paz ciudadana y alegran al personal con sus dislates tan bien trabados. Su último hallazgo de Haré todo lo que pueda y un poco más de lo que pueda, si es que eso es posible. Y haré todo lo posible e incluso lo imposible si es que lo imposible es posible, es un modelo de trabalenguas que difícilmente mejorará el académico de la Real Academia, tan verboso como echao p’adelante, don Arturo Pérez-Reverte. Hay que recurrir nada menos que al caballero de la Triste Figura y sus lecturas de libros de caballerías para encontrar requilorios que lleguen al nivel de ingenio del inquilino monclovita.

La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura, eran intrincadas razones que a don Quijote le parecían de perlas y que, sólo porque las trajo a colación don Miguel, las podemos parangonar con Es el vecino el que elije el alcalde y el alcalde…etc., etc. Aunque la andanada de Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza, que fue secando el poco juicio del hidalgo manchego, no llega con mucho al famoso trabalenguas del finiquito diferido de doña Cospedal, joya de la oratoria política; pieza retórica que hasta se debería enseñar en las escuelas de pago.

A juicio de los expertos tertulianos de tertulias en torno al pesebre mediático, la culpa de tanta manifa es de lo de Cataluña, que está perdiendo fuelle. El personal se está aburriendo de ese drama patriótico en el que un monarca republicano en el exilio nombra como delfín y sucesor a un héroe aherrojado en las zahurdas carcelarias del estado opresor. Ni siquiera lo del lazo amarillo da ya juego, que todos los grupos en protesta tienen cada cual el suyo. Y si no, ahí está el lazo color mierda 0,25% que han adoptado los jubilatas para visualizar sus irreflexivas reivindicaciones, y el morado de las féminas que piden paso a marchas forzadas.  A menos que no salga la CUP con un golpe de efecto y tome el Parlament blandiendo la hoz de els segadors, eso del procés ya no hay quien lo remonte. Soy un fui que no será, podría decirse de ellos.

Aunque alguna luz se vislumbra. Eso de cantar el pasodoble de Banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda en el cole concertado y convertirlo en materia curricular, es un hallazgo que puede dar sus frutos si se insiste en ello. A condición de que no se acabe dejándolo en el abandono, como el sentido himno nacional que cantó la buenorra de Marta Sánchez en el Teatro de la Zarzuela. Aquello duró cuatro tuits y fue humo de pajas. Y lo de Tabarnia, ya veremos qué recorrido tiene.

Parece razonable, para la gobernanza del país, anteponer el patriotismo común a los patriotismos periféricos y separatistas. Y para eso, Banderita es muy pegadizo y zarzuelero y muy entrañable. Muy Bien de chez nous, que dirían los franceses. Debidamente fomentado, puede durar cuarenta años, como cuando un servidor era niño y entraba en la escuela pública cantando Montañas nevadas, y marcando el paso con los zapatos remendados, como pequeños patriotas de la España franquista que éramos. Que hasta nos daban en el recreo leche en polvo y queso amarillo de la ayuda americana, de cuando el Invicto les alquiló un trozo de patria a los yanquis para que fuésemos el Vigía de Occidente.

Pero, en fin, el asunto de hoy era el de las manifas que proliferan a pesar de que don Mariano hace lo posible por distraernos con su florilegio de verbosidades ingeniosas. Pero el hombre, por más voluntad que le ponga, no consigue arrastrarnos, como el flautista de Hamelín, chuflando la tibia de doble caña de la recuperación económica a dos velocidades.  Contumaces y tercos, el personal sigue empeñado en sus particulares cruzadas reivindicativas. Quizás sea por eso que este 8 de marzo, cuando volvíamos del médico, la santa y yo hemos estado un rato en la concentración feminista de nuestro barrio.  Pero, bueno, solo ha sido un rato, ¿eh? Tampoco nos pongamos estupendos, que tampoco estamos en edad para poner patas arriba el mundo. Solo, de vez en cuando, alguna patada anticapilatista en los tobillos del sistema, señor Rivera, que por poco me olvido de Vd.

¿Ustedes piensan antes de hablar o hablan antes de pensar? Ahí queda esa reflexión de don Mariano que me hago cada vez que me pongo a escribir una entrada a esta bitácora.  It’s very difficult todo esto, me respondo a veces.

domingo, 25 de febrero de 2018

22F. Manifa de jubilatas.-

Yay@flautas camino de la mani.


En estos días que Marta Sánchez ha querido tocarnos la fibra patriótica poniéndole letra al himno nacional, no estaría de más recordar que el patriotismo es un sentimiento primario que comienza con los garbanzos que hay en el puchero. Cuanto más escaso el puchero, mayor el despego por las cosas patrias. Es, por poner un ejemplo, el paralelismo entre el pupilaje del domine Cabra y la política social de don Mariano: subir un 0,25 % equivale a pasar la sombra de una sardina arenque por la rebanada de pan. Terminas alimentándote de lo que no comes. Y más cuando la ministra Báñez, después de largarnos el cuartillo porcentual, nos dice, al igual que el clérigo cerbatana quevedesco decía a sus pupilos Coman, coman, que son mozos y me huelgo de verlos comer.

Nosotros, los jubilatas, mozos no somos sino mayorones, pero nos gusta comer todos los días, y no por capricho, sino por necesidad. Y como el gobierno del PP cada vez más reduce los garbanzos del puchero, pues hemos decidido salir a la calle a protestar. Hemos salido a protestar porque en el hondón de la olla de las pensiones están empezando a aparecer telarañas.  Y no es solo  porque en el sopicaldo que el gobierno echa en la escudilla del pensionista actual no haya ya más de cuatro garbanzos viudos; es que, a los que están por llegar, ni el aguaducho les alcanzará. Por eso las cabezas eminentes aconsejan  a los jóvenes de hoy y viejos de mañana que se vayan haciendo un fondo personal de pensiones: los dos célebres eurillos mensuales de la Celia Villalobos, ese dechado de laboriosidad.


Lo cierto es que, el pasado jueves 22 de febrero, unos miles de pensionistas nos hemos echado a la calle, en Madrid y en otras ciudades españolas. Y este jubilata, que tenía ganas de marcha desde aquellas manifas cuando lo de la guerra de Irak y el señor importante y bajito del bigote cabreado, se ha ido a la puerta del Congreso de los Diputados. Con fervor, si no patriótico, sí reivindicativo, ha unido su voz a la de miles de gargantas para gritar: ¡Ladrooones! ¡Ladrooones! Los leones, petrificados en bronce heroico de cuando la guerra de África, seguían impasibles guardando el acceso. Los pensionistas, indiferentes a la indiferencia de los leones y de los diputados que se guardaban dentro del Congreso, hemos coreado: Fuera ladrones de las instituciones.

"Manos arriba, esto es un atraco"
Si bien el entusiasmo era colectivo, siempre hay alguien a quien el escepticismo le impide participar de la alegre gritería. Al general grito de ¡Ladrooones!, coreado a miles, un individuo que estaba a mi lado, replicaba como para su coleto: A esos, les suda los c… Pero también había optimistas – incluso en la adversidad los hay – que gritaban: Rajoy, dimisión, como si a éste se le pasara por la cabeza tan peregrina idea; como si él no supiese que su presencia en la presidencia del país es fundamental para que éste siga el proceso de recuperación económica y defensa de las libertades cívicas. Y no faltó una escena que me hizo recordar aquellos tiempos felices – por ya pasados – de cuando el Cojo Manteca y las protestas estudiantiles de los años ochenta. Solo que esta vez era un jubilata rengo quien blandía su muleta por encima de las cabezas, como pregonando: tullido y todo, aquí estoy, dando caña.

Sobran comentarios
No sé si el improbable lector ha ido alguna vez de manifa. Un servidor se lo aconseja vivamente. No hay lifting que rejuvenezca más, y es más efectivo: sube la adrenalina, se olvida la rutina diaria, la sangre circula con más energía, tu voz se deja oír en la calle – el único Parlamento al que tenemos acceso –  y te sientes solidario y partícipe en un proyecto común. Y si quieres incordiar a los poderosos y ponerles de los nervios, grita, como lo hacíamos allí: ¡Sí se puede! Luego, a la hora de la verdad, votarás a quien mejor te peta, pero el Sí se puede jode mucho al poder y es un desahogo. Luego, o, además, puedes gritar, como hacía el respetable: El 0,25 es una mierda. Y hasta puedes llevar un lazo marrón, el color del 0,25 mierdoso. Pero, si no se quiere ser escatológico, Gobierne quien gobierne, las pensiones se defienden, parece una reivindicación por demás sensata. Y no ya por quienes las estamos disfrutando, sino por las generaciones que nos siguen.

Cosa sorprendente, los pensionistas nos hemos convertido, siquiera estos días, en punta de lanza de las reivindicaciones sociales. No se podía sospechar tal de gente viejuna, más preocupada por hacer a diario la ruta del colesterol que por implicarse en las mareas ciudadanas. Pero necesidad obliga. Y la dignidad de ciudadano, también. Aunque éste camine renqueante, como el susodicho de la muleta en alto junto a la escalinata del Congreso.

Ahora todos esperamos una respuesta, y no de la Virgen del Rocío, doña Báñez. Y si esto no se apaña, señora mía, la marea jubilata seguirá dando kaña.

martes, 20 de febrero de 2018

Para viajar basta con existir.-


(Lo del título es cosa de Bernardo Soares, un otro yo de Fernando Pessoa).

Según nos cuenta Saramago, Ricardo Reis sobrevivió nueve meses a Pessoa. Lo cual, para un heterónimo, es mucho vivir. Quiere poco y tendrás todo, quiere nada y serás libre, eso dice Reis en una de sus odas. Incluso los que no somos poetas ni literatos, sabemos que, tras el médico Reis (según Saramago), o el poeta Reis (según Pessoa), hay un juego de espejos que hace de algunas vidas una forma de literatura. Y la de Fernando Pessoa fue una vida hecha de heterónimos que le servía de yos, a través de los cuales vivía distintas vidas literarias como si fuesen la suya propia.

Tenía este jubilata una espina clavada en su amor propio desde que, hace ya años, se echó a la cara el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, y descubrió que era incapaz de leerlo. Lo intentó leyéndolo como si se tratase de una novela, pero no era eso. Lo intentó como si fuera un poemario en prosa, y se atascó en el epígrafe 80: Todo me cansa, incluso lo que no me cansa. Lo intentó leyéndolo a saltos, como Cortázar aconsejaba que se leyera su Rayuela, y le faltó poco para descalabrarse. Así que cogió el tocho de 597 páginas, lo catalogó, le puso en el lomo un tejuelo y lo colocó en la estantería después de un Pérez-Reverte y por delante de un Puértolas, Soledad. Y allí se quedó, hibernando, varios años.

Hasta que en el Reina Sofía se ha inaugurado la exposición: Pessoa. Todo arte es una forma de literatura. Ahora sí que sí, pensó el jubilata que me sirve de alter ego en esta bitácora. Ahora es el momento de hincarle el diente. Y no importó que el desasosiego fuese de Pessoa o de su semi-heterónimo Bernardo Soares. Seguro que una visita reposada a la exposición ayudaría a comprender al Pessoa disperso en cien heterónimos o concentrado en un libro desasosegante por lo disperso de sus textos; y, por fin, ayudaría a leer con algún provecho su Libro del desasosiego.  Con esa ilusión, y armado de un cuaderno de notas y un boli, el jubilata se plantó en el edificio Sabatini a ver qué veía y qué entendía de lo visto.

Resulta que las vanguardias pictóricas portuguesas son como las vanguardias del resto de países europeos en el primer tercio del siglo XX: un totum revolutum donde se entrecruzan, se dispersan, se mimetizan o se contradicen. Al final, si el espectador cae en la cuenta, resulta que tanto ismo es el resultado de la desazón de aquellos artistas que transitaban del siglo XIX al XX en plena crisis de identidad. Y, si alguien sabía de identidades en crisis, ese era Pessoa. Por eso, según confiesa él mismo, el origen de sus heterónimos estaba en el profundo rasgo de histeria que había en él. Sentía vivir vidas ajenas en él de forma incompleta, como una forma de no-yos sintetizados en un yo postizo, en una búsqueda de identidad en la alteridad.  

Te cuento todo lo anterior, improbable y paciente lector, para que te hagas cargo de la perplejidad de este jubilata. Pues mientras caminaba por las salas, leía los complejos textos de Pessoa y veía los cuadros de Amadeu de Souza-Cardoso, de Guilherme de Santa-Rita y otros pintores, y trataba de compaginar los pensamientos de uno con las pinturas de los otros. No sabía un servidor cómo resolver la ecuación de los ismos “pessoianos” (Paulismo, Interseccionismo, Sensacionismo), así que fui a consultarlo con mi alter ego, el jubilata que sale mucho en esta bitácora. Porque los escribidores aficionados también nos desdoblamos en heterónimos, pseudónimos y alter-egos; forma sutil de culpar a los otros yo de los propios defectos y atrevimientos en eso de la escritura.

Y decidimos que, con discreción, deberíamos salir de este berenjenal poético-artístico-filosófico en que don Fernando Pessoa, con sus textos, y el Reina Sofía, con su exposición, – a lo mejor, sin proponérselo – nos había metido. Pero como el prurito cultureta nos puede, hemos dejado aquí un texto contradictorio que el señor Pessoa dejó escrito en la revista Orpheu, en 1916: Existir no es necesario. Sentir es lo necesario. Date cuenta de que esta frase es totalmente absurda. Dedícate a no comprender con toda tu alma.

En eso le hemos hecho caso el jubilata y mi ortónimo. Dos veces hemos visitado la exposición y en ninguna de ellas hemos llegado a comprender. Y no es que sea absurda la cosa, es que nos falta un hervor poético.

jueves, 1 de febrero de 2018

Quijorna: caminos, caleras y más.-

Ruta trazada por Juan F. Romero

No piense el improbable lector que estas notas camineras le llevarán por la exótica ruta de la seda o por la red viaria que los incas llamaban de Tanhuantinsuyo. Aquí se propone, más modestamente, una caminata por caminos en torno a la vieja cañada de ganados segoviana, la que pasa por Quijorna, población próxima a Brunete y Villanueva de la Cañada.


Quijorna, pequeña población al S.O de la provincia de Madrid, es de nueva planta. Quedó arrasada en la guerra civil por los bombardeos de  la artillería en 1937, cuando la célebre batalla de Brunete. De aquella desolación solo quedó en pie la cabecera de la iglesia parroquial, en gótico del S. XVI, y los cuerpos inferiores de la torre. Merece la pena una visita a la plaza, empedrada con buen granito, donde se ubican el ayuntamiento y la iglesia parroquial. Y se si presta atención a la zona ajardinada, se verá un cartel donde se advierte a los dueños de los perros: Si el perro es tuyo, ¿por qué la caca es de todos?

La propuesta y planificación de esta caminata fue cosa de Juan F. Romero, uno de los integrantes del veterano Trío de los Tejos, que aún andamos a la caza y disfrute de caminos, parajes y paisajes. La presentación y descripción técnica de la marcha es cosa suya. Este jubilata, a su modo, cuenta lo que vio y cómo lo vio, ya que el paisaje no es solo la suma de los parajes,  su relieve y orografía, su red de caminos y arroyos, su flora y su fauna, sino la percepción que el caminante tiene del conjunto, su goce estético y el aprendizaje y disfrute de la naturaleza.

A la salida del pueblo, junto al arroyo que le da nombre, pasa la Cañada Real Segoviana. Camino amplio y llano, con junqueras que crecen junto al arroyo y, a poco que observe el caminante, una gran cantidad de conejeras excavadas en la tierra arcillosa, a uno y otro lado. Estos parajes de monte bajo, de carrascas y matorral son paraíso de cazadores. De hecho, aquí, en el S. XVIII, hubo un coto real y todavía queda un vestigio en forma de mojón en una bifurcación de caminos, en el que se dice: BEDADO DE CAZA 1793. Se ve que por aquí entretenía sus ocios de gobierno don Carlos IV.

Estas son tierras pobres, donde la agricultura se reduce al cultivo de cereal de secano. Campos que, en tiempos, eran esquilmados por las bandadas de perdices que abundaban en los cazaderos. 
Si el caminante observa los parajes en torno al camino, verá algunas sementeras que ya empiezan a pujar en estos días de invierno. El verdear brillante de los brotes de cereal destaca sobre los colores pardo-arcillosos de las tierras alomadas, y, si extiende la vista, diseminadas en el paisaje, verá las chaparras formando matas de un verde oscuro que se recortan contra el horizonte. A lo lejos, las cadenas montañosas del Sistema Central perfilándose bajo un cielo de un azul crudo, al que el sol invernal, bajo en el horizonte, todavía no ha dado esa luminosidad matizada de los días de primavera.

Agricultura de subsistencia, pasados los días gloriosos de la Mesta y su riqueza ganadera – no olvide el caminante que está sobre la Cañada Real Segoviana – las caleras han sido la industria que trajo algo de riqueza a estas tierras. Por aquí abundan las canteras de calizas, de donde se extraía la materia prima para los hornos. Según lo leído en algún artículo, en el Archivo de Protocolos, hay documentos que acreditan que, ya en 1566, las obras del Escorial se abastecían de cal de las canteras de Vétago. Y en 1718, se compraron 2000 fanegas  de cal para la construcción del puente de Toledo en Madrid.

A unos 3,5 k del pueblo, tomando un desvío hacia la izquierda de la cañada, el caminante curioso podrá conocer el horno en mejores condiciones de todos los que se conservan por la zona y, al lado, una cantera para la extracción. Se trata de un horno cilíndrico, construido en mampostería, sobre el que descansa otro cuerpo troncocónico abombado hecho en ladrillo. El conjunto, en la distancia, recuerda una botella puesta en pie. Recubierto de arcilla refractaria al interior, tiene una techumbre de ladrillo abovedada y con un gran hueco para la salida de humos. Aparte de su boca de acceso, por donde se cargaba el combustible, hay varios respiraderos para el control de la combustión. 


Respecto a su utilidad, un folleto que editó el ayuntamiento lo designa como el horno de cal mejor conservado. Pero según el artículo Procesos comerciales e industriales. Hornos de cal de Quijorna, (que puede leerse en Internet) sería un horno cerámico, propiedad del ceramista Antonio Salvador de Orodea. Los expertos tienen la última palabra, y el caminante puede ir, verlo, y sacar sus propias conclusiones, si tiene elementos de juicio.

Pero no es éste el único horno de aquellos contornos, aunque sí el mejor conservado. Por aquellos parajes, si el caminante observa, verá restos de viejos hornos arruinados, escombreras donde se vertía los restos quemados de las hornadas, y trazas de canteras de pequeño tamaño a pie de horno, como quien dice. Verá la curiosidad de una higuera que ha nacido dentro de un horno. Y, casi sin darse cuenta, se pondrá a los pies de la cuesta de Vétago. Aquí el bosque de encinas se aprieta y vuelve más tupido. Todavía alcanzamos a coger algunas bellotas del suelo – aquellas que no han querido los jabalíes –  y probar su sabor dulce-astringente.

El caminante, mientras holla con sus botas camineras los antiguos caminos y avizora los paisajes con mirada golosa, también viaja con la imaginación. Con el puñadito de bellotas en la mano, mientras las va escamondando a pequeñas dentelladas, tiene un recuerdo para el caballero de la Triste Figura cuando su cena frugal con los cabreros: 

Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
—Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas…

Y así, subimos la cuesta del Vétago hasta enlazar con el camino de Los Llanos. Allí cerca, el rebosadero del canal de Picadas, que lleva el agua desde el embalse del mismo nombre hasta una estación de tratamiento en Majadahonda. Construcción cilíndrica de cemento, antiestética, pero, sin lugar a dudas, útil. Aquí nuestra marcha cambia de sentido, orientándose hacia Qujorna, que puede verse en la distancia. Fuente Villanos se llama el arroyo que nos muestra el camino de vuelta, que nos llevará hasta un lugar digno de ser visitado: una mina de caolín o de feldespato. El caminante es lego en la materia y no puede afirmar si es lo uno o lo otro.

En un punto de nuestra ruta, a la izquierda según sentido de la marcha, sale un camino que lleva directo a la boca de la mina. Al comienzo del mismo, a la izquierda, un solitario olivo o acebuche bastante deteriorado, con algunas ramas secas y horadado su tronco por pequeños agujeros, como nidos de pájaros carpinteros. 


La mina tiene un acceso incómodo, irregularmente escalonado, pero no peligroso. Su interior está excavado a pico en la roca viva, con galerías laterales. ¿Mina? ¿Depósito de municiones en la línea de fortificaciones durante la guerra civil? Las opiniones son distintas según dónde encuentres información. Un servidor, acostumbrado a ver las muestras de ingeniería militar a lo largo del frente del Guadarrama, no imagina que la bocamina quedase tan toscamente trabajada, sin un arranque en obra abovedada, para darle consistencia, y con un acceso tan irreguar. Casi hay que trepar para alcanzar la boca.

Tendremos ocasión de ver unos kilómetros más abajo una galería fortificada. Junto a una casamata alargada, de la que quedan en pie las paredes, puede verse una entrada a una galería horadada en el terraplén próximo. Un túnel de unos 10 metros, en zigzag (posiblemente para amortiguar las ondas explosivas en caso de sufrir un ataque de artillería), con salida por el otro extremo.

Allí comemos, junto al arroyo al pie de la fortificación. Sentados sobre la hierba húmeda, vamos dando cuenta de los bocatas y algún pequeño trago de vino para enjuagar el pasapán. Por el entorno, retamas, lentisco, pequeñas matas de tomillo salsero, juagarzo (una variedad de estepa o jara que un servidor no conocía), zarzas…, y tantas especies herbáceas que pueden ser un paraíso botánico, pero que el caminante (más bien yacente ya, porque se ha dejado deslizar sobre el suelo, usando la mochila como respaldo) ignora, aunque agradece. Mientras los compañeros charlan, este jubilata, acomodado en decúbito supino – o sea, panza arriba –, mira el cielo y observa las nubes lenticulares que parecen haberse quedado colgadas, como sin prisas, a merced de alguna corriente de aire que las moldea como nubes de azúcar.


Regresamos a Quijorna, tomamos café en un bar del pueblo, charlamos un rato, tomamos el coche y regresamos a la capital. Quedan en el recuerdo los olores húmedos del monte, la visión de la montaña con nieve allá a lo lejos, el camino entre encinas y el sabor (aún) dulce y acerbo de las bellotas cogidas al paso. 
Y de las hilachas de estos recuerdos y sensaciones iremos tirando, mientras nos atufamos en la gran ciudad, hasta que volvamos a calzar las botas camineras.

sábado, 20 de enero de 2018

Aniversarios y divagaciones.-


 No es que el recién pasado año 2017 – en opinión de quien esto escribe –  merezca el esfuerzo de ser recordado. Ni éste que acaba de empezar lleve trazas de merecerlo en cuanto finiquite; el tiempo lo dirá. Pero uno y otro tienen algo en común: sendas celebraciones. El pasado año se debería haber celebrado – teóricamente, porque a nadie pareció interesarle – el centenario de la Revolución Bolchevique y la instauración del comunismo. Esa utopía milenarista de tan corto recorrido, promisoria del paraíso para los parias en la tierra, y que tanto asustó (por poco tiempo, es verdad) a nuestro sistema capitalista. Y este año que ha empezado a rodar tiene, también, una celebración pendiente: el cincuenta aniversario de Mayo de 68. Ya veremos si alguien se acuerda. De momento, en Francia, ni los escolares recuerdan al gran filósofo de aquel momento: Jean Paul Sartre.

Un servidor, como niño de derechas que fue, de los comunistas sólo sabía que comían curas y tenían rabo y cuernos. El imaginario popular franquista no daba más de sí y hube de esperar a la universidad para alcanzar el aggionamento ideológico. En cuanto a Mayo del 68, también este portazo histórico me pilló a traspiés: estaba a punto de terminar la mili con el grado y empleo de cabo furriel. Hacer estadillos para la cocina, repartir chuscos a la tropa y llevar el cuadrante de servicios fueron actividades que aplastaban la imaginación bajo las ordenanzas y la burocracia cuartelera. Pasó bastante tiempo hasta que me enteré que Sous les pavés il-y-a des playes

Ser de familia católica de derechas y defender a la patria repartiendo chuscos me frustraron la ansiada progresía a la que aspiraba mi generación. Por su culpa, me quedé en reaccionario de izquierdas y jubilata descreído. Descreído de todos los credos y sus estrecheces mentales. Aunque, como buen marrano, hago como que creo en los dogmas imperantes y sobrevivo en mi rincón.

Y, puesto que para sobrevivir en nuestro medio social hay que tomar credo y partido, no los hay mejores que aquéllos previamente condenados al fracaso. Te liberan de la obligación del triunfo y de la frustración por no alcanzarlo. Por eso, con la brizna de idealismo que siempre germina en los descreídos, este jubilata, desde su juventud, tomó partido por ese Sócrates irónico, marrullero, incontinente verbal, partero de ideas, que liaba al personal hasta hacerle aceptar como propios argumentos que él, previamente, había puesto en su boca.  No es extraño que, en el Gorgias, el retórico Callicles le reprochara esa absurda afición a la filosofía: Mas cuando veo a un anciano filosofando todavía y que no ha renunciado a ese estudio, le considero merecedor de ser castigado con el látigo, Sócrates. El nefando ministro Wert debió tener presente aquella advertencia al demediar las humanidades en el currículo escolar. Así los niños no serán inútiles filósofos, sino hábiles consumidores.

Y, como si fuera una premonición, Callicles ya le advierte al viejo Sócrates de que cualquier sicofante podría acusarle de haberle causado un perjuicio y dar con sus huesos en la cárcel: Y cuando comparecieras ante los jueces, por vil y despreciable que fuera tu acusador, serías condenado a muerte si le pluguiera… De esa advertencia a beber la cicuta, solo había un paso que Sócrates dio con entereza. Él no lo lamentó y nosotros tampoco, porque nos quedó uno de los diálogos platónicos más hermosos: Fedón, o de la inmortalidad del alma. Claro que, opinará el improbable lector, esas viejas historias no son tan aleccionadoras como la de oír al señor Rato, ante la comisión del Congreso, dando caña a Sus Señorías, a propósito del hundimiento de Bankia: ¡Es el mercado, idiotas!

Cuestión de idiocia colectiva, esa de no comprender que los dineros públicos están para tapar errores del sistema. Eso lo saben el señor Rato y el selecto club del Ibex-35. Lo que, a lo mejor no saben, o les importa un carajo, es que Mayo del 68 ya no es más que el abuelo marchoso del 15 M, del que quedan algunas consignas reconvertidas en slogans, buenos para imprimir en una camiseta con aquello del prohibido prohibir y similares.

Y, como de divagaciones se trata aquí, acaba de venir a la memoria la noticia que dio el otro día un plumífero de la Prensa pesebre: El cadáver presentaba lesiones compatibles con un atropello. Lo que me hizo recordar aquella otra noticia de hará por lo menos un año, en la que se decía que el cadáver presentaba heridas incompatibles con la vida. Un servidor querría ser compatible con estos desbarajustes idiomáticos, pero como ha leído en su momento El dardo en la palabra, de don Fernando Lázaro Carreter, a más de Viajes con Heródoto, de Kapuscinski, sabe que el periodismo es otra cosa, así que sus gustos resultan incompatibles con los voquibles de la prensa de mogollón. Ya hace bastante con entretener al personal a fuerza de decir poco, para no aburrir.

viernes, 5 de enero de 2018

Propósitos y utopías.-


Como en años anteriores, éste nuevo que acaba de comenzar, me he hecho propósitos parecidos, pero con la intención de no cumplirlos. Puede parecer una pérdida de tiempo y una inconsecuencia, sin embargo, tiene su lógica. Llevo toda la vida haciendo buenos propósitos para cada año nuevo que comienza, y jamás he conseguido llevarlos a término. Por eso, he pensado que sería más consecuente, a la vista de la experiencia acumulada, hacerlos y no cumplirlos a propio intento. Así soy fiel al rito anual y me evito el cargo de conciencia por el incumplimiento. Prometo y no cumplo (como la casta política), pero sin intención de engaño. Lo cual da una gran tranquilidad de espíritu y sosiego interior, tan necesarios para entrar con pie firme en las kalendas ianuarias y en las utopías sociales que nos trae la posmodernidad y que vienen pegando fuerte.

Y uno de mis propósitos más firmes es convencerme de la bondad de esa terminología de la posverdad. Herramienta que sirve para readaptar la vulgar realidad a un mundo de virtualidades donde las cosas no aparezcan tal como debieran ser sino como convenga que sean. No sé si el improbable lector me entiende. Porque la tendencia es forjar un mundo sin disidencias, apto para producir y consumir. Lo cual se consigue mediante el acreditado procedimiento de no llamar a las cosas por su nombre y renombrarlas, a ser posible, con tecnicismos sacados de la angliparla para integrarlos en el acervo común.

Nombrar la realidad es tanto como definirla, eso lo sabían ya los peripatéticos de la Academia ateniense hace 25 siglos. Y si la realidad es lo que nosotros decimos de ella, si ocultamos la precariedad laboral, la injusticia, la desesperanza, las emigraciones forzosas, la avaricia de los poderosos bajo un lenguaje impersonal y descafeinado, tendremos un mundo feliz, un parado satisfecho, un marginal contento con su suerte, un jubilata que no piensa, un emigrado olvidado en su patera y miles de individuos con pensamiento hueco. Pero para eso hay que empezar por crear una utopía donde instalarnos: una Sinapia, una Tabarnia o una Catalunya Llure, tanto más da cómo se la llame: lo importante es que nos creamos una a nuestra medida.

Una vez creada y creída esa utopía – eutopía para los adeptos – nos instalaremos en ella como la Mildred Montag de Fahrenheit 451 dentro de su televisor interactivo. Interactuemos con los programas programados al caso hasta descubrir que las ficciones de la tele, las falacias de la prensa adicta y la propaganda del sistema son más verdad que la realidad misma. Solo nos queda renombrar la realidad para que los problemas dejen de serlo por el simple procedimiento de llamarlos de otro modo. ¿Qué tal, por ejemplo, Nesting?

¿Que el fin de semana no puedes salir de casa a tomarte unas cervezas con los compis porque el sueldo solo da para la supervivencia? No importa, no lo llames sueldo de mierda; llámalo Nesting. Según los gurús del aguántate con lo que tengas, no salir de casa rebaja la ansiedad e ilumina la mente. No es que no tengas pasta suficiente, es que quedarse en casa todo el fin de semana alivia mucho el espíritu y da nuevas fuerzas para currar el lunes.

¿Qué vives realquilado en una habitación de 3x3 con derecho a cocina? Enhorabuena, no eres un homeless, estás marcando tendencia Tiny House. Vives como una rata en su agujero, pero a la moda. Además, es tendencia muy acreditada desde los tiempos históricos de la antigua Grecia. Ya Diógenes el Cínico vivía en un tonel tan a gusto que hasta se permitió decirle a Alejandro Magno que se apartara a un lado porque no le dejaba llegar los rayos del sol. Era un practicante del Tiny house ese en plan pasota y ecologista con calefacción solar incluida.

¿Que la cale es un lujo que no te puedes permitir este invierno? Es una percepción errónea y negativa que te hará infeliz. Es cuestión de gestionar bien el termostato. Tapas las rendijas de la ventana, precintas con papel adhesivo los quicios de la puerta, te echas dos mantas y ya.  Optimizando el termostato alejas el fantasma de la penuria energética y eres más cool que la leche.

Claro que, si de verdad quieres vivir feliz y plenamente integrado en nuestra sociedad, debes practicar el Job sharing. Compartes el salario y el trabajo y eres la persona más dichosa del planeta. Trabajas lo mismo, pero por la mitad de sueldo; la otra mitad la cobra otra persona que curra a tu lado. ¿No es para sentirse feliz? Dos trabajadores por el precio de uno y un sueldo de mierda a repartir entre ambos. 

Aunque esto último no debes pensarlo porque molestaría al señor Seligman. La psicología positiva te ayudará a ser feliz con tu suerte y a sonreír ante las estrecheces. Repite el mantra Es lo que hay, hasta que la conformidad se instale en tus meninges. Además, también puedes llamarlo salario emocional. Cobras menos, pero hay buen rollito, puedes tener horario flexible y el empleador no te amarga las horas de trabajo. Te pagan con buen trato lo que te escatiman del sueldo porque, al fin y al cabo, el dinero no lo es todo, te dicen quienes acumulan las riquezas.

En esas elucubraciones andaba metido este jubilata la primera madrugada del primer día del año. Le despertó un olor acre y venenoso que se estaba colando por la ventana entreabierta. Procedía de un contenedor de papel que hay instalado en la esquina. Se ve que un conciudadano, en ejercicio de su real gana y porque le salió del gonadario, le había prendido fuego para festejar el nuevo año. 

Negándose a aceptar que este sea un hecho premonitorio del alcance que tendrá la estupidez humana a lo largo del año recién estrenado, a un servidor le dio por pensar todo lo que antecede, y así lo dice. 

lunes, 25 de diciembre de 2017

Maniobras de distracción en torno al 24-Dic.

El caso es que la otra mañana (19-D) me fui a Muface a pedir un talonario de recetas médicas. Los jubilatas, ya se sabe, somos consumidores compulsivos de medicinas, y por eso…

Según iba por la calle, camino del metro, la ropa se me impregnó de ese sutil aroma a Navidad que flota en el ambiente estos días: un entreverado de feliz beatitud, contaminación atmosférica y ofertas del Primak. Al respirar, junto con el dióxido de carbono habitual, el espíritu de paz, amor y fraternidad cristiana - con un regusto de tarjetas de crédito quemando rueda, hay que decirlo – me invadió los pulmones. El corazón se me ensanchó y me dejé arrastrar por los buenos sentimientos que se suponen aledaños a la alegría que debe imperar de aquí al año nuevo.

El metro, Línea 7 por más señas, iba apretado de personal: son navidades y había convocada una huelga. Siguiendo mi deplorable costumbre, me dediqué a contar la gente que viaja abducida por su teléfono móvil. No en todo el vagón, que iba petado y no me alcanzaba la vista; sólo la gente de mi alrededor. Se trata de una estadística casera que un servidor acostumbra a llevar sin más objeto que demostrarse a sí mismo lo evidente: que la masa, conectada a un chisme electrónico, pierde conciencia de su ser en el mundo real. Esta vez la cuenta salió redonda: 10 seres ellos/ellas (por no discriminar géneros) eran transportados por el tren suburbano y por los pixeles que desprendían las pantallas. Tan solo uno/una (por no ofender sensibilidades) iba leyendo un libro de esos de papel impreso. Quien esto suscribe, por no destacar ni por un extremo ni por otro, acostumbra a llevar un E-book, siguiendo la recomendación de Horacio: In medio uirtus.

Andaba a medio camino entre los vistazos discretos al personal aferrado a las respectivas pantallitas y las aventuras de Julien Sorel, sus amores con madame Rênal y su ansia de ser un nuevo Napoleón, cuando se empezó a oír una cantinela que llegaba desde el fondo del vagón. Presté atención ante la insistencia de la cantinela y olvidé por un momento a los felices wasapeadores y los resquemores anti burgueses de Sorel. Poco a poco, llegué a entender la letrilla de aquella especie de melopea que sonaba como una monodia basada en apenas tres o cuatro notas.  Una mujer negra, puro despojo de ser humano, con todas las acreditaciones de drogata, recorría los vagones canturreando:

Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé
Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé…
Por favó me pue-den ̮a-yudá para comé..

Una especie de tonadilla reiterativa, monótona e insistente que emitía un ser enfermo, desgreñado, sucio y en estado de ruina. Observé a aquella mujer en puro andrajo humano, observé a la gente de mi alrededor. La mujer negra no movía a piedad sino a repulsión; llevaba en la mano costrosa unas pocas monedas. Y la gente, que estaba a lo suyo, se apartaba con discreción cuando pasaba por su lado. Yo hice igual, me estrujé contra los viajeros de alrededor y la dejé pasar. Era el espíritu de la navidad.

Se alejó entre la indiferencia y el asquito que produce el roce de la miseria y la pérdida de dignidad humana. En lo que me alcanzó la vista, nadie le dio ni una pieza de cobre ni le dedicó una mirada. Yo tampoco le di nada, aunque la miré como quien mira a un desahuciado. Muchos ni levantaron la cabeza de la pantalla, pasó la navidad hecha ruina por su lado y ni se enteraron. Los que sí, escondieron la vista en el teclado del móvil e hicieron como que no. El pasillo que se había abierto al paso del ser en descomposición de humanidad, se fue cerrando insensiblemente. Los cuerpos recuperaron esa pequeña burbuja de aislamiento personal que suele acompañarlos incluso en las aglomeraciones.

Tras dejar de oír el Por favó me pue… todo volvió a su ser en el vagón. Las pantallas volvieron a hacer guiños a sus adeptos. Saqué una libretica que siempre llevo en la bolsa y anoté la letrilla que canturreaba la mujer negra ante la indiferencia general. De la música, sencilla y rítmica, no me acuerdo, que soy duro de oído y frágil de memoria musical. Hecha mi anotación y confirmada mi estadística de abducidos, me sumergí de nuevo en las aventuras de Julien Sorel. Aquella mujer negra, despojo de alguien que inmigró un día a este país esperando encontrar el paraíso, ya no es más que una anécdota que sirve para rellenar una entrada en esta bitácora.

No me haga reproches el improbable lector. Yo, al menos, la miré a la cara.